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¿Por qué?, porque estamos chaparros

Cecilia Soto
04-May-2009
La pregunta no sólo es pertinente sino contiene justificada inconformidad con el estado de cosas.



A partir de la diseminación de las estadísticas que comparan las cifras de la epidemia en México y otros países, en particular Estados Unidos, la pregunta persistente ha sido por qué pacientes infectados con el mismo virus de la influenza humana mueren más en nuestro país que allá, para ser exactos, 17 veces más aquí. La pregunta no sólo es pertinente sino contiene justificada inconformidad con el estado de cosas aquí y la aspiración a tener índices de salud comparables con los de países más avanzados.

Hace apenas dos semanas, el Fondo Monetario Internacional clasificó a la economía mexicana como la undécima a nivel mundial, pero la estadística que nos ocupa y, sobre todo, la realidad diaria de los mexicanos más pobres, en cuanto a salud, nutrición y cuidados del Estado para su bienestar, no se corresponde con la de una economía media de ingresos altos. De hecho, medido por criterios de eficiencia en su función, nuestro sistema de salud se clasificó 50 lugares abajo que nuestro PIB, por organismos responsables de esos estudios. Estas deficiencias están bien documentadas en el libro Macroeconomía y salud, invertir en salud para el desarrollo económico, resultado de los trabajos de la Comisión Mexicana sobre Macroeconomía en Salud y publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2006. Los trabajos de la Comisión nos pueden ayudar a responder la pregunta sobre por qué mueren más enfermos de esa influenza en México que en EU. Aquí va el esbozo de algunas respuestas.

Primero, porque hasta la llegada del Seguro Popular, más de 50% de la población no estaba protegida y sí sujeta a sacrificar alimentos por medicinas o viceversa o a incurrir en gastos catastróficos a causa de alguna enfermedad o accidente, que acentuaba la pobreza en que vivían. Los estudios independientes hechos hasta hoy, sobre el Seguro Popular, por ejemplo, en la prestigiada revista The Lancet, revelan que éste todavía no ha podido tener un impacto marcadamente positivo en la provisión de medicinas y acceso a servicios médicos entre la población que pretende cubrir.

Segundo, porque el gasto en salud en México es todavía más bajo que en otros países con menor desarrollo y está mal distribuido, geográficamente y en criterios de justicia social. Se gasta más entre los mejor asegurados y menos y mal con los más pobres de los pobres. A la fecha (2004) del estudio, México gastaba 6.3% de su PIB en el sector y la Organización Mundial de la Salud recomendaba elevarlo a 7.7% en 2015. En 2003, el promedio de gasto en salud en América Latina era de 6.5% del PIB y países como Brasil y Costa Rica gastaban un punto más del PIB que México. No son estadísticas frías: la traducción de esta pobre asignación de recursos son cifras de mortalidad infantil, mortalidad materna y peso y estatura lamentables.

Tercero, porque estamos chaparros. Investigaciones citadas en este libro, que recomiendo ampliamente, encuentran una relación clara a largo plazo entre salud y crecimiento económico. Destacan en particular los estudios de Robert Fogel, premio Nobel de Economía. Encuentra que más de un tercio del crecimiento económico de Inglaterra en los últimos 200 años se explica por las mejoras en la salud.

Uno de los indicadores de estas mejoras, que se consiguen en gran medida a través de la nutrición y, sobre todo, la nutrición y atención desde la primera infancia, es el aumento de estatura. Por ejemplo, Holanda incrementó ese promedio, de 1.64 a 1.81 metros, de 1860 a 2000. Otros, como Francia, España, Inglaterra y Noruega, experimentaron un patrón semejante. Y, más recientemente, Corea, que hace 30 años tenía aproximadamente el mismo nivel de desarrollo que México, aumentó su promedio de estatura de 1.66 a 1.80 metros de 1962 a 1995, al tiempo que, en ese mismo periodo, incrementó 78% los ingresos per cápita. El estudio cita que, aparentemente, por cada centímetro que aumenta el promedio nacional, se asocia 6% de ingreso per cápita. En México, al parecer apenas crecimos en promedio menos de un centímetro en los últimos años. Otro investigador, el mexicano David Mayer Foulkes, encuentra una correlación entre salud (medida indirectamente por la estatura) y desarrollo cognoscitivo. Es decir, que la inteligencia no está determinada sólo por la herencia genética, sino también debido al ambiente en que se desarrollan los individuos, la salud de los padres, la estatura de éstos y, muy especialmente, debido al nivel de educación de la madre. Estos hallazgos, con todo y lo dramático del retrato del presente mexicano, son también muy esperanzadoras, pues apuntan a que, con mejor nutrición, educación, salud, acceso a bienes públicos, como agua potable, aire limpio, información adecuada, etcétera, se podrá lograr que el bienestar y la inteligencia de los mexicanos mejoren. En resumen, se mueren más aquí porque tenemos que crecer tanto económicamente como en estatura, salud y educación.

ceciliasotog@gmail.com

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