Jamás he estado cerca del poder, no he podido establecer vínculos con políticos y funcionarios. Un error imposible de subsanar. Desde joven me tomé en serio aquella idea que Octavio Paz repetía: el poeta debe mantenerse alejado del príncipe, cosa que, por cierto, él no hizo. Terminó cautivado por los príncipes Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Al primero es al único presidente que he visto en funciones, a otros los conocí ya como ex.
Uno de mis sueños juveniles era ver al PRI derrotado. Escribí infatigablemente artículos críticos (casi todos en Excélsior) sobre dicho partido y sus mandatarios. Fue una obsesión. Cuando Cuauhtémoc Cárdenas se convirtió en opositor, decidí apoyarlo. Imposible, pero logró que yo fuera a las urnas por vez primera en mi vida. Ni en mis peores pesadillas vi al PAN dueño de Los Pinos y lleva allí nueve años.
Seguí a mis profesores de marxismo, a quienes Efraín Huerta prefiguró: “A mis viejos maestros de marxismo no los puedo entender: unos están en la cárcel y otros están en el poder”, y merced a uno de ellos, a Enrique González Pedrero, fui a una reunión de intelectuales con el candidato Carlos Salinas. Me impresionó su inteligencia y prodigiosa memoria. Éramos muchos los invitados, tantos como los que llevó Luis Echeverría a Buenos Aires en el célebre avión de redilas y a cada uno de nosotros nos dijo algo adecuado a nuestro trabajo literario. Juan José Arreola le recomendó que hablara con voz suave, sin gritos como exigía la oratoria habitual. Creo que de allí le quedó el tono de cura aldeano que siempre ha utilizado en público. De esa reunión, otro profesor mío, Víctor Flores Olea, salió convertido en virtual presidente de un proyecto cultural: el Conaculta. Adelante, cuando un jurado encabezado por Edmundo Valadés y Rafael Solana me concedió el Premio Nacional de Periodismo, entonces entregado por el presidente en Los Pinos, Salinas me dijo: “René, lo necesitamos”. Con auténtica ingenuidad, repuse: “¿Para qué?” Este encuentro lo narro con detalle en mi libro Recordanzas.
Dudo que Salinas me recuerde. Sólo trataba a los famosos como Paz y Aguilar Camín. Luego, cuando apareció Andrés Manuel López Obrador para degradar a extremos inauditos la muy degradada política nacional, sus partidarios seleccionaron a un villano para hacerse pasar como eternas víctimas del sistema. El malvado fue Carlos Salinas. Escuchando a los perredistas, me preguntaba si en verdad podía caber tanta maldad en una persona. Lo mismo “mandó matar a Colosio” que provocó la invasión estadunidense a Irak, simultáneamente apoyó a Fidel Castro y organizó el plan para liquidar el socialismo existente en aquella época. Para colmo, conspiró para acabar con el único hombre capaz de sacarnos del atraso y la pobreza: AMLO. Salinas fue la principal víctima de las furias populares. Si uno abordaba un taxi o iba a cortarse el pelo, encontraba dos nuevas acciones perversas del ex presidente. Para colmo, Zedillo, en el habitual parricidio que comete el mandatario recién llegado, encarceló a Raúl Salinas, imagino que con razón.
Ahora aparece Derecho de réplica, de Carlos Ahumada, exitoso empresario que hizo una labor memorable para corromper más todavía a la política nacional. Hizo velozmente una gran fortuna y su especialidad fue dar dinero a los perredistas. La lista es larga y conocida e incluye al mismísimo AMLO, quien luego, en pago, lo encarceló. El libro es distribuido cuando arranca el nuevo proceso electoral, en medio de una aversión generalizada hacia todos los partidos políticos, cuando por internet viajan cientos de correos pidiendo no ir a las urnas o votar en blanco.
Si a los capitalinos, la fuente del poder del PRD, se nos había olvidado un tanto la atroz corrupción de este partido, el libro de Ahumada nos la recuerda. Bueno, no a mí que vivo en Tlalpan, donde desde la llegada de Rosario Robles y compañía, equivocada herencia de Cárdenas, permitió que los más pillos como El Pino, Carlos Ímaz, Luis Moyao, nos gobernaran a placer, formando una interminable cadena de complicidades y raterías que no cesan. Tampoco sorprende ver a Diego Fernández de Cevallos involucrado con aquellos que suponíamos sus antítesis, ni enterarnos que medio México trataba a Carlos Salinas. Lo que necesitamos es saber qué tanto de lo dicho por Ahumada es exacto. Como es natural, todos niegan conocerlo. Salinas no es un monstruo único, es alguien que tuvo gran poder y lo utilizó en su beneficio, como han hecho los demás, cada quien en su escala. No obstante, Derecho de réplica es una radiografía de la política mexicana, bárbaramente envilecida. Un mar de lodo. Nombres, partidos, viajes, cifras, funcionarios, corrupción quintaesenciada. Debemos hacer un severo ejercicio para investigar a quiénes hemos escogido como santos patronos del periodismo, la vida intelectual y, sobre todo, de la política, antes de moralmente hundirnos más.
Un mar de lodo. Nombres, partidos, viajes, cifras, funcionarios, corrupción quintaesenciada.