MARTES 24 de noviembre del 2009

A la niña Mariana Rojas Galván

Ingresamos sin duda a la era del tapabocas permanente. Acaso habrá que llevarlo de por vida, porque lo que no sabemos ni podemos hacer es respirar juntos sin dejar de contagiarnos con los agentes patógenos que nos disparamos a través de estornudos o mediante las chispas de saliva que sin querer irradiamos al hablar. Tal vez esto sea por nuestra mala educación, pero hay un circuito infectocontagioso entre la humanidad.

Contra lo que se pensaba ya no hay afecciones exclusivas de cada género: humano, vegetal y/o animal, a las transmisiones de los animales se les llamaban epizootias y a las de las plantas plagas que combatían los cercos fitosanitarios. Ahora todo nos afecta a todos; claro, comemos frutos transgénicos y engordamos a nuestros ganados y aviarios con hormonas sintéticas, porquerías que aceleran el desarrollo de los ciclos de la producción agropecuaria y ya todos somos mestizos y subnormales un tanto bestias, un tanto vegetales y seres artificiales. Y se dice que los políticos son o cuadrúpedos o invertebrados.

Que la boca humana sea más insalubre que la suela de un zapato no es un descubrimiento, en la Edad Media era muy peligroso acercarse al borde de la acequia abierta (el canal de excrecencias) que corría con sus fluidos pestilentes. Quien ahí caía moría de septicemia instantánea, antes del ahogamiento, pero había algo más peligroso aún: caer en la boca de quienes tenían lengua viperina. Luego, los politólogos se resisten a entender por qué en esos contextos llegó a ser necesario prohibir la libertad de decir (expresar lo que se piensa), mas no la de simplemente hablar.

La naturaleza está harta de tantas estupideces humanas y se desquita de las temerarias alteraciones al ecosistema mandándonos nuevas y poderosas reacciones bacteriológicas o bacterianas. Bien lo dijo Jaime Sabines en un hermoso poema referente a Dios: “Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho —frente al ataque de los antibióticos— ¡bacterias mutantes!”.

En el DF el tapabocas debió haberse convertido —desde hace mucho— en un requisito de prescripción obligatoria (como el cinturón de seguridad para los tripulantes vehiculares). Pronto habrá módulos para dictaminar la salud respiratoria de los agobiados transeúntes de la capital, y será motivo de multa o hasta de internamiento en centros para infectocontagiosos por no llevar a mano, junto a la constancia del IFE (que sirve para votar), una cartilla que acredite las rutinarias vacunas y los exámenes de salubridad. Y para evitar ir a la perrera humana, en el cuello habrá que portar la medalla de la antirrábica y de la enjundiosa, pero obligatoria, esterilidad. No será fácil la era de la boca tapada. El Metro fue durante largo tiempo el emblema de la cultura del hacinamiento urbano que mueve y conmueve a esta ciudad. Lo nuestro es el tianguis, un domingo en La Merced, en Perisur o Santa Fe; el antro repleto, pero lo mas típico hoy son las playas artificiales que se instalan en diferentes puntos por la generosidad oficial. Un turista dijo que eran pozoles de cabezas humanas. Qué horror, ¿que pasará? Un niño de diez años suspicaz dijo ante tantas medidas anunciadas por la contingencia viral que tanto no asusta: “Sólo falta que para acabar con la influenza pongan más playas artificiales…”, pero deberían cerrarlas por higiene.

Ya lo temía yo: esta progresiva gobernación a base de mítines en el Zócalo después de marchas y plantones sólo podría variar en su estilo de progresía tumultuaria por un acontecimiento de salud poblacional. De seguro acusarán a la gripe porcina de ser un experimento natural de derechas, porque por razones que no son de mojigatería se tendrá que dar marcha atrás a ciertas costumbres consideradas timbre de orgullo de la liberalidad: se prohibirán los besos, ya no se diga los intensos sino los de mejilla por auténtica amistad; tampoco volverá a venir Tunnick a encuerarnos para con sus tomas pintar de carne broncínea el cuadrángulo del Zócalo o el centro de Coyoacán. Abrirán fábricas de tapabocas para con las utilidades obsequiar mascaras antigases como las que usan en Tel Aviv y en Irak.

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