¿Administraremos —otra vez—, la abundancia?
Ángel Verdugo
La polémica desatada en México respecto a una recesión en Estados Unidos —fenómeno económico del que nadie en su sano juicio puede afirmar se ha materializado—, ha estado marcada más por sentimientos que por argumentos útiles para entender sus efectos negativos y de ser posible, cuantificarlos y combatirlos.
Sin embargo, lo único definido es cómo y con qué combatir lo que como sabemos y dije arriba, no se ha concretado. La forma de combatirla —desaceleración o recesión— y el arma —más gasto público— a utilizar, no han merecido atención alguna y mucho menos, preocupado a sectores importantes de la vida económica y política.
La utilización de la renta petrolera no es algo nuevo en nuestra economía por lo que en estricto sentido, mantener esta añeja y perniciosa costumbre no tendría por qué llamar la atención y menos preocupar; sin embargo, el dispendio de montos extraordinarios recibidos por la coyuntura —altos precios del petróleo—, sí debería.
El sexenio del presidente López Portillo es claro ejemplo de cómo, por encima de los ingresos regulares y su gasto, tiramos por el caño un monto altísimo de recursos y sufrimos los efectos de esa política “en contra del ciclo”, “para evitar que cayeran los niveles de empleo”. Una vez que pasó el vendaval petrolero, éste nos dejó la quiebra total del sistema y obligó —en 1987— a la apertura de la economía pues era como sabemos, la única salida a la crisis.
A esa locura y gasto público desenfrenado, López Portillo la calificó como la “administración de la abundancia” y sí, en efecto, hubo “mucha abundancia” —perdón por el pleonasmo—, pero muy poca administración. Hoy, cuando los recursos petroleros excedentes en los últimos cinco o seis años han legitimado el vicio de “regularizar” recursos que por extraordinarios y aleatorios no deberían merecer ese tratamiento, nos preparamos otra vez para aplicar la misma receta.
Por ello, ¿es correcto, si la economía con la cual tenemos una profunda interdependencia registra una desaceleración o recesión, en vez de determinar efectos y causas en la nuestra para diseñar políticas públicas que los palie o elimine, que recurramos al expediente fácil y lucidor: Gasto y más gasto?
Este instrumento de efecto parcial y temporal se convierte así, otra vez, en una medicina que sólo produce efectos similares. Es verdad que con el monto “histórico” del PEF 2008 podemos aplicar políticas “contra el ciclo”, pero ¿no sería más sano y correcto buscar un mejor uso del gasto y proponer la concreción de la tantas veces pospuesta cirugía a corazón abierto que nos urge por tanta “arteria taponada”?
Decidir que paliaremos los efectos negativos de la desaceleración o la recesión en Estados Unidos con gasto sin mencionar siquiera los obstáculos a remover para entonces sí, tener fortalezas que reducirían aquellos, es repetir lo que no funciona. Las reformas que urgen deberían ser el objetivo y aprovechar la coyuntura para explicar con franqueza la realidad de la economía que parece, ahora sí, estar prendida con tantos alfileres que nos ha hecho creer que sólo gastando más podremos evitar la caída de los niveles de empleo.
¿Habrán pesado en la decisión tomada, los aspectos políticos y específicamente, los electorales? ¿Qué peso tuvo y tiene en la posición anunciada que el Presidente se haya hecho llamar “el Presidente del empleo” y por lo tanto, no podemos permitir que el nivel de empleo caiga? Ha sido tan relevante esto de “Presidente del empleo” que casi daba por hecho que llegaríamos al “millón de empleos” en 2007 y hoy, ante la realidad de las cifras, ni por accidente se refiere a ellas.
Vayamos pues, a “administrar la abundancia”. Sólo tengo una petición aunque hoy la abundancia sea menor, que abunde la administración pues si vamos a tirar otra vez recursos, un poco de eficiencia no caería mal.
¿Verdad que no es mucho pedir?