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Los que mecen las cunas infantiles
Francisco Javier Acuña
14-Jun-2009
Se habrá de prometer otra vez que las investigaciones alcancen a los responsables y todos sabemos que eso no va a pasar.
Francisco Javier Acuña
A la UNAM, por el merecido galardón.
Ala turbia racha de adversidades que nos afligen y nos aflojan como nación faltaba la de un siniestro espeluznante. Esta vez no se trató de mineros quemados por un gas letal en el subsuelo de Coahuila en la oscura caverna desde la que se extrae carbón; tampoco fue el colapso de una estampida que aplasto a decenas de jóvenes pisoteados por el pánico que causó un operativo en un antro sin salidas de emergencia en el DF. Ahora fueron bebés mecidos por manos irresponsables en cunas que ardieron como las Fallas de Valencia, antorchas de madera y papel que al tornarse en llamas desfiguran los rostros de los políticos locales y nacionales más odiados o los más temidos, como síndrome del repudio a la clase gobernante.
Antes que el narcoterrorismo que hoy se propaga por las comarcas y ensombrece a nuestro país, es inevitable recordar que hubo una vida capitalina ajetreada, sí, pero segura, animada también, pero benigna en la gran Ciudad de México.
Hubo —a la vez— una provincia (cientos o acaso miles de pequeñas localidades) de calles tranquilas y de costumbres coloquiales. Y había algo que era común: los niños, antes de ir a la escuela, se quedaban en casa al lado de su madre (si se trataba de amas de casa de tiempo completo) y de ser hijos de madres que trabajaban fuera del hogar, eran llevados para sus cuidados hasta el amoroso regazo de la abuela, ese refugio sentimental perfecto en el que surgen los duendes y los pequeños retozaban sin cuidados extremos pero sin peligros mayores. Tiempo ido, época sepultada en la memoria de los que así mudamos los pañales por los pantaloncillos cortos y que evocamos, con nostalgia, para bien, ante nuestros propios hijos que hoy van a dar a guarderías o a escuelas inseguras, esas deliciosas remembranzas. Como dijera el poeta López Velarde: en las calles del pueblo solíamos vagar en infantil asueto y juntos aprendimos el alfabeto… ABC, el nombre que tuvo la guardería infernal de Hermosillo, el horno crematorio en el que la vileza y la rapacidad ambiciosa de unos empresarios inexpertos en el cuidado de los pequeñitos los guardaban en una bodega, tragedia que exalta la complaciente y corrupta permisión gubernativa que extendió los certificados de excelencia (convalidó) las condiciones de esos modernos campos de exterminio autorizados y subrogados por el Estado, convertido en un Herodes involuntario. Si hemos sido críticos feroces de la utopía comunista que arrebata a los menores de sus padres —según sus talentos y capacidades deportivas e intelectuales— para internarlos en reformatorios en los que se les adiestra como a las fieras para el espectáculo circense de cada olimpiada, el Ballet Bolshoi o el concurso de cada justa científica mundialmente prestigiosa, no podemos callar la indignación ante estas otras modalidades peligrosas del esquema “democrático” en el que se confían las cunas de nuestros chicuelos a enfermeros insuficientes que trabajan sin los medios adecuados al pago mínimo de unos hampones que por dinero hacen de esa tipología de servicio social de custodia infantil un negocio que puede resultar criminal.
Con esos pequeñitos abrasados por el fuego asesino de una bodega colindante se quemaron muchas vidas más, todo México ha quedado lastimado, marcado por el fuego en el que se consumieron las reservas de tranquilidad que nos quedaban. Hermosillo podría ser nombrado a partir de entonces: “Infiernillo”. Y el IMSS tendría que modificar su emblema por el de una madre amamantando a un bebé y con ambas manos haciendo chocar dos pedernales. Se habrá de prometer otra vez que las investigaciones alcancen a los responsables y todos sabemos que eso no va a pasar: se fugaron 53 reos de alta peligrosidad en Zacatecas en unas condiciones de absoluta impunidad y de evidentísima complicidad de los guardianes con el señorío del crimen que abrió las puertas de par en par y que además se llevó los equipos de comunicación con los que les estuvieron dando cabal señal de por dónde iban los comandos de uniformados que —con otra suerte— los podrían atrapar.
fjacuqa@hotamil.com
Antes que el narcoterrorismo de hoy, es inevitable recordar que hubo una vida ajetreada, pero segura.
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