Rafael Fernández de Castro
Este lunes el diario Reforma publicó una encuesta sobre las preferencias de los mexicanos hacia los candidatos a la presidencia en el vecino país del norte. Es sorprendente la gran ventaja que tienen los aspirantes demócratas con respecto al republicano: Hillary Clinton y Barack Obama 31% cada uno, mientras que John McCain siete por ciento.
Me parece que la preferencia por los demócratas tiene que ver con la antipatía que provoca el ocupante republicano de la Casa Blanca George W. Bush y por el sesgo conservador del Partido Republicano. También me sorprendió la popularidad de la Clinton. Mi sorpresa puede deberse a que, siendo profesor universitario, convivo con jóvenes quienes por lo general se inclinan al igual que sus contrapartes estadunidenses por Obama. Añadiría también que el nombre Clinton se asocia, tanto en Estados Unidos como en México, con una época de bonanza económica. Por eso explican los analistas que los méxico-americanos apoyan en su mayoría a la senadora Clinton. Y parece ser que el mismo fenómeno se repite aquí.
En todo caso, surge la pregunta: ¿quién le conviene más a México?
Nos conviene un presidente que pueda sacudir al vecino de las dudas y divisiones que lo aquejan. No a raíz del 11 de septiembre, sino de la equivocada manera en que George W. Bush decidió luchar contra el terrorismo internacional. Un ejecutivo que restablezca el liderazgo moral de Estados Unidos en el mundo y vuelva a inspirar confianza en el ciudadano común y corriente del vecino país.
Para ejemplificar mi argumento, utilizaré el caso del ex presidente Bill Clinton. Éste llegó a la Casa Blanca prácticamente sin experiencia internacional y no conocía a México más que por su viaje de luna de miel a Acapulco. A pesar de sus andanzas extramaritales que le hicieron perder un tiempo preciso en su segundo cuatrienio (1996-2000), Bill Clinton fue un gran presidente de Estados Unidos. Nada más hay que mirar la bonanza económica que le tocó presidir —nuestro vecino llegó virtualmente al pleno empleo en los últimos tres años de gobierno (4.5% de desempleo). Combinaba el cuidado en el detalle de los programas y las políticas públicas con un gran olfato político y un mimetismo extraordinario para echarse a la gente a la bolsa, lo que se llegó a llamar el tratamiento Clinton. Dejó la Casa Blanca convertido en campeón de la globalización y con grandes amigos y admiradores por todo el planeta.
Bill Clinton se estrenó prácticamente en blanco en cuanto a política exterior. Sin embargo, cuando sobrevino una crisis en México, manifestó interés y sensibilidad. Se percató de la importancia de ser vecino de nuestro país y metió el hombro por México invirtiendo capital político cuando aquí urgía un préstamo de emergencia al inicio de 1995 para hacerle frente a los compromisos financieros internacionales. Al ser rechazado por el Congreso su plan de ayuda a México, Clinton se sacó un as de la manga y bajo su responsabilidad autorizó una línea de crédito por 20 mil millones de dólares.
Ahora bien, lo más importante fue que durante su gobierno nuestro vecino disfrutó de su mayor prosperidad económica en toda una generación. Y eso lo hizo un formidable ocupante de la Casa Blanca para México, pues el comercio, la inversión e incluso la migración alcanzaron récords históricos.
Entre los tres posibles contendientes que ocuparán la Casa Blanca el próximo 20 de enero, me parece que el más prometedor es Barack Obama. Desde luego, también representa el mayor riesgo, por la sencilla razón de que no tiene experiencia. Ha demostrado poseer el carisma y el liderazgo para ayudar al gobierno de Estados Unidos a pasar el túnel de desprestigio internacional y nacional en que se encuentra. Incluso se percibe que podría unificar a un país altamente dividido. Hacia México tiene un punto bueno y otro malo. Es claramente el más pro migración. Por ejemplo, en un tema altamente controvertido, no le tembló la voz para decir en televisión nacional que él daría licencias a los indocumentados. Pero deben preocuparnos sus declaraciones proteccionistas sobre el Tratado de Libre Comercio. Finalmente, considero que sería el más abierto para intentar esquemas de cooperación con México que se salgan de la tradición.
El más seguro parece ser John McCain, en buena medida por su experiencia como senador y su conocimiento de la seguridad nacional y la internacional. Ya lo ha anunciado: continuará en Irak y será un tradicionalista-realista en su conducta mundial. Si nos vamos a los temas de la relación bilateral, McCain es el más correcto. En comercio es abiertamente pro libre comercio. En migración es pro migración y a pesar de que tiene que acercarse al ala conservadora de su partido, ha demostrado que está a favor de una reforma integral. Claro, haciendo la aclaración de que primero se encuentra el tema de asegurar la frontera con México.
Un gran conocedor de Estados Unidos, el chileno Luis Maira, insistía en que es poco lo que se puede hacer desde la Oficina Oval por cambiar el rumbo de nuestro vecino. Con ese pesimismo sobre la actividad política habría que estar con McCain.
Por último, es evidente que Hillary Clinton tiene la inteligencia y las agallas para ocupar la Casa Blanca. Sin embargo, en el poder ahondaría la división entre liberales y conservadores. Para estos últimos es su villana favorita. La atacan con ferocidad. Pero habrá que tener en cuenta que ella regresa los ataques con la misma belicosidad que los recibe.
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