Cecilia Soto
Al igual que sucedió con la subasta promovida en octubre de 2007, cuando Pemex se adjudicó 26 bloques en la parte estadunidense del Golfo de México, la gigante petrolera mexicana adoptó la estrategia de concentrar sus ofertas en los bloques ubicados en las aguas profundas y ultraprofundas. Pemex compitió contra 78 compañías de crudo y gas y tuvo como objetivo la zona central y este del Golfo de México. La compañía estatal mexicana se aseguró 100% de participación y la condición de operadora en 11 de los 22 bloques adjudicados mediante subasta convocada, en marzo de este año, por el Minerals Management Service (MMS), organismo que depende del Departamento del Interior del gobierno de Estados Unidos. Los demás bloques se adjudicaron en alianza con la estadunidense Devon Energy, todos con participación de 50% de cada empresa. Pemex actuará como operadora en cuatro de estos bloques y, su aliada, en siete. La compañía estatal mexicana amplió sus posiciones en estas áreas que se constituyen en el foco de sus actividades en la zona estadunidense del Golfo de México, donde destacan los cuadrantes Walker Ridge, Mississippi Canyon, Green Canyon, Keathley Canyon y Atwater Valley.
“Una vez confirmadas las nuevas concesiones por el MMS, la cartera de proyectos de la empresa para exploración en aguas profundas y ultraprofundas alcanzará el total de 221 bloques, 157 de ellos operados por Pemex.
“La participación de la compañía en el Lease Sale 206 está en línea con lo convenido en su Plan Estratégico, que prevé su crecimiento internacional mediante la realización de inversiones en áreas prioritarias, entre ellas el sector estadunidense del Golfo de México. Con ello, la compañía mexicana hace más fuerte su posición como una de las líderes en el segmento de exploración en aguas profundas y ultraprofundas en aquella región.
“El plan de inversiones de Pemex en Estados Unidos, para el período 2008-2012, prevé la aplicación de 4.9 mil millones de dólares, en total, en las actividades de exploración y producción y de refinación.”
Comprendo su sorpresa, estimados lectores, pero lo único que he hecho es sustituir el nombre de Petrobras, en un comunicado de marzo de este año, por el de nuestra querida, querida con un amor que sofoca y ahoga, Pemex. Hace cosa de un mes, el servicio financiero Bloomberg calculó un valor de mercado a la compañía mixta brasileña de 287 mil millones de dólares, para colocarse así como la sexta mayor del mundo en valor de mercado, un sitio arriba de Microsoft.
Petrobras tiene 11 mil millones de barriles en reservas probadas y, Pemex, 14 mil millones. La diferencia en valorización la marca la dirección de crecimiento o decrecimiento de las reservas de cada compañía. Por cada barril que extrae la compañía brasileña comprueba en reservas uno más. En el caso de México, a la entrada del gobierno de Vicente Fox, por cada barril extraído sólo recuperábamos en reservas 20% de ese barril. La proporción subió a 40% de cada barril, pero todavía nuestras reservas están declinando mientras que las de la empresa brasileña han venido creciendo y prometen multiplicarse si los promisorios descubrimientos de los yacimientos de la llamada “capa presal”, a unos siete km de profundidad, se verifican y certifican como reservas probadas.
Jamás se han explotado en forma sistemática y comercial —es decir, no exploratoriamente—yacimientos tan profundos y que enfrenten dificultades técnicas como lo representan tirantes de agua de tres km kilómetros, perforación en tierra de unos cuatro km y, entre éstos, una capa de aproximadamente un kilómetro de espesor, de sal. Y, sin embargo, estos descubrimientos, que apenas están entre las fases de “posible-probables”, han valorizado a la compañía 68% en el primer trimestre de este 2008. La razón de esta valorización, con base en yacimientos cuya riqueza aún no ha sido certificada, es la confianza, confianza de los brasileños, de los inversionistas y de financieros internacionales, en la seriedad de la compañía y en su sólida base tecnológica y de administración gerencial, acrecentadas en forma notable a partir de la reforma de 1997. ¡Menos de diez años, para una transformación asombrosa!
La imagen que se transmite al ciudadano sobre el contenido del debate acerca de la reforma de Pemex (no sé si corresponda fielmente al debate en sí), es la de concentrar las energías de los ponentes en demostrar si la iniciativa presidencial es o no privatizadora, casi como si se llevara un conteo de cuántos ponentes y de qué fama y calidad estiman que es privatizadora y cuántos son aquellos que estiman que no lo es. Un poco como debatir si la joven que se está desangrando es virgen o medio virgen o nada de virgen, en vez de acudir rápidamente a recuperarla y sanarla.
Pemex puede ser una empresa tan o más exitosa que Petrobras. Sin embargo, para su transformación se requiere —aunque sea unos meses— olvidar las elecciones de 2006 y pensar como mexicanos sin partido, como mexicanos simplemente, que buscan transformar a Pemex, no sólo en una fuente segura de abasto energético, sino en generador de orgullo nacional, inspirador de vocaciones científicas y técnicas, eje de un sólido sistema de empresas nacionales de proveeduría y motor de investigación científica y tecnologías aplicadas. Se puede.
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