Hace 25 años el VIH tomó por sorpresa a los médicos; aún hay quienes no se han repuesto y lo peor es que algunos galenos recién formados reproducen actitudes discriminatorias
Como si fueran alacranes ponzoñosos no se les quieren ni acercar. Si los tocan, pueden clavarse el aguijón. Un poco de ese veneno es mortal. Esto piensan algunos médicos, esos que por repulsión, o por miedo, son los primeros que emiten sentencia contra el paciente infectado con VIH.
Se visten de astronautas para tocar a su operado, tienen tanto pavor al contagio que obligan al paciente seropositivo a comprar material desechable con tal de no tomarlo ni para esterilizar.
Hay otros que de plano les niegan el servicio o les retrasan sus citas. Eso se llama discriminación.
El costo lo pagan los pacientes. A unos la exclusión les acelera la muerte, a otros sólo se les queda la marca del rechazo por el maltrato, por la manera como los uniformados de azul y de blanco los miran como apestados. O como alacranes.
Del miedo no están exentos los doctores. A causa del desconocimiento y la falta de preparación se hacen cómplices del peor enemigo de la epidemia de VIH: el estigma y el rechazo.
Algunos ponen una barrera entre ese al que consideran un foco de infección. Al que ven como un intocable. Aunque en realidad el riesgo que tienen de contagiarse es irrisible: 0.03 por ciento de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Desde sus comienzos, hace 25 años, esta epidemia desafió las infraestructuras de salud y tomó por sorpresa a los galenos. Y a los años hay quienes no se han repuesto. Aunque otros, recién formados, no se libran de reproducir la exclusión.
La investigación del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) Reducción del estigma y la discriminación relacionados al VIH/sida en México (2003) indica que en al menos siete de cada diez médicos que recibieron capacitación sobre el VIH/sida persistía la discriminación. Entre los dueños de las herramientas científicas para tratar al paciente prevalecía un prejuicio: 75 de cada cien creían que los pacientes tenían la culpa de tener el mal, y 25 por ciento desconocía las vías de transmisión.
Quizá por eso a Niza la miraron con desprecio en más de una ocasión. En el Instituto Nacional de Cancerología la enfermera y el médico le impusieron condiciones. No le regresarían su carnet de citas, a menos que repusiera el espejo vaginal que le habían prestado, y que comprara, en cada ocasión que fuera a revisión, un espejo vaginal desechable, porque el material incluso esterilizado no se puede usar “con personas de su condición”.
En el Hospital de la Mujer, sin explicación, se negaron a abrirle un expediente. Como si le tuvieran miedo.
Y con ese temor miraron a Luis cuando lo estaban operando de un ojo. Los médicos y la enfermeras se pusieron tres guantes, y “quién sabe qué barbaridades murmuraban; yo estaba consciente. Me daba risa, y me daba pena por ellos”.
A Abdalá ni voltearon a verlo. Hace un mes y medio la toxoplasmosis, un mal oportunista, atacó su cerebro. Urgía que lo operaran. La demora lo acercaba al coma. Pero no había hospital que lo recibiera; a “falta de camas o de especialistas” que lo atendieran. “Pues sí, puede caer en coma, pero qué quiere que hagamos”, le decían.
Niza, Luis y Abdalá, diagnosticados seropositivos en distintas épocas y circunstancias, recibieron hostilidad, indiferencia y violaciones a sus derechos humanos.
Quienes debieron darles cuidados los confinaron en un espacio donde los hicieron invisibles.
Cuando Niza salió a la farmacia en busca del espejo desechable iba enojada y se sintió humillada. Ahora recuerda la manera en que esa experiencia la marcó de por vida: cuando tenía 28 años le detectaron el VIH. En ese año 2000 sus dos abuelitas murieron, se quedó sin trabajo, sin dinero y sin seguro social.
Dos años antes, un laboratorio privado le dio el resultado positivo de VIH a Luis, que para entonces había cumplido los 30. Pocos días después del diagnóstico las fiebres recurrentes de 39 grados centígrados durante tres días lo llevaron a una consulta en el Hospital de la Raza.
El médico que lo atendió lo acusó de inventar las altas temperaturas, le dijo a su mamá que eran ficticias, y le ordenó regresarlo a su casa. El hombre de la bata no quiso ni tocarlo.
A Abdalá también le tocó. En 18 horas fue rechazado de cinco hospitales. No había quirófano, anestesiólogo ni neurocirujano que lo operara. El reloj estaba en su contra y el riesgo de que cayera en coma era latente.
El domingo 20 de julio ya no aguantó más: “Por favor, sácame de aquí, me están matando”, le suplicó a Óscar, su pareja, acostado en una cama del Hospital General Doctor Manuel Gea González, en donde estaba internado desde hacía un mes.
Perdía la movilidad, y la coordinación de brazos y de piernas, cuando su mayor pasión es hacer ejercicio. En las fiestas decembrinas de 2006 supieron que era portador del virus: llegó a un hospital en Cancún para cirugía por un tendón roto. Ahí se dieron cuenta. Había ido para allá a pasar Año Nuevo con su familia.
Yare, de 22 años, se atiende en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Hace tres semanas llegó a la Organización Ser Humano, una ONG que tiene un albergue que atiende a niños con VIH.
Se refugió con su hija de tres años. Sus defensas bajaron y en el IMSS le han estado postergando sus citas. No tiene medicamento y empeora. Cuenta que las asistentes le dicen que no hay espacio, pero ella ve cómo la miran de reojo, y la juzgan.
Piensa que lo hacen a propósito para castigarla, como si se tratara de un castigo divino, mientras ella está en plena batalla para obtener medicina, para que alguno de los médicos la atienda como es necesario; en su lucha necesita darle mucho a su niña, porque urge tejerle un edredón de gente que la cuide cuando ella no esté.
Lo que le parece intolerable es que la gente de ciencia la considere dañina, que en las antesalas los uniformados le dediquen, además de esas miradas que taladraron a Niza, Luis y Abdalá, aquellas que llevan señalamientos de transgresora.
Su padrastro la violó a los 11 años. Por eso tiene el virus. Su mamá murió por el mismo contagio. Y él… él también está muerto.




