Todo el mundo me regaña en mi casa, y si bien es verdad que la correspondencia es por lo general amistosa y hasta excesiva en el elogio, lo ardido en la piel es la admonición de la señorita Secante de Los dos Pilluelos: el “se lo buscó”… Me las busco, ni duda, bien me sé en cuanto ataco a los enemigos del libre albedrío en eso embarazoso, se me viene el mundo encima, así son los conservadores, no permiten a nadie pensarlo por ellos, aducido desde las bisabuelas, el síndrome de la mujer maltratada, pero no esa de las telenovelas donde un viejo da de cinturonazos a una víctima pasiva, quien sólo cumple con su destino de mujer ideal enseñada “a cargar la cruz” y cantada hasta en la lotería para niños creada por gobiernos de tierra adentro. El asunto es sobrepasar la infancia del dedo materno admonitorio y entender bien a bien qué es una pareja. El diálogo y no el hablar por siempre jamás a un perfil de orejas sordas, el gusto por los mismos arco iris de la vida: el mar, el teatro, los libros, el silencio y Mahler. Dar el respeto debido a los actos vitales de cada uno y gozar ser bañados por el mismo sol, hablando el mismo idioma y deseando las mismas chirimoyas.
Tengo anotados mis temas semanales para hoy, por ejemplo, el perfil del pobre cura, ya presidente de la República, ex obispo, Fernando Lugo, esclavizado por las tentaciones de la pompa y la carne y llenándose de hijos cuando lo debido era de puros fieles a quienes bautizaría, confesaría, casaría y daría la extremaunción. Punto. Es decir, que él no debió vivir la vida humana según la Iglesia, sino ser nada más un espectador-portero y abrir las puertas del paraíso a nosotros los pecadores, hacedores de todo lo que a él se le prohibió por ser sacerdote católico. El tema “de-su-de-por-sí” (como dicen en mi tierra) es apasionante por injusto, y el pobre del padre en su salud lo hallará… O volver a mi apasionante obsesión del penacho de Moctezuma… lo vimos en Viena… era una mañana de nieve y helazón, el museo estaba silencioso, sin visitantes, sólo él y yo; solitario, acompañado de dos grandes abanicos en sus respectivas cajas, la maravillosa tarde tenochtitlanesca, en su plenitud crepuscular, titilaba detrás del cristal con las plumas recién sacadas de los quetzales y demás aristócratas aves del paraíso. Exactas a como lucían en las selvas mexicanas, reteniendo embrujadas las luces de muchos siglos atrás, cuando mexicanos y animales, aves y amaneceres, anocheceres, eran libres, eran de nosotros los que nos antecedieron sin hablar aún el castellano.
Frente al penacho, con la venia de nadie, me hinqué atarantada de la belleza vista por mis ojos más abiertos que nunca jamás… Aquella sinfonía, qué digo, marcha dragona, apabulla a quien la mira, casi enceguece. No nos queríamos ir de aquel cuarto vacío y solitario, helado, olvidado de Dios. Junto un Códice (¿el Mendocino?), disimulaba con su tesoro de figuras la ternura que le dábamos o quizá riera de nuestros desfiguros del corazón indígena. ¿Qué demonios hace el penacho en Viena sin que nadie lo pele ni le importe?, porque la calavera de cristal de roca, auténtica o imaginada por un gran artista copiador, en Londres por lo menos cuando la vimos estaba en mitad de un salón muy envidriada, por supuesto, había tantas cosas mágicas alrededor como la piedra roseta, que pocos la buscaban, quizá sólo nosotros por obsesos y mexicas, fuimos tras de ella para verle adentro las galaxias, todo el universo celeste donde viven los ángeles de nuestra guarda, nuestras dulces compañías, los arcángeles sin tocar la punta de los alfileres. Pero eso es en Londres de mis amores… en Viena, el penacho está ahora guardado en una bodega y dicen que nunca lo van a volver a exponer. ¿Qué espera nuestra patria en garras para traerlo… la nación se salva, decían los antiguos. ¡Ahora es cuando, San Ramón!
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