Lero, lero
Victoria Schusseim
Hubiese esperado ver una enorme manifestación que llenase el Zócalo de científicos, con batas blancas, gritando a coro frente a Palacio Nacional “¡Lero, lero!” También hay muchos científicos que no usan batas blancas, porque su trabajo es pensar y escribir. Me gustaría verlos en el Zócalo, junto con los otros.
Ahora ha quedado demostrado irrefutablemente, de una buena vez, que la ciencia “sí sirve”. Que merece que se le destine presupuesto. Que requiere que se la fomente y que se estimule a los jóvenes a dedicarse a ella. Más aún, que el conocimiento, por sí mismo, sirve, y mucho, aunque no sepamos exactamente a qué se puede aplicar en un momento determinado.
Todos nos envolvemos en la tricolor y estamos dispuestos a tirarnos del Castillo de Chapultepec al grito de “¡Soberanía nacional!” en cuanto se habla del petróleo o de la luz eléctrica. (Tal vez a eso se deba que esas industrias estén en manos de dos de los más infectos sindicatos del país.) No lo entiendo. El petróleo no tiene voluntad, no piensa, no genera ideas. Se quema, y tan tan. Lo mismo si es comprado que producido en casa, ucraniano o tabasqueño. Pero cuando se trata de generar conocimiento, nos importa un cacahuate tener que buscarlo en los mercados internacionales y de dónde viene.
Resulta que en materia de conocimiento, y de ciencia, muy específicamente, hay, si no nacionalismos, sí intereses nacionales. Me parece muy poco probable que a un investigador sueco le interese apasionadamente la cisticercosis. Seguramente, si sabe de qué se trata, es porque se la encontró como nota a pie de página en algún libro de enfermedades tropicales. En México, sin embargo, es un verdadero azote. (De pasada, un comentario: los cerdos mexicanos, como anuncian, no son portadores de la influenza que no termina de acabarse, pero sí, en por lo menos 40 por ciento de los casos, pueden serlo de cisticercos. No les haga caso a los modernos chefs de otras latitudes que promueven comer la carne de cerdo término medio. Usted, como buen mexicano, siga pidiéndola muy bien cocida.) Así que deberíamos esperar que fuesen científicos nacionales los que se ocupasen de combatirla. Y de allí pa’l real.
Eso, señores, tiene mucho más que ver con la soberanía. Y no estamos haciendo demasiado por defenderla.
Otra de las cosas que el susto de la influenza nos enseñó es que la ciencia no es una cosa que hacen unos cuates encerrados en su laboratorio y que allá ellos, sino algo muy real, cotidiano, de vida o muerte para nosotros mismos. Y que por eso tenemos el derecho y la obligación de saber qué está pasando. Los científicos saben de lo suyo. De comunicación, francamente, suelen no saber nada, como quedó demostrado hasta la saciedad en las frecuentes conferencias de prensa. Por ejemplo, el manejo de las cifras que hizo el secretario de Salud se ciñó a los cánones más precisos de la ciencia. Claro, nadie entendía un comino y se armó un margallate terrible, porque un día eran dos mil 345 y al siguiente 44, por ejemplo. No supo explicarlo. Para eso existen unas personas que no suelen dedicarse a la ciencia en sí misma (aunque muchos hayan estudiado alguna carrera científica) y que se dedican a la difícil labor de entender lo que dicen unos, en su lenguaje críptico, y traducirlo para todos los demás con palabras del diario. Se llaman divulgadores de la ciencia y son, por suerte, una especie en crecimiento. También ellos, porque la ciencia no es de quien la trabaja, son necesarios para nuestra soberanía. Espero verlos a todos juntos, algún día, en el Zócalo, al grito de “¡Lero, lero!”
En materia de conocimiento, y de ciencia, muy específicamente, hay, si no nacionalismos, sí intereses nacionales.
El hilo negro