Generalmente los asesinos a sueldo vienen de familias disfuncionales, donde una figura materna desapegada es determinante
Estaba cubierto desde los pies hasta el cuello, a unos pasos de la iglesia de Nuestra Señora de Fátima.
La cobija por fuera era beige y por dentro estaba teñida de rojo. Tenía las manos entrelazadas y sus articulaciones ya presentaban rigidez; eran las cinco de la mañana en el barrio de El Sauzal, en Ciudad Juárez.
Se encontraba en el piso sobre la avenida Lázaro Cárdenas, tenía raspones y heridas abiertas en los codos y rodillas, por el arrastre en el concreto. En el tórax y los muslos desnudos, la sangre se había coagulado, ahí donde lo habían golpeado.
Había perdido la cabeza. El primer corte fue de izquierda a derecha, por todo el frente del cuello, en un solo movimiento cuando aún estaba con vida; después, en la nuca, varios tajos de cuchillo hasta romper la tercera vértebra y separar la cabeza, que se guardó en una bolsa negra de plástico, de las que se utilizan para la basura.
Junto a él había otro cadáver. También había sido torturado y decapitado durante las primeras horas del 3 de junio pasado. En las radios de las patrullas del distrito Benito Juárez se recibió la alerta y se siguió el rastro de sangre a cuatro cuadras del lugar, hasta donde un perro mordía una de las bolsas negras que contenía la cabeza de una de las víctimas, señala el informe policial.
El autor del doble homicidio está ligado a un grupo del narcotráfico de Ciudad Juárez, Chihuahua; el asesino no tiene sentido de culpa, carece de empatía, presenta trastornos de personalidad y en él impera la personalidad sicópata.
“Es una guerra y, a diferencia de las otras guerras, en las que había cierta estrategia y cierto honor en dominar al enemigo, esto se ha perdido; la regla que está predominando en esta guerra, es destruir al enemigo.
“La regla que determina esta guerra es la destrucción total y entonces, ¿a quién atraen a sus filas?, pues atraigo a quien ejerce la peor violencia, esa intención de dañar, de mutilar.
“El acto de dañar en esa forma y de mutilar a las víctimas, porque también les cortan la cabeza, es realmente quitar la identidad de esta persona completamente. El acto es de sobrematar; no sólo mato, sino te sobremato”.
Así lo asegura Feggy Ostrosky Solís, directora del laboratorio de Neurosicología y Psicofisiología de la UNAM, quien ha realizado el perfil sicológico-criminal del secuestrador Daniel Arizmendi, El Mochaorejas, de Juana Barraza, La Mataviejitas, así como diversas entrevistas neurosiquiátricas a sicarios.
A través de diferentes estudios académicos, señaló, se ha determinado que en los hechos violentos de estas características prevalece la sicología del terror, ejercida por individuos que tienen trastornos de personalidad.
“No son capaces de empatizar, de sentir las mismas emociones que los demás; no tienen ningún sentimiento de culpa. En la medida en que yo no tenga culpa por lo que hago, soy capaz de hacer más daño.
“Entonces el trastorno de la personalidad, la sicopatía, es muy frecuente entre los criminales, sobre todo en los criminales muy violentos; se ha estimado que del uno al tres por ciento de la población mexicana tiene estas características.
“En la población que se encuentra en las cárceles hay 25 por ciento, pero no todos están en las cárceles; hay esta población que está fuera, que muchos de ellos son los sicarios”, dijo en entrevista con Excélsior.
La nueva generación de sicarios, vinculados con el narcotráfico, ha desarrollado factores que bloquean el sentido de la culpa, a pesar de que es algo inherente al ser humano: la culpa es lo que permite que podamos vivir en comunidad y en sociedad.
Sin embargo, el trastorno de personalidad que tiene como objetivo matar al enemigo y manipularlo, ha generado que para estos individuos la vida se transforme en un objeto o una cosa más.
“En la medida que yo te cosifique, que eso es lo que hacen los sicarios, son cosas que yo tengo. Las cosas las puedes dañar, a una pelota, a una silla, la puedo golpear, la puedo aventar.. a una persona no.
“Entonces estas personas cosifican, los sicarios cosifican a las personas, mientras las personas que son altruistas, pues al contrario, personifican muchas veces a las cosas; pero en este caso, la superficialidad está por encima del valor de la vida.”
Entre los individuos que manifiestan estas características, señaló, se ha detectado que provienen de una familia disfuncional y principalmente carecen de falta de atención materna; esos son algunos detonantes, advirtió, de la personalidad de los sicarios.
“Lo que se ha visto en esta personalidad del sicópata es que hay una historia de disfunción familiar, frecuentemente es una madre muy fría, distante; el que el padre sea castigador y golpeador no es tan grave.
“Es muy grave que una madre sea fría, calculadora, distante y manipuladora, lo que frecuentemente le echa en cara que no es un ser deseado y querido. Entonces se van gestando estas personalidades muy hostiles, paranoicas, que se enrolan en estas filas de sicarios, que tienen mucho enojo contra el resto de la humanidad.
“El ser humano necesita sentirse validado y querido, y los primeros síntomas del apego entre la madre y el hijo son determinantes en el futuro de esta personalidad”, dijo Ostrosky.





