DOMINGO 22 de noviembre del 2009

“No quiero estudiar y no quiero hacer nada”

Hace dos años, Daniel se declaró en rebeldía: “No quiero estudiar, no vuelvo a ir a la escuela y no quiero hacer nada”.

Al principio, su madre, Araceli M., consideró la actitud de Daniel como un capricho. Lo regañó, habló con él de su futuro, de lo importante que es estudiar, pero dejó que pasaran unos días para llevarlo de nuevo a la escuela.

Ese día nunca llegó.

Daniel inventaba cualquier pretexto. Se enfermaba, se encerraba en su cuarto, lloraba, suplicaba, retaba a su madre y, al final, siempre “se salía con la suya”.

Él es hijo único, de padres divorciados. Su papá vive en Laredo, Estados Unidos, y él, con su madre, en la Ciudad de México. Por eso hizo del tiempo un aliado para resistirse a ir a la escuela. Sabía que Araceli no podía robarle mucho tiempo a las mañanas para intentar convencerlo o llevarlo a la fuerza al colegio, porque debía ir a trabajar.

La relación entre ambos se deterioró a la velocidad del silencio que se fue apoderando de Daniel. Ya no platicaba con su madre, no tenía ánimo de salir y lo único que lo distraía eran la computadora, los juegos de video y la televisión.

Al cabo de dos semanas, Araceli llevó a Daniel al médico casi a empujones. En una clínica particular le dijeron que era puro berrinche, que Daniel no tenía absolutamente nada y de paso la regañaron por consentidora, por maleducar a su hijo y por no ponerle suficiente atención.

Araceli tuvo un presentimiento: algo malo había detrás del comportamiento de su hijo y no desistió hasta encontrar la respuesta. Fue de un médico a otro, recurrió a la escuela para investigar si Daniel había cometido alguna falta grave y tenía miedo de enfrentarla, o si le había faltado al respeto a alguna maestra.

Nadie en la pequeña escuela privada de la colonia Jardín Balbuena le dijo que su hijo era víctima de acoso y violencia sistemática de manos de un grupo de compañeros.

Hoy, Daniel y Araceli han aceptado relatar su historia frente a la única persona que pudo ayudarlos: un sicólogo especialista en niños, que pudo conocer el infierno que durante seis meses padeció el muchacho en aquella secundaria.

Araceli no pensó que algo grave hubiera ocurrido en la escuela, porque su hijo nunca había tenido problemas con los estudios ni mucho menos en la relación con sus compañeros.

Pero siempre hay una primera vez. Y para Daniel la hubo: no pasó un solo día de su segundo año de secundaria que aquel grupo de tres jóvenes dejara de molestarlo y ponerlo en ridículo frente a sus compañeros.

Le quitaban el dinero, lo correteaban bajo amenaza de golpearlo, tocaban sus genitales y hasta un helado vaciaron dentro de su mochila.

Luego comenzaron a llamarlo gay, puto, maricón. Daniel no sabe por qué nació tal aversión en su contra. Ni siquiera por qué les llamó la atención: no es gordo, no usa lentes ni frenos, tampoco es corto de estatura o demasiado alto. No es un burro ni un alumno destacado. Es decir, no hay en él nada fuera de lo normal, dice.

De lo único que Daniel sospecha es que aquellos muchachos estaban celosos porque él despertaba la confianza de sus compañeras de grupo.

Pero a él nunca le pareció extraño ni ajeno el trato con las mujeres. Sus padres se separaron cuando él tenía tres años y la relación con su madre siempre fue excelente: salía con ella y con sus amigas, la acompañaba a todos lados, iban juntos por las compras.

La última vez que Daniel acudió a la escuela fue porque lo amenazaron con violarlo. Ellos, sus propios compañeros. Todavía no lo puede creer. Pero de verdad tenía miedo y no se atrevió a acusarlos ni a decirle nada a su madre.

Tuvo que pasar casi un año para que Araceli conociera la historia, ya cuando había inscrito a su hijo en otra escuela, más cara, pero al menos más segura, dice ella.

Daniel no perdió el año, pero siente mucho no haber tenido el valor de acusar a sus compañeros.

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