Fue mucho, fue poco
Victoria Schusseim
Ahora que al parecer pasó lo peor del susto, comenzaron las polémicas. La epidemia del nuevo virus de la influenza humana (que no porcina) no ha desaparecido, pero ha descendido mucho el nivel de alarma. Ya todos nos dedicamos a hacer la autopsia: los médicos de los muertos, los vivos de los políticos, propios y extraños.
Como suele ocurrir, al menos en nuestro país, la crítica es, por decirlo así, bipolar: no mucho-demasiado, muy pronto-muy tarde, exageran-ocultan. Lo notable es que a veces ambos polos se combinan en un mismo comentario, proeza digna de la esquizofrenia más acabada.
La verdad (o al menos MI verdad que, claro, es para mí la única que cuenta) es que los científicos del mundo entero llevan años, décadas, tal vez, esperando una pandemia de dimensiones catastróficas, un virus desconocido de alta contagiosidad y alta letalidad que acabe con una cifra inimaginable de gente. Pudo haber sido el de la gripa aviar, pero quedó más o menos controlado; pudo ser el del SARS, que causó una proporción elevadísima de muertes, pero se lo restringió. Pudo haber sido el A H1N1. Hasta ahora parece que no fue. A mediados de abril nadie sabía gran cosa.
Así que si México actuó rápida y enérgicamente, como si estuviese enfrentando una contingencia peligrosísima, fue, ni más ni menos, porque bien podía serlo. Se cerraron las escuelas, primero, y muchas otras cosas después: restaurantes (lamentablemente la puntilla para muchos que ya ante el embate del fisco, de los no fumadores y de la crisis estaban en agonía), clubes, teatros, cines...
Me resulta incomprensible por qué nos sentimos tan agraviados cuando los gobiernos de otros países deciden también que enfrentarse a un virus nuevo y de alcances desconocidos es una situación de emergencia que amerita medidas extremas. Los pobres haitianos, a los cuales hasta un cálido céfiro se los puede llevar al demonio, ya fueron calificados casi de muertos de hambre porque les dio miedo permitir que desembarcara un navío mexicano. Que les llevaba ayuda, cosa que sin duda aprecian y agradecen. Los chinos, con mil 300 millones de habitantes, se ponen tantito histéricos. Los entiendo. Los modos no son aceptables, pero recordemos que los chinos, como cultura y como nación, tienen un estilo muy peculiar. Los argentinos cancelan los vuelos directos con México. Lo hacen con torpeza, como acostumbran, dejan gente varada, y mantienen sus fronteras perfectamente permeables. Además, a ojos vistas, lo hacen por razones políticas.
¿Y nosotros qué? ¿No tomamos precauciones sanitarias severísimas en otras circunstancias, cuando los apestados eran otros? ¿Qué pasó con la epidemia de las vacas locas? ¿Qué pasó con la gripe aviar?
¿Y acaso no se ha usado y sin duda se seguirá usando muchísimo tiempo esta contingencia sanitaria con fines políticos también en nuestro país? Vaticino que todos los problemas, durante un largo tiempo por venir, serán responsabilidad única y exclusiva del bendito A H1N1. ¿La crisis? Culpa de la influenza. ¿El desempleo? Culpa de la influenza (y jamás de los jamases culpa del gobierno del “presidente del empleo”, faltaba más). ¿El derrumbe del turismo? Culpa de la influenza... no de los decapitados, los asesinatos a mansalva, la impunidad total.
Ya tenemos el perfecto chivo expiatorio, el culpable de todos los males, por cortesía de un virus que ni siquiera es del todo un ser vivo. Y justito antes de las elecciones. A lo mejor Dios sí existe. Y es panista.
Si México actuó rápida y enérgicamente, como si estuviese enfrentando una contingencia peligrosísima, fue, ni más ni menos, porque bien podía serlo.
El hilo negro