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En busca de la corbata perdida
Víctor Gordoa
13-May-2009
El empujón que hizo saltar a la prenda del ámbito militar al de la realeza se lo dio el rey Luis XIV, quien decidió adoptar el estilo croate del la (de la Croacia).
Bienvenidos una vez más al mundo de la imagen pública, donde cada elemento de su imagen física se convertirá en un signo que comunicará mucho de usted, pero sin palabras, y aunque hasta ahora pudiera creer que “eso del look” es un tema nimio, ello no impedirá que, inevitablemente, sea juzgado por los demás de acuerdo con la manera como luzca, por eso le sugeriría que a partir de hoy pensara en su imagen física como todo un sistema de signos y símbolos que le permitirán comunicarse con los demás de manera eficaz. Ahora piense qué pasaría si además pudiera contar con el conocimiento especializado para controlar los mensajes no verbales que enviará a través de su imagen física. De acuerdo con este planteamiento, su apariencia física, el vestuario, los accesorios y su lenguaje corporal serían las herramientas de comunicación no verbal que conformarían su imagen física y, ésta, a su vez, tendría que unirse con coherencia al grupo de las restantes cinco imágenes subordinadas que juntas formarían su imagen pública. Así es como científicamente se logra hacer una gran imagen, ya sea personal o institucional (si el tema le interesa, le sugiero después echarle un ojo al libro El poder de la imagen pública), por ahora, en este contexto, le pregunto: ¿Qué pasaría si de pronto perdiera un signo de vestuario que hasta ahora le ha permitido connotar formalidad? Siga leyendo.
Historia de la corbata…
La corbata como la conocemos ahora es una derivación de un ornamento militar que las tropas croatas usaban por allá del siglo XVII. Corría el año 1635 cuando un grupo de soldados y caballeros croatas se apersonaron en París para dar su apoyo al entonces rey Luis XIII y la cosa fue que el echarpe colorido y pintoresco que usaban al cuello como parte de su uniforme llamó muchísimo la atención a los franceses, que pronto lo empezaron a adoptar y le agregaron un aire de distinción. El empujón que hizo saltar a la prenda del ámbito militar al de la realeza se lo dio el rey Luis XIV, quien decidió adoptar el estilo croate del la (de la Croacia) en su vestimenta y creó la moda de la corbata y además impulsó la expresión del refinamiento a través de ella. A partir de entonces, la vistosa tira de tela anudada al cuello, le cravate, se adoptó como código de comunicación no verbal para cualquier caballero que deseara transmitir formalidad, elegancia y distinción.
La corbata como signo…
Así la heredamos nosotros, pero como sucede con el perejil chino o el vello púbico, la corbata no sirve para nada… ¡pero cómo adorna!... Y ahora que nos la han quitado por ser foco de infección, los hombres se dividirán en dos grupos: los que darán las gracias por librarse del estrangulamiento de la prenda y los que se sentirán desnudos en su trabajo. Habrá quien sepa vestir correctamente sin ella o quien por las mañanas se vea como oficinista saliendo de un bar, de juerga con sus compañeros de trabajo (así se han dejado ver la mayoría de nuestros funcionarios públicos queriendo cumplir con la etiqueta epidémica de vestuario), la diferencia estribará en el conocimiento que se tenga para saber vestir bien sin corbata y además seguir transmitiendo autoridad sin deterioro de la imagen personal. Pocas prendas le dan al hombre la oportunidad de expresar tanto su individualidad, como la corbata, uno de los muchos factores que intervienen en ese proceso de comunicación no verbal: el material de que esté hecha, el color, la textura y el patrón de la tela, la manera de hacer el nudo y el largo usado, elementos que revelarán el carácter, los hábitos y, por supuesto, el estatus de quien la porte, de ahí que prescindir de ella de pronto signifique una gran pérdida de seguridad personal.
¿Cómo resolverlo?…
La solución es muy fácil: vestir sin corbata no significa que sólo deban retirarla de su traje y camisa de vestir y dejar el resto del atuendo igual. Si así lo hicieran siempre se verán mal vestidos, pues evidentemente “algo les faltará”. Para vestir bien sin corbata deberán cambiar todo el atuendo por una combinación de saco sport y pantalón de vestir que por sus telas y colores formales no signifiquen pérdida de autoridad. La camisa deberá cambiarse por una de cuello button down (con botoncitos), planchado lo más rígido posible para que sobresalga y se mantenga firme un dedo por encima del cuello del saco. El cinturón y los zapatos deberán ser del mismo color, los calcetines siempre oscuros y, finalmente, será aconsejable usar unos buenos mocasines perfectamente aseados. Como ven, se trata de cambiar la apariencia desaliñada del pobre burócrata cansado que acaba de quitarse la corbata, por la del hombre exitoso liberado de los yugos del vestir de oficinista. Inténtenlo, no siempre hay la oportunidad de ir sin corbata a la oficina y además demostrar que se tiene clase.
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