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Matamoscas: primitivo e indispensable
Francisco Javier Acuña
21-Jun-2009
El país entero necesita aprender el ABC de los derechos de la infancia en honor a esos héroes involuntarios que fueron los niños calcinados.
A la familia de Antonio Hernández Rolón
Señal, no lo sé, acaso estampa del costumbrismo violento de nuestro tiempo; se detuvo como instante capturado en la memoria, más que el hecho en sí, la manera de hacerlo, la actitud con la que Obama, asediado por una impertinente mosca durante una entrevista, hizo un paréntesis y, del fondo del personaje iconográfico interracial de nuestros días, emergió esa parte del África que en él habita y de un manotazo eliminó al insoportable bicho.
Esa parte del África en la que la caza de las grandes y las pequeñas fieras se da por supervivencia. Sólo así perduraron los moradores de esas comarcas indómitas, hasta que el hombre blanco llego ahí con sus ambiciones de marfil y de diamantes e impuso fronteras artificiales entre las tribus ancestrales. Lo que pasó después (las pandemias irremisibles y la hambruna expansiva), lo sabemos, refleja la inutilidad de la ONU y la infinita hipocresía universal.
Obama, como “el sastrecillo valiente”, mató a la mosca de un solo golpe y al primer intento; luego, con ese gesto de no, no pasa nada, tuvo a bien señalar a la lente morbosa de la cámara el sitio preciso en el que cayó el fulminado insecto. Vinieron de inmediato las reacciones. Otra clase de moscas igual de latosas y exasperantes (conozco unas de esas que hacen periodismo incisivo pero selectivo), periodistas que han estado revoloteando sobre Obama y su “criminal hazaña”. Pamplinas.
Fueron más cautos los defensores de la fauna, quienes con toda razón exigen un trato respetuoso para los animales, pero eso es válido para la causa de las especies en verdadero peligro de extinción, las moscas son una plaga inagotable, nacen entre las heces y el mundo es un estercolero. El caso es que ese hecho es visto en el refinado circuito democrático (Europa, Canadá y Australia) como una mal ejemplo para la conciencia ambientalista y, claro, los esquizofrénicos de las ideologías totalitarias lo sienten como un mensaje agresivo y amenazante a los autócratas del Caribe (Cuba y Venezuela) y la teocracia de Irán (la antigua Persia) ¿Por qué? Dado el formidable liderazgo de Obama, mientras sigan al alza sus bonos es un consuelo a la gente del color del ébano.
Hay algo en él que lo hace ser un extracto de lo mejor de otras grandes figuras de color, de otras épocas y de su propio oficio o condición: en él radica algo del coraje pacífico y generoso de Martin Luther King, el furor y el lado místico de Mohamed Alí, el espíritu solidario y ejemplar del Magic Johnson con la fisonomía afilada de Denzel Washington y sobre lo anterior el ritmo que en su vida ha sido el tino y el sentimiento de su maravillosa esposa, la señora Michel Obama.
Hoy no pude o no quise o no supe trenzarme en estas líneas con el horroroso aniversario del News Divine (la Ciudad de México necesita ponerse sobre un gran diván y ser atendida por un psiquiatra) o en la ausencia de los jóvenes aplastados en el antro de la Delegación Gustavo A. Madero y de tantos otros que mueren a diario por la ineptitud gubernativa. El país entero necesita aprender el ABC de los derechos de la infancia en honor a esos héroes involuntarios —más que víctimas— que fueron esos niños calcinados en el desierto político de Hermosillo. Por eso preferí triturar aquí, otra vez, a la mosca que hizo famosa la mano enérgica y audaz del señor Obama, en vez de hacer lo mismo —a través de mi pluma— con esas moscas que abundan y que no me producen ninguna piedad. Yo también he tenido que usar un matamoscas —me resisto a usar insecticida— porque hay bicharrajos indeseables que bien merecen un garnuchazo; dicen los ganaderos, en los establos, donde se forman nubarrones negros de moscas a la espera de la espumosa leche: “Nunca mates a una, porque vienen 100 a su entierro”. A veces es preferible un funeral de mosca que una vida de asquerosos zumbidos, más si son tan insistentes como ciertos ejemplares del trópico que pican sin descanso y son capaces de cualquier cosa, incluida la de querer volver a gobernar.
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