En contra del cúmulo de mentiras, descalificaciones y calumnias que ha surcado las ondas de radio y televisión —entre las que destaca la afirmación de Enrique Galván Ochoa de que “Calderón transformó un caso simple en una pandemia” e involucró a otros países para agigantar su imagen, y la de Yeidckol Polevnsky, que “nos quieren obligar a usar cubrebocas azules, que son del PAN”, hay algunas verdades, y me quiero referir a tres.
Primera. El virus es real, peligroso y hasta ahora curable. Cuando apareció el primer caso de “influenza atípica”, los médicos temieron que fuera la aviar —que mata a uno de cada dos enfermos— y revisaron las muestras que se almacenan en el Sistema de Vigilancia de Influenza, Sisveflu, y mientras se conocía la estructura de ese virus nuevo, estuvieron en contacto constante con los organismos internacionales de salud y actuaron de inmediato, porque temían lo peor.
Sí es una pandemia, se ha extendido a todo el mundo, hay casos en Estados Unidos, Canadá, España, Gran Bretaña, Alemania, Costa Rica, Nueva Zelanda, Italia, Francia, Israel, El Salvador, Corea del Sur, Austria, China, Colombia, Dinamarca, Holanda, Suiza, Irlanda, Portugal y Guatemala, por eso la Organización Mundial de la Salud declaró alerta cinco y la ha mantenido hasta hoy.
Y el tratamiento sí es efectivo: hay y habrá muertos, pero este virus no parece ser, hasta ahora, tan letal como el aviar.
Segunda. La alta mortandad que se presentó en México se debe a la pobrísima cultura sanitaria de los mexicanos: somos descuidados, no nos lavamos las manos, escupimos en la calle, tiramos basura por todos lados y, cuando enfermamos, tomamos remedios caseros, tés, pócimas, brebajes, yerbas, etcétera; nuestro fatalismo se expresa con un “de algo me he de morir”o, “si diosito quiere, no me pasará nada”, y acudimos a la clínica u hospital sólo en casos graves o cuando ya estamos “boqueando”. Y si a esto se añaden las enormes carencias del sistema de salud, que hacen que quien llegue al servicio de urgencias de una clínica u hospital tiene que esperar de cinco a diez horas para ser atendido de mala gana por un médico cansado y sin ganas de trabajar, se explica por qué en el país lamentamos más muertos que en otras latitudes.
Tercera. Creo que esta es la verdad más importante: el Sistema de Salud necesita una renovación profunda, un cambio radical. Precisamente al iniciarse la epidemia se realizó en la Facultad de Medicina de la UNAM el Congreso Internacional sobre Medicina y Salud Hacia una Cobertura Universal de Salud, en el que expertos de Canadá, Estados Unidos, Cuba, Costa Rica, Brasil, Colombia y España coincidieron al afirmar que el modelo actual, en el que se privilegia la medicina curativa por encima de la preventiva, y en el que el médico general —el médico familiar que conocimos en la primera mitad del siglo pasado— ha sido desplazado por los especialistas que atienden sólo casos graves y complicados, hacen que la atención sea cara y mala, que muchos problemas que deberían ser resueltos sencillamente por un médico general, se compliquen y lleguen a los hospitales, hoy sobrecargados de enfermos que debieron prevenir y tratar a tiempo sus males, al ser atendidos por un buen médico general.
Es urgente plantear ya esta renovación, desde las universidades hasta las estructuras del Sistema de Salud, si no, seguiremos teniendo un sistema insuficiente e ineficiente, como se evidenció en estos días con la maléfica influenza A H1N1.
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La alta mortandad en México se debe a la pobrísima cultura sanitaria de los mexicanos: somos descuidados, no nos lavamos las manos, escupimos en la calle, etcétera.