Sven se convirtió en un fantasma
Carlos Barrón
Era un principio de seguridad. Nadie podía ver a Sven Göran Eriksson por puro morbo. No aceptarían que la teatralidad se esfumara. El sueco en el Hotel Camino Real no bajó más que por la mañana muy temprano, subió a una camioneta blanca y regresó a las tres horas.
Después ordenó de comer en su habitación y pasó la siesta sin mayor contratiempo, por la noche se esperaba que lo sacaran a cenar en algún sitio aledaño, por Polanco.
La espera era tediosa. De repente para despistar se dijo que se mudó de hotel, lo que no pasó de una alarma falsa. Lo cierto es que Eriksson estuvo muy tranquilo un día antes de su eventual presentación, seguro de que todo estaba en calma una vez que hasta los propios jugadores de la Selección han echado reversa en sus declaraciones adversas.
Los medios de comunicación reunidos abogaban por una resistencia heróica, mientras la gente de vigilancia del hotel comenzaba a intranquilizarse por tanta espera.
De la habitación 512 no parecía existir vida alguna. Allegados a Eriksson mencionaron que estaba un poco cansado tras la comida por el cambio de horario y que no daría declaraciones hasta el día oficial.