La artista plástica provocó un nutrido llanto con su muerte, pero, una vez más, convocó a familiares y amigos a bailar y cantar en torno suyo
Sobre una pequeña mesa, junto a la ventana de un departamento de los edificios Condesa, Beba Pecanins, sonriente, en papel fotográfico, se buscó un lugar entre diez girasoles que veían al cielo acomodados a los pies de su descanso, y encima de sus tallos, la imagen de Miryam, quien fuera su pareja, su amor, su compañera de vida y muerte, también sonriente y bajo su brazo.
Después de ver transcurrir la vida entre México y Barcelona, Ana María Gimeno Pecanins, la Beba, y su Miryam dejaron a un lado su cuerpo en la carretera a Valle de Bravo el pasado viernes 20 de febrero.
Tenían una casa por la zona, donde la Beba armaba cajitas para una exposición con los rostros de las mujeres que, junto a ella, celebraban la vida, mientras Miryam se olvidaba un poco de la oncología viendo a las aves del lugar.
La noche del 24 de febrero a los edificios Condesa llegó el mariachi a cantarle a la Beba, ese día habría cumplido 48 años, y su familia y amigos decidieron celebrar su vida con tequila y canciones.
Era escenógrafa, decían algunos; no, pintora, aseguraban otros; instaladora, sostenían más adelante; productora, respondían otros más.Se especializaba en realizar máscaras venecianas, dominaba las artes plásticas, hacía marionetas, tintas en tela, manejaba las texturas y participaba en museografías.
La Beba acariciaba todo en su entorno, su robusto cuerpo le procuró sombra a más de un desvalido. Gracias a su sentido de justicia hoy están en pie árboles que padecieron muérdago y también una anciana que encontró lavando su rostro en una fuente pública. Fue y será un abrazo eterno, un vaso de agua para la garganta seca, un consuelo no pedido, un juramento cumplido, un sueño.
La caricia que la menor de la segunda generación de las Pecanins dejó a su paso arranca, a consecuencia de su muerte, un caudal de llanto. “La Beba es, es, porque no podemos hablar en pasado de quien convocaba al amor a la gente”, confesó Marisa, su hermana, la cineasta, al celebrar el cumpleaños de ambas.
“Nacimos el mismo día, siempre hemos celebrado nuestros cumpleaños juntas”, explicó entre canciones.
Su madre, Monserrat, está por cumplir 80 años, de los cuales lleva 44 junto a su segundo marido, Brian Nissen. “Mi esposo es el verdadero padre de mis hijas. Cuando Beba tenía tres dijo querer llamarse Beba Pecanins. Y yo no dije nada porque padre no es aquel que los hace, sino aquel que los ama, los quiere y los cuida.
“El abrazo, el calor que he sentido, el apretón que me han dado me han dejado marcada. No puedo creer todo lo que han dicho, lo que han escrito, quiénes han llamado, de Barcelona han venido tres, de Bolivia ha venido uno. Mis amigos me han hecho sentir que la vida no se acaba acá. Ha sido un querer y una lágrima sincera, no ha habido cuento. La gratitud más grande que tengo es con los amigos”, dijo Monserrat.
“Por eso he permitido que se haga una pachanga en esta casa, que en vez de ser un velorio haya sido un jolgorio, porque así era mi hija. Y si es verdad que existen los espíritus, sé que ella estaría tan feliz de ver que sus amigas han querido hacer cantar a los mariachis las canciones que a ella le gustaban”, expresó.
Su madre contó que cuando la Beba tenía siete años, Arturo Ripstein la invitó a protagonizar la película La hora de los niños.
Cuando el director le planteó el ofrecimiento ella respondió: “¡Ay, Arturito, estás majarrito, pero si yo no soy actriz!” Pero lo llevó a tomar un café como hacían sus tías y su madre, cerca de la Galería Pecanins, en la calle Hamburgo.
Un capuchino todo leche para la futura protagonista. “Te vamos a pagar y no tendrás que ir a la escuela”, dijo el cineasta.
Después de pensarlo un rato, la Beba aceptó, estimando que su actuación costaba 100 pesos. Años más tarde llamaría a Ripstein ratero, en tono jocoso.
Alberto Ruy Sánchez conoció a la Beba a través de sus padres. “El sábado, Monse me dijo: ‘Alberto, yo ayer ya no quería vivir, pero después de ver todo el cariño que me han demostrado no me mato, porque no les voy a hacer la putada de venir a otro velorio’. La Beba era un sol que iluminaba cualquier situación que tuviera un poco de claroscuro”, dijo el escritor.




