Virtuosismo y calidad
Victoria Schusseim
Resulta que tengo un hermano. Eso que tal vez sea una novedad para usted (a quien, por lo demás, no podría interesarle menos), definitivamente no lo es para mí: lo tengo desde hace muchísimo tiempo. Es más: estaba allí, hombrezote de cuatro años, cuando vine al mundo. El infeliz ya tocaba piano. Mozart. Tal vez ahí se encuentre la fuente de algunos de mis complejos. Yo con mucho esfuerzo logro poner un disco de Mozart en el equipo de sonido. Y me imagino que, además de nacer, alguna otra maldad le habré hecho. A lo largo de los 25 años en que convivimos la relación entre nosotros fue, en el mejor de los casos, de lo que los analistas políticos llaman de “tensa calma”, y en el peor nos llevábamos como gatos hidrófobos. Y durante los muchísimos posteriores, en los encuentros periódicos, las cosas no iban demasiado mejor. Cariño, sí, admiración, mucha (de mi parte: es un tipo multitalentos como pocos), pero interlocución, cero. Hasta que un día, no hace demasiado tiempo, descubrimos que en lugar de hablar, y ver quién interrumpe a quién, podíamos escribirnos. Por chat. Y me encontré a un cuate sensacional, con el cual hablamos (escribimos) de las cosas más diversas. ¡Para que luego digan que las nuevas tecnologías aíslan a la gente! Todo este largo preludio, que si no lo aguantó para usted fue despedida, es para comentar que mi hermano acaba de soltarse una frase genial: “El virtuosismo enmascara la calidad”. Es llevar un paso más allá la vieja sentencia de “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Me lo decía a propósito del que hoy es considerado el mejor cocinero del mundo, el catalán Ferrán Adriá, pero lo mismo puede aplicarse a lo que tenga usted a la mano. Piense, por ejemplo, en los grandes tenores que se ponen a cantar música popular. ¿Alguna vez oyó a Plácido Domingo cantando rancheras? ¡Qué voz, qué timbre, qué sonoridad, qué agudos, qué aburrido! Es demasiado bueno, es perfecto. Y la música ranchera no tiene que ser perfecta. Tiene que ser sentida desde el alma, y hacerse sentir en el fondo de la barriga, no paladearse sorbito a sorbito. Debe ser un trancazo de mezcal, no un vino generoso. ¿Y el tango? Porque los grandes músicos también cantan tango y... vuelta a lo mismo. El tango, decía Borges, es un pensamiento triste que se baila, no un desgranar de notas redondas, melódicas, exquisitas. Para volver a la cocina, que fue donde empezamos (bueno, ya no sé muy bien dónde empecé, pero creo recordar que me metí hasta la cocina), el argumento de mi hermano es que cuando se logran insólitas perlas de esencia de chícharos emulsionada con agar agar, nubes de espuma de bayas árticas y vaharadas de humo de callo de hacha, la técnica es tan asombrosa que la calidad sale sobrando. Pura prestidigitación. Y el gran mérito del argumento, a medida que lo voy pensando, es que puede aplicarse a un montón de cosas. Por ejemplo, a la retórica y, muy especialmente, a la retórica política. Pruebe. Haga una emulsión al nitrógeno líquido con los pros y los contras de la reforma petrolera. Sirva en un plato decorado con trocitos de sindicato magisterial y combate al narcotráfico. Después me cuenta.