Otra de bancos
Jorge Taboada
No. En esta ocasión no hablaremos, por tercera semana consecutiva, de la banca que opera en México. Se trata, más bien, de uno de los fraudes bancarios más sonados de la historia, en el que, por supuesto, los sistemas informáticos jugaron un papel importante. La semana pasada, el banco francés Société Générale perdió alrededor de siete mil millones de dólares, producto de la especulación de alrededor de 73 mil millones de dólares, hecha por un empleado de rango medio del mismo banco.
Para dimensionar el tamaño de esta especulación, consistente en jugar con el valor de acciones a futuro, podemos compararlo con un fraude similar perpetuado al banco británico Barings, que por un monto mucho menor se colapsó en los años 90. Si ese no resulta dato suficiente, basta mirar que el valor de Société Générale ni siquiera alcanza esa cifra (está valuado en 51 mil millones de dólares) o que el monto de 73 mil millones es muy cercano al tamaño del déficit presupuestario anual de Francia.
Pero lo que aquí nos compete no son los números, sino los mecanismos que el defraudador, Jérôme Kerviel, un joven de 31 años que buscaba destacar dentro de la empresa (y vaya que lo logró), utilizó para provocar la millonaria pérdida. En palabras del director de la entidad financiera, el fraude se realizó mediante “un elaborado montaje de transacciones ficticias” y gracias a su “profundo conocimiento de los procedimientos de control” del banco. En otras palabras, Kerviel engañó a los sistemas informáticos, que evidentemente conocía a la perfección.
Es aquí donde me detengo a reflexionar: ¿Cuántos empleados bancarios en México conocen a la perfección el manejo de los sistemas informáticos de la respectiva institución para la que trabajan? En todos los casos, el número es mayor a una persona, lo cual, les guste o no a los bancos, deja un margen de vulnerabilidad en sus sistemas. Lo ocurrido con Société Générale constituye un llamado de atención, desde luego, para los más altos mandos en las instituciones financieras, con miras a evitar un colapso similar al sufrido por el banco inglés citado antes.
Pero también lo es para las autoridades gubernamentales, especialmente en un país como México, donde si un usuario de banca en línea sufre un “robo” informático, carece de respaldo legal.