Lo dijo José Ángel Gurría, pero no por eso es menos cierto: la combinación de crisis económica y brote de influenza ha representado para México “un golpe brutal”, hemos perdido en 2009 lo que habíamos ganado en muchos años (que no fue mucho) y, de acuerdo con la conclusión del ex secretario de Hacienda y ex canciller, “esto es un desastre... esto es una demolición”.
El declarante, que fue alto funcionario de los gobiernos priistas, llegó incluso a la autocrítica (La Jornada, 23/V/09), pues aceptó su responsabilidad: “Lo calculamos mal… Y no lo digo sólo por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), sino también por los reguladores, los supervisores y la iniciativa privada, que tuvimos una falla masiva… No fuimos ni medianamente competentes”.
Gurría no declaró nada nuevo, pues los mexicanos ya sabíamos de su colosal incompetencia, pero sorprende su dicho de que México “está teniendo una recesión que causaron otros… un daño que causaron otros, pero que lamentablemente el primero que tiene que ayudarse a sí mismo para salir del agujero es México y los mexicanos, porque el apoyo que van a recibir de otros no será en la misma proporción del daño que les han importado… Y el daño es enorme”.
Sorprende lo dicho por Gurría porque él es el secretario general de la OCDE, que está o estaba precisamente para alentar y desarrollar la cooperación entre las naciones. Sorprende, igualmente, porque cuando habla de “falla masiva” pretende repartir las responsabilidades de la conducción económica, de la que fue primera figura durante un tiempo y parte del equipo conductor por un lapso mucho más largo.
Además, acusar a otros por causar el daño, por llevarnos a una recesión, pretende exonerar a los funcionarios que han manejado la economía mexicana en los últimos sexenios y hasta el presente, pues todos los secretarios de Hacienda han sido fidelísimos apóstoles de la superchería neoliberal, cruzados de la apertura total de fronteras a capitales y mercancías —no a la mano de obra—, enemigos de toda regulación económica, especialmente de aquella que pudiera afectar la tasa de ganancia del capital financiero.
Resulta tramposo entonar hoy el mea culpa cuando durante tantos años Gurría y políticos de su calaña han rechazado con arrogancia toda crítica a su ultraliberalismo, pues han oficiado como sacerdotes de un credo según el cual hay una mano invisible, seguramente la de Dios, que regula la economía y reparte los beneficios del crecimiento.
Desde hace mucho tiempo se sabía que todo aquello era una compleja falsedad que desarrolló un ejército de funcionarios públicos a los que desde las universidades más prestigiosas de Estados Unidos se ofrecía respaldo teórico, las coartadas que estimulaban la sed de sangre de quienes tienen los colmillos más largos para actuar como lobos del hombre.
Hoy, lo dice Gurría con rostro compungido, “los ahorros de los ciudadanos han perdido la mitad de su valor en sólo 18 meses”, y se refiere específicamente a quienes tenían ahorros en dólares, devaluación que se produce, dice el presunto experto, como consecuencia de la caída del tipo de cambio y del valor de la bolsa.
En su afán de distribuir adecuadamente la culpa, Gurría echa mano de argumentos de orden moral, cuando dice, por ejemplo, que “si hubiera habido un poco más de ética, integridad y transparencia en la economía mundial nos hubiera ido mejor”. ¿Ética, integridad y transparencia de quién o de quiénes? Los que autorizaban y estimulaban la especulación financiera, la venta de derivados y otras canalladas eran precisamente funcionarios como Gurría.
Y si ahorita hay unos 11 millones de desempleados en el mundo, el “experto” vaticina que a fines de 2010 sumarán 50 millones los trabajadores del mundo sin empleo. Ese cálculo, por supuesto, se refiere sobre todo a los países del Primer Mundo, en los que las estadísticas resultan menos tramposas que por acá, donde antes de la crisis ya teníamos a 52% de la mano de obra crucificada en la economía informal, porcentaje que va a dispararse conforme avance la crisis en nuestro país.
Ahora mismo autoridades y legisladores se niegan a imponer regulaciones a la banca para impedir que el desastre sea mayor y siga arrastrando a la ruina a las familias. Mientras la mayoría de los ciudadanos se truena los dedos para hacerle frente a sus compromisos, diputados y senadores, secretarios de Estado y otros funcionarios se encogen de hombros ante las tasas de interés de las tarjeras de crédito, que ya andan en 60 por ciento.
Hechos y dichos como los citados son los que alimentan la sensación de que el voto no sirve para nada y que los legisladores sirven todavía para menos. Los que conducían la política económica aceptan que fallaron. Quienes debían vigilarlos no lo hicieron y ahora somos todos los mexicanos los que pagamos la ineptitud y el descuido de una clase política que no sirve para maldita la cosa, que de ninguna manera representa el interés popular. Ese es el punto.
Resulta tramposo entonar hoy el mea culpa cuando durante años Gurría y políticos de su calaña han rechazado toda crítica a su ultraliberalismo.