Pues sí, tengo muchos asuntos por escribir, dos conferencias urgentes, una sobre el puño cerrado de la poderosa escritura de Ricardo Garibay y, otra, acerca del infinito placer donado por Rafael Tovar y de Teresa al leer su novela de redondos coros y memoriosos sueños. No sé tú, pero yo he vivido perturbada sin reposo con el asunto de la neumonía porcina o del animal torturado que usted quiera. Tendré que instalarme en la disciplina vencedora toda mi vida, aunque, por lo pronto, en el mero pico de la crisis, no encuentro escape: todo el día leo periódicos, informes, relatos o veo en la tele una sucesión inútil de informes y repeticiones profundas en el hastío y sin talento para provocar más allá de los terrores infantiles tan característicos de nosotros los mexicanos, desde que nos arrancaron de nuestros lechos indígenas para presenciar la enormísima pérdida, perseguidora de nosotros una y otra vez, el principio de la esclavitud, y la sensación injusta de ser seleccionados para la nada y por la nada; inauguramos la diferencia, el extraño sentimiento de ser isleños de pie en la gran superficie de “el maíz”, sin entender el cambio del palacio a la mazmorra, de la conquista de nuestros cuerpos.
Esta debería ser una crónica de familia por ser de mi absolutísima propiedad y por lo común hoy de la neumonía. Ya me sentía desde antes muy mal, mareada, y creí sólo enormemente asustada del viaje en un crucero desde Los Ángeles a Honolulu. Me iba de lado como don Teofilito… puro miedo, me decía. Ese viaje con Enrique Fernández Martínez y su familia (éramos 24 pasajeros dependientes de su patricia persona), hijas, yerno, nietos, suegra y yo, trayendo mis cerros y mis lecturas encima. Ya había hecho un corto trayecto en Grecia visitando islas de ensueño y con un malestar vomitivo, de ahí mi terror. La noche de Navidad fue operística: un comedor de Visconti y ocupando un ala entera los guanajuatenses. En cubierta se nos venían las estrellas encima y el enorme trasatlántico Golden Princess apenas se mecía, suavecito, viril, todo un hombre de los mares. Pero yo seguía soportando un desasosiego interior callado e íntimo, quizá por sentirme tan sola, aunque lo esté —y no—, sin los míos… mi perro… Pero, tres días antes de la Noche Vieja, de plano me derrumbé en mi camarote, despedí a los camareros alarmados y empeñadísimos en traerme un doctor y me dormí. No sé cómo al día siguiente bañeme, maquilleme, vestime con decoro, y bajé al cuarto piso donde había visto un aviso médico. Entré asorpresada a todo un hospital con aparatos, enfermeras, doctores, cuartos y camas… El precioso jefe médico, alto y de mirada bella por la bondad, un hombrón del sur de África y de nombre mágico Schalk S. Van der Walt, un sabio de origen holandés, revisó mi cuerpo vencido por los temores… casi no podía respirar y tosía. “Tiene usted neumonía, está muy grave, me dijo, ¿cómo puede caminar con 40 grados de calentura?” Inmediatamente me encamaron, aunque yo insistía negándome en mi inglés de Katy Jurado (ya quisiera esa perfección). Fueron tres días con oxígeno, antibióticos por la vena, píldoras y vigilancia continua.
Mientras Enrique y Susanita, su inteligente esposa, pusieron a los muchachos a buscarme por todo el barco, puesto que nadie les informó de mis agonías y padeceres… “Esta boba se cayó al mar y se la comieron los tiburones…” …y yo me encomendaba a Dios: “¡Por favor, no me quiero morir en alta mar y que me echen al agua envuelta en una sábana y los marineros pitando un silbato..!” Por fortuna aquí estoy, trato de olvidar y atracar en una playa paradisíaca sin lograrlo, es decir, que volví a mi vida diaria con un “clavo clavado en la frente” navegando, en busca de Enrique, del concierto, de la comida fabulosa, de mi cama arrulladora, de la pobreza y la batalla diaria por vivir y ser amada, esa cursilería vital. Para acabarla de amolar, ahora con la neumonía, todo el tiempo la oigo, la recuerdo, mi inmunidad no me sirve de nada, vivo en un país al borde de la ignominia, en la mentira, en la desgracia. ¿Qué pasó con el manto de la Virgen de Guadalupe? He vivido la media muerte, estamos al final. Por lo menos, dice el optimista, dejé de fumar.
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