Economía: problemas nuevos, soluciones nuevas
Pascal Beltrán del Río
Cuando una fuente de trabajo cierra, no cabe el “yo creo” o el “yo pienso”: alguien se ha quedado sin empleo y alguien más ha perdido su capital.
Concluidas las fastidiosas distracciones en la discusión de los asuntos de interés público que desataron el libro de Carlos Ahumada (bostezo) y las “tremendas declaraciones” de Miguel de la Madrid (otro bostezo), volvamos sobre lo verdaderamente importante: la economía.
A diferencia del México grillo —edificado sobre testimonios convenencieros, revelaciones insulsas o hasta fantasiosas y opiniones no fundamentadas— hay otro que no se deja moldear con palabrería.
Es el México de quienes lo dejan todo para irse a vivir a una barriada de Cancún o Los Cabos, atraídos por los dólares del turismo internacional, y el de los empresarios que se arriesgan a invertir en hoteles, restaurantes y demás espacios de esparcimiento. Unos y otros quedan a merced de las decisiones que toman los políticos de este país en materia legislativa y en la administración de los recursos del contribuyente.
Ese México no admite adornos. Cuando una fuente de trabajo cierra, no cabe el “yo creo” o el “yo pienso”: alguien se ha quedado sin empleo y alguien más ha perdido su capital. Y punto.
Seamos claros: el estado de nuestra economía es desastroso.
En los próximos meses se podrían perder decenas de miles de empleos, por un contexto global de crisis y como consecuencia de las medidas de emergencia adoptadas por el brote del virus de influenza.
Nuestras exportaciones experimentan su peor caída desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio. La industria turística —transporte, hospedaje y alimentación— está en terapia intensiva. Las empresas manufactureras no cuentan con un mercado interno para recuperarse de la caída de sus ventas en el exterior.
Dejemos el señalamiento de las culpas de este entorno para el debate de las campañas electorales en marcha, pues no sirve para mucho más. La pregunta apremiante es qué hacemos ahora.
Para responderla, los políticos sólo han aportado los mismos viejos clichés: “Vamos a proteger el empleo”. Sí, pero, ¿cómo? “Hay que dar exenciones fiscales a las empresas del ramo turístico”. ¿Por qué no también a las de otros ramos? Y después, ¿quién va a pagar esos créditos, si las finanzas públicas son parte de este paisaje colapsado?
De repente es bueno dejar de vernos el ombligo, abjurar del nacionalismo que predica que México tiene recetas para todo, y voltear hacia lo que han hecho otros países en situaciones similares.
La semana pasada le relaté lo que hizo Canadá a raíz de la epidemia de SARS que se abatió sobre Toronto en la primavera de 2003 y provocó que la Organización Mundial de la Salud emitiera una recomendación de no viajar a la ciudad canadiense.
Después de una primera reacción lamentable del alcalde Mel Lastman —quien afirmó que la OMS era una organización desconocida—, las autoridades provinciales y federales se abocaron a atender el problema.
Se calcula que las pérdidas por la cancelación de viajes a Toronto superaron los 700 millones de dólares.
La primera medida que se tomó para contrarrestarlas fue buscar la ayuda de la propia comunidad, que comprendía que el estado de la salud pública en la ciudad no era tan grave como se comentaba en el exterior.
En aquel caso sucedió lo mismo que ocurre ahora en México: fuera del país se podrá pensar que los mexicanos están muriendo como moscas por la influenza, pero quienes vivimos aquí sabemos que no es así.
De esa manera, la campaña involucró a los habitantes de Toronto y su área metropolitana, convirtiéndolos en turistas de su propia ciudad.
Mientras tanto, las autoridades concebían un plan más ambicioso: la organización de un gran festival de rock cuyo gancho principal serían, ni más ni menos, los legendarios Rolling Stones.
Por supuesto, contratar a Mick Jagger y sus muchachos (es un decir) no es barato, menos aún con tan poca anticipación, pero las autoridades calcularon que el dinero estaría muy bien invertido.
Y tuvieron razón: el festival celebrado en el Downsview Park, el 30 de julio de 2003, ha sido uno de los más concurridos de la historia. Además de los Stones, apoyaron la iniciativa bandas como Rush y AC/DC.
“Este es un gran día para Toronto”, proclamó Jagger, quien reconoció que su banda nunca se había presentado ante tanta gente.
Se calcula que medio millón de personas acudió al espectáculo, que duró 11 horas y cuyo maestro de ceremonias fue el actor canadiense Dan Aykroyd. Miles de asistentes al llamado Sarstock hicieron el viaje desde Estados Unidos. Su costo fue de siete millones de dólares, de los cuales el gobierno federal canadiense pagó 2.45 millones; el de Ontario, 1.4 millones, y el patrocinador, la cervecera Molson, 4.55 millones.
Yo me pregunto qué pasaría si en lugar de condonar el IVA a los hoteleros de Cancún —¿a poco van a llegar mágicamente los turistas si les hacen una rebaja en el precio del hospedaje?—, o andar pidiendo cooperachas internacionales, se hiciera un gran festival de música en la Riviera Maya, un Rock in Río a la mexicana.
Por cierto, cuando se aplicó una encuesta entre empresarios de Toronto en mayo de 2003, las opiniones a favor de las exenciones fiscales quedaron por debajo de aquellas que apoyaban el lanzamiento de una campaña de promoción y el impulso de medidas para proteger la salud.
El problema que enfrenta la industria turística mexicana es una falta de credibilidad en el país. Se trata de un nuevo problema —detonado por un virus de influenza— que requiere nuevas soluciones, no las mismas de siempre.
Justicia en el caso Equihua
Ya lo dijo con su puntualidad acostumbrada el empresario Alejandro Martí: el secuestro es una enfermedad social que resulta más peligrosa que la influenza. Por eso, ante el asesinato del menor Marco Antonio Equihua, más nos valdría movilizarnos de nuevo y ponerle a México, de una vez por todas, una vacuna contra la impunidad.