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La verdad de las lavadoras de dos patas
María Luisa Mendoza
06-Jun-2009
Por desgracia, soy mujer, peco de pasiones bajienses bastante molestas e invado los terrenos fastidiosos para los demás sin el sigilo debido a mi sexo.
Leí con el corazón apretado un artículo-análisis de Francisco Martín Moreno sobre el estado del estado de Guanajuato… no es asorpresante el estrujamiento del alma lectora con Francisco, su obra litería siempre crispa y enfrenta con la desgracia de nuestra patria eternamente saqueada, incesantemente repetida en las traiciones como herencia y esa horripilante molicie del alma que es la hipocresía, y la defensa u ofensa contra todo lo ocurrido, es decir, la continuidad de las propiedades en los temas, el del petróleo, el de la femineidad, el de la migración, el de la inseguridad. Pobres de nosotros si nos atrevemos a pisar con la punta del pie esos asuntos ya apartados no sé a santo de qué. En mi caso, el escrito de Francisco Martín Moreno alrededor de algo considerado por mí, en el subconsciente: que Guanajuato es de mi propiedad, más si es tratado con ese deslumbramiento de quien sí sabe, me colma de alegría. Medito en un e-mail mandádomelo por mi osadía de alegrarme en medio del espanto, de haberse empezado a corregir la tanda de pillos medrando en gobiernos de cualquier parte que sea en nuestro territorio, ayer del maíz y hoy del narcotráfico, antes soberanos, hoy exhibidos.
Entiendo el rechazo soberbio y mayestático de mi barroquismo generalmente con pies y cabeza (aunque a veces incurra en excesos… soy guanajuatense) por mi opinión alrededor del arranque de averiguaciones penales y la detención de, digamos, sospechosos. Quizá haya una enorme injusticia en ello, un atropellamiento desde luego perfectible y corregible; excusable por la prisa y porque para hacer un buen omelet hay que romper los huevos. Y también es probable que haya incurrido su servidora en imperdonable ovación demasiado fuerte cuando debería tener la mesura de un Martín Moreno. Por desgracia, soy mujer, peco de pasiones bajienses bastante molestas e invado los terrenos fastidiosos para los demás sin el sigilo debido a mi sexo, y pequé hasta de incitar “al linchamiento irracional” (Dios me libre). Pero, afligido lector que se permite (Dios lo bendiga) desbrozar mis jardines apretados e inciviles como son los de mi tierra, todo esto no es por el e-mail en sí, es por la admirancia al análisis de un colega de recia y varonil prosa. Y porque también viene a mi memoria, a echar a perder tal acostumbro, el intento de claridad diamantina con pies y cabecita reburujando mi escrito, otro artículo para mí sensacional, en el periódico El País, que leo bizca de emoción todos los domingos… Se titula “Con un pequeño gemido” e investiga y relata los quebrantos y necedades de la Falange durante el franquismo para alejar a las mujeres de los malos pensamientos y hacerlas vivir en el celibato de preferencia, y en el pudorosísimo matrimonio donde no emitas sonido de ninguna clase, sobre todo en la relación sacrosanta de realizar el ayuntamiento directamente dirigido a la procreación, sin dar señal alguna de placer o dicha sin igual, es decir, sin pujidos animales, emitir sonidos, e impensable gritar, y dice Tereixa Contenla que ” bastaba con un pequeño gemido…”
Con esa advertencia admonitoria, el instantáneo manual de la buena conciencia, educación y señorío, me llené de alegría y agradecí a la vida haber logrado olvidar todos aquellos consejos tatuados en la piel en el seno de nuestras casas decimonónicas: “Pórtate bien”, “bájate la falda”, “no interrumpas, mejor no hables”, amén de “cierra la boca al comer, no pongas el codo sobre la mesa”, etcétera. Los reglamentos del Carreño donde venía la maravillosa orden de “no entrar al comedor montado a caballo”.
Yo entiendo muy bien lo importante de los corsés con los cuales nos educaron, así hemos podido conservar a trochas y a mochas amistades antiquísimas, ya no digo el intento de soportar, al borde del asesinato, matrimonios de todos los colores oscuros. La buena educación sirve para un barrido, un fregado y una casa decente donde estar, muy a gusto, cargada y detrás de la puerta. Por algo decían los varones preclaros de antes: “La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular —o disimular— no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse…”
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