LUNES 23 de noviembre del 2009

La ciudad tomada

Victoria Schusseim

Llegaron como invasores extraterrestres, sigilosamente, poco a poco, una a una. Los primeros avistamientos fueron recibidos con incredulidad y hasta con sorna. “¿De cuál fumaste?”, “¡Cómo crees!” Paulatinamente las versiones fueron multiplicándose hasta que ya hubo demasiados testimonios para negarlos. “Ayer vi dos en casa de mi vecina.” “Yo una sobre un techo.”

¿Criaturas de Júpiter? No. Ardillas. Hace unos pocos años las ardillas empezaron a hacerse presentes en la vida de la mayoría de los capitalinos, no sólo de los que hacen ejercicios en Chapultepec o en los Viveros de Coyoacán.

Creo que todo empezó cuando se llevó a cabo una efectivísima campaña de desratización en los Viveros. Ahí vivían unas intrépidas ardillas que se ponían en el camino de los deportistas esperando alguna dádiva. Muchas veces las recibían. Otras les tocaba una patada, no intencional, supongo, sino porque no se quitaban a tiempo del trayecto de los corredores. Pero había más ratas. Grandes, grises, descaradas. Competían por los alimentos con las ardillas (sospecho que solían ganar) y seguramente también las atacaban a ellas o a sus crías. Con la gran desratización (suena un poco como La gran matanza de gatos, el extraordinario libro de Roger Darnton que publicó el Fondo de Cultura Económica y que mucho les recomiendo, aunque no tenga absolutamente nada que ver ni con las ratas ni con las ardillas) se acabó a un tiempo, por lo visto, con la competencia y la depredación ratuna. Y las ardillas, libres de sus peores enemigas, empezaron a crecer, multiplicarse y, según parece, poblar la tierra.

No falta quienes dicen que son depredadoras. Es verdad. Lo son. Y que transmiten enfermedades. Es cierto. Varias, entre ellas la rabia, así que mucho cuidado con tratar de acariciarlas. Que en situaciones de extrema falta de alimentos pueden comerse a sus crías. Probablemente. Y que, en síntesis, no son otra cosa que ratas con buenas relaciones públicas.

Todo lo acepto y lo reconozco. Pero no puedo evitarlo. Como tantos más, caigo rendida a sus pies. No creo que sea influencia de la humanización tipo Disney (el efecto que podríamos llamar Chip y Dale). Simplemente son adorables, sobre todo en una ciudad seca, frenética, hostil en tantas de sus facetas.

Los jardines de las inmediaciones de mi casa han sido colonizados por una familia de unas seis u ocho ardillas. Nuestras relaciones se iniciaron de manera irreprochable. Yo volé a comprar bolsas de cacahuates y a sembrar puñitos que pronto se convirtieron en puñados y luego en montones. Al cabo de pocos días, si no había cacahuates en el momento y lugar indicados, un coro de refunfuños me hacía salir a cumplir con mi parte. Las exigencias fueron aumentando, hasta que la regañiza se oía varias veces al día.

Una mañana, ¡conmoción! “Se acabaron los cacahuates”, me dicen. Sugerí que les pusiesen zanahorias. No sólo llenaron un plato de zanahorias sino que, como descubrí después, estaban peladas y cortadas en bastoncitos. Pues las zanahorias languidecieron al sol y al aire, hasta terminar embalsamadas sobre un muro. Las méndigas ardillas no voltearon a verlas, y se pasaron días y días reclamándome sus cacahuates. Ahí sí se amolaron: fue una batalla de voluntades. Yo, ofendidísima, me negué a ceder. No llegué, claro, a los extremos de quienes, en defensa de la paz y la integridad de su jardín, instalan sistemas modernísimos que emiten sonidos de muy alta (¿o muy baja?) frecuencia para espantarlas. Me mantuve firme. No tardamos en alcanzar un armisticio.

Ya no les pongo cacahuates. Ahora se comen todas las naranjas y los pocos duraznos que se atreven a nacer. Se han vuelto más audaces y, tras celebrar una paz armada con los gatos, empiezan a asomarse por las ventanas. Todavía siguen pareciéndome adorables. Me pregunto por cuánto tiempo...

No puedo evitarlo. Como tantos más, caigo rendida a sus pies. Las ardillas simplemente son adorables, sobre todo en una ciudad hostil.

El hilo negro

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