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La historia: pescadilla que se muerde la cola

Francisco Javier Acuña
07-Jun-2009
En el adolorido planeta solamente no están en peligro de extinción la raza humana las ratas y las cucarachas.



A los familiares de los pequeñitos de Hermosillo.

Pobre de la humanidad, su “evolución” es ilusoria, contradictoria, parece subida en el carrusel de la fatalidad y no se atreve, a veces no puede y otras no quiere, bajarse. Es una calamidad para casi todos los otros seres vivos, los que aún no desaparecen. En el adolorido planeta solamente no están en peligro de extinción la raza humana las ratas y las cucarachas. Mientras se deshielan los polos y los osos blancos mueren, crecen los desiertos, se ensucian los mares y se angostan los bosques, lo único que aumenta en el orbe son las plagas inmunes a los pesticidas, los vegetales transgénicos y la basura. Y lo único que prevalece es el hambre injusta de miles de millones de inocentes y las guerras costosas y costeables.

Nos dicen los enterados que la civilización avanza y que la ciencia en su progreso nuestros males remediará. Pero uno sabe que eso es relativo: buena esperanza, expectativa engañosa, nada más. La humanidad prohija paradojas, al mundo industrializado lo mata la industrialización: las guerras brotan financiadas por la industria militar que las provoca, el mercado del ocio incuba adicciones lúdicas, sadismo y anarquía en la incauta niñez huérfana de cariño; la industria de los alimentos chatarra produce enfermedades en un mundo de gente superflua y material.

En nuestros días es muy fácil morir —en casa— por una bala perdida o por las ballestas asesinas de una dictadura o por las balas del fuego amigo a veces cruzado de la policía y la delincuencia organizada. La matanza de Tiananmen, hace 20 años, sucedió en medio de una impunidad absoluta: el ejército chino aplastó una manifestación pacifica de jóvenes ante los tibios reproches de la comunidad internacional. La China altanera y socarrona profirió sobre el nefasto incidente un silencio insultante y simultáneamente mantenía y ha mantenido la ocupación abusiva y sangrienta sobre el Tíbet. ¿Quién se atrevió a solicitar la expulsión de China de la ONU? Ningún país democrático y moderno, eso sólo fue una conjetura para los utópicos activistas y protectores de los derechos humanos. ¿La razón?: el gigante amarillo es un poderoso exportador de piratería y un insaciable importador de productos diversos: el mercantilismo manda sobre todos los gobiernos, de izquierda o de derecha. China es uno de los cinco integrantes del Consejo de Seguridad de la ONU, porque para ser uno de esos hay que tener en su haber guerras e invasiones a lo largo de la historia universal.

La OEA y sus miembros revocaron la añeja expulsión de Cuba, lo absurdo es que persisten las causas por las que fue segregada, lo grotesco es que el gobierno de La Habana, enorgullecido de su despotismo, repudió la reconsideración. ¿La pertenencia a la ONU y a la OEA es más gravosa que rentable? Ambas se han vuelto artificios decadentes e insustentables.

Hugo Chávez fastidió la cumbre a la que acudieron intelectuales —al llegar a Venezuela fue retenido Álvaro Vargas Llosa— y luego el mandatario troglodita prometió un debate en televisión con el genial escritor, padre del retenido. Pero, ¿de qué podrían hablar esos dos, el peruano, un enorme literato, un demócrata y el mastodonte demagogo que oprime a los venezolanos? A lo mucho, del clima o las cualidades del ron. En reparo de sus aspavientos contra un icono de la cultura, el ocurrente cuasi dictador lanzó un “Plan revolucionario de lectura”. Por decreto inundó plazas de su país con libros oficiales y estableció la obligatoriedad de la lectura y la enseñanza superior. Habrá que ver qué pacotilla de libracos hubo de repartir. De seguro ahí no se incluyó a Voltaire y menos a Baudelaire. Los sátrapas —latinoamericanos— no saben leer y si lo hacen recitan panegíricos de Stalin y odas de Mao Zedong. Y pensar que hace 20 años cantábamos con Silvio Rodríguez: “Arde allá en Nicaragua otra soga con sebo...” Claro, esos defensores románticos del comunismo latinoamericano no hablaban ni aborrecían en sus poemas musicalizados las fechorías del buitre tirano en el que se convierten todos los “libertadores” cuando se aferran al mando, sin oposición ni prensa libre y que actúan tan viles y miserables tal cuales siempre fueron en su camuflaje de ideólogos de la liberación.

fjacuqa@hotmail.com

 

 

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