Una partida previa
Gerardo Martínez y Carlos Barrón
La afición acostumbra tener querencia por los futbolistas de casa, aquellos que se identifican con una institución por esta clase de partidos: el Clásico Joven.
A dos de ellos les cuadran las cuentas en el poker, a Joaquín Beltrán y Enrique Esqueda: “es que mi familia es pokerista de tradición”, afirma el atacante de las Águilas quien se secretea con Juan Carlos Silva para que no les ganen el juego ante la poderosa corrida que tienen en las manos.
El Torito hace una mueca y los ojos le bailan para todos lados, “nada más he visto estas partidas de poker en la tele, pero no les entiendo nada”, comenta sonriendo, al instante en que Esqueda le tira unos ojos de asombro.
Lozano, por lo mientras, juega con las cartas en sus manos, pero tiene que atender una llamada telefónica y desatiende el juego. Le da pistas a los rivales. Joaquín es el que está más ensimismado en sus pensamientos, analiza los detalles y las cartas que restan en la mesa, observa las que le han salido y se le escurre una pequeña sonrisa en los labios, como si supiera que va a ganar en la partida, confiando en su buena mano.
El paño de la mesa de poker se convierte entonces en una cancha de futbol y los cuatro que estarán codo a codo en la batalla no quieren perder en el poker de Excélsior.
“Me gusta el poker”, cuenta Beltrán, “pero no apuesto mucho. En Necaxa jugábamos pero no más de 200 pesos apostábamos. Cuando me fui con mi mujer de vacaciones en un crucero le dije, ‘tenemos sólo 200 dólares para jugar… al final ella fue la buena porque yo, nunca gané. Obtuvimos 80 dólares”.
Y juguetea con una ficha en la mano, al más puro estilo de Maverick a la hora de enseñar las cartas. “Ya nos vamos, que tenemos hambre”, dice Joaquín Beltrán, un delirante por el mole negro y que le tiene preparada una fiesta sorpresa al Jimmy Lozano por lo de su cumpleaños que es mañana.
Los americanistas se quedan en las sillas, el juego se va acabando. ¿El ganador? Ese sale hoy en la cancha del Azteca.