¿Cuál es la gran tragedia de México?
Ángel Verdugo
Los acontecimientos registrados en Hermosillo y la marca que dejará en decenas de padres de familia son, no hay duda, una tragedia cuyas proporciones son imposibles de determinar y más lo son, si uno es solo observador de los hechos.
Dicen que sepultar a quien nos antecedió es doloroso pero, al final de cuentas es natural que así suceda; es la vida que debe seguir su curso. Uno termina por aceptar la lógica de un deceso así; sin embargo, no hay dolor más profundo y duradero que el que sufre un padre que debe sepultar a un hijo.
Lo que pasó en Hermosillo duele por la pérdida de vidas inocentes y enoja por la estupidez de las causas. Al final, uno se pregunta, ¿por qué decenas de inocentes debieron morir de esa manera, en esas condiciones y por las causas que poco a poco empiezan a aflorar? ¿Por qué deben ocurrir tragedias como la de Hermosillo ? ¿Por qué hacemos las cosas tan mal, que ponemos la mesa adrede para que tragedias como la que hoy nos golpea, se den?
¿Es algo normal en México lo que pasó? ¿Es resultado lógico de la forma cómo hacemos negocios? ¿Resultado quizás, de la ambición desmedida de quienes sin importar el medio para incrementar su riqueza, jamás piensan en el peligro en el que colocan a inocentes?
Las preguntas podrían continuar pero al final, me quedo con éstas: ¿Por qué? ¿Será acaso la simple fatalidad como algunos afirman, o fue como señalan otros, la voluntad de Dios?
Al margen de las respuestas, un dolor profundo quedará por años en los corazones de los que perdieron a sus seres queridos. Para ellos, mi solidaridad; por otra parte, mi coraje es porque creo -aún cuando sea imposible en la vida real eliminar los imponderables para que no se den los accidentes y las tragedias sin importar su magnitud- que algo hemos hecho mal y en una forma u otra, esto contribuyó a lo que lamentamos.
Hemos sido acostumbrados por años, a recibir muchas cosas sin tener claro de dónde vienen los recursos que las sufragan. Somos, aún cuando nos duela, niños de pecho al que todo se le debe dar y hay que proteger por su indefensión propia de la edad.
Nadie nos dice que la educación “gratuita” tiene un costo; nadie, que esto o aquello que nos regalan, es sufragado por otro.
Esta práctica nos ha llevado a creer que es correcto exigir todo, sin dar nada a cambio. Una de esas cosas es el servicio de guarderías. Es más, llegamos a exigir que su calidad esté a la altura de las mejores del mundo pero, eso sí, sin pagar el precio correspondiente.
La Autoridad, en vez de poner un alto a esta práctica perniciosa y como vemos hoy, peligrosa, nos sigue la corriente y se endeuda, desvía recursos para seguirnos dando lo que exigimos como derecho sin la obligación correspondiente. Mala práctica que como demuestra la experiencia, no siempre tiene un final feliz.
A la Autoridad que cede, se une el ambicioso sin escrúpulos que se muestra dispuesto a ser cómplice de esta práctica con el único fin de obtener un beneficio monetario sin reparar en las consecuencias.
Pregunto entonces, ¿cuál es la tragedia mayor? ¿La pérdida de la vida de inocentes, o la colusión criminal entre el burócrata que no enfrenta la realidad con el falso empresario para ambos torcer ley y así evitar la reacción de quien todo lo quiere gratis?
Difícil pregunta; sin embargo, a la luz de la tragedia de Hermosillo y las que hemos sufrido por las mismas complicidades, me inclino a pensar que la mayor es la segunda.
No menosprecio el dolor de los padres que lloran a los que sepultaron y el de los que hoy ven a sus hijos en el inaguantable sufrimiento; más bien distingo la tragedia personal de la social.
Para mí, la gran tragedia es el México corrupto que hemos construido; es la que nos daña a los de hoy y a los de mañana por la ambición de negociantes que por unos pesos más, violan todo sin pensar en la tragedia que parece estar a la vuelta de la esquina.