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De todos los fuegos, el fuego y la dicha universitaria
María Luisa Mendoza
13-Jun-2009
Solamente una persona testigo del inconmensurable sufrimiento de un quemado puede imaginar siquiera esa catástrofe de Hermosillo.
Rector Narro Robles: “De tu dicha te doy la clave…”
Estoy meciéndome en una enorme alegría. Ha de ser como cuando te operan y despiertas con dolores intensivos y sientes una indomable sed, casi primigenia, de leche materna, de caricia consoladora, y un doctor te pone en la boca partida un pedacito de hielo. Estos últimos tiempos han sido tan avaros de bienestar, de dulce compañía, que el enormísimo y justo Premio Príncipe de Asturias para la Universidad Nacional Autónoma de México remueve y alborota tu alma (allí donde está cada uno de los niños quemados por la avaricia irresponsable de viejas mantenidas y autoridades hasta ingenuas, digamos de lo imposible de entender el dejar pasar tales peligros en las guarderías, el pobre refugio y descanso de mujeres trabajadoras como yo, y a quienes vi llegar corriendo con el rostro atrabancado a marcar sus tarjetas en los relojes del Bosque de Chapultepec después de dejar a sus hijos en la guardería correspondiente, cuando yo lo dirigía. Mi corazón se me apretujaba de pena).
Solamente una persona testigo del inconmensurable sufrimiento de un quemado puede imaginar siquiera esa catástrofe de Hermosillo. Casi no aguanto el recuerdo de aquel niño jugando en el bosque y entrando a un cuarto donde se guardaba un tonel con gasolina… no supimos cómo el estallido, por qué, sólo miro hoy la figurita del niño sentado en una camilla con el cuerpo en hilachos gritando espantosamente, igual a los aullidos de los niños ardientemente heridos en un hospital infantil de Tacubaya… ese llanto incesante es un tatuaje en mi memoria… La primera nalga destrozada por un cohete guardado en la bolsa trasera de un pantalón fue la de mi primo Boada Mendoza, acostado de lado creíamos que para siempre jamás, tendría ocho años… aún cojea. Claro, es posible que todavía hoy no haya un culpable tras las rejas, metido por muchos años, ellos elegantes, ellas con mechas pintadas en el pelo y sin darse cuenta del fin de las citas en los salones de belleza y los no sé cómo se llaman lugares donde te masajean y te hacen creer que tienes setenta años… Ya lo hemos dicho quizá hasta el cansancio los periodistas y tal vez ahorita usted, leyendo mis pobres letras (que tanto molestan a tantos, ¡mi Dios! —no sé cuál culpa cargo para tan airados e-mailes… tantito porque no concuerdan conmigo, no entienden mi enmarañada prosa o, tantote peor, si me envían escandalosos y rugientes anónimos dándome a conocer de qué pie cojeo y lo víctima que soy de quien quiero sobre todas las cosas, envuelto en eso llamado virus para por un tiempo siquiera y el costo debido, dejar de escribir y ganarme mi exigua hogaza—). Ojo: jamás he enviado un anónimo a nadie, firmo lo escrito irremisiblemente; nunca abro una carta no dirigida a mí, aunque a veces, sola que vivo, rasgo los sobres sin darme cuenta que son de la señora vecina de junto o un personaje cuya vivienda está a cuatro cuadras. ¡Qué vergüenza! ¡Allí sí voy y pido perdón!... Esto para hacer saber mi educación, rancia, pero educación, y por el atentado a mi tranquilidad de cartas sin destinación de ninguna especie que hablándome de tú me revelan secuencias de telenovela lastimándome a lo bestia y gratis, sin objeto alguno, pues yo bien sé con quién me junto y, como en la canción de la infancia: “Si tú no me quieres, yo ya sé porqué…” A los anónimos les llamo lepra escrita, aunque sea por computadora.
Por eso te digo de mi dicha con el laurel a mi casa —madre— de estudios, mi amada UNAM, cuyos rectores nos guardan de la ignorancia y dos de ellos me han hecho el honor de ser mis amigos, tal Javier Barros Sierra y ahora José Narro Robles, y mucho su amistad hubiera querido del doctor De la Fuente. En la UNAM enseñaron los patricios maestros del exilio español, los sabios corridos de la estrella republicana que fue, y nos abrieron los conocimientos y nosotros les regalamos una patria. Aquí hicieron su nueva vida después de tanto dolor, hasta se casaron con nosotras y a Eugenia Caso le consta allá en el cielo. Por mi raza hablará el espíritu.
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