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¿Incomprensión legítima o voluntariosa?
Francisco Javier Acuña
01-Jun-2008
SALE VENTANA
Francisco Javier Acuña
Suponer que tienen la razón los que defienden una causa genérica noble (la paz, la vida, la ecología, etcétera) es sólo eso, una suposición; no basta con abrazar un leitmotiv benéfico al universo: siempre, dentro de los adeptos a las buenas causas —abstractas—, hay diferencias de método y de opinión. Aunque parezca algo ya superado, la geometría ideológica de derechas e izquierdas sigue siendo un mecanismo para discriminar al contrario. Por eso resulta siempre grato recordar la sabia expresión poética de Ramón López Velarde para defender su libertad de moverse dentro del pensamiento de su época: “No porto insignias de masón ni de caballero de colón”.
Pero volviendo a los integrantes de una misma causa, las visiones opuestas reflejan mera ideología, es decir, se instalan en el artificio ideológico; si, por ejemplo, se lucha por la paz, la libertad, la sobrevivencia de la mariposa monarca o la capa de ozono, se comete el abuso de pensar que sólo son auténticos los que concretan esa misión desde un discurso de izquierda, porque se asegura que los de derecha no son sensibles a nada y mucho menos a lo sublime (imposible ver en ellos honradez desinteresada). Se equivocan.
De igual forma, si esas causas las asumen personas que se reconocen conservadoras frente a ciertos temas (etiquetados como preocupaciones o sentimientos propios de la derecha), son capaces de marginar la autenticidad o hasta negar el valor de las acciones en abono de la causa si las hicieron los liberales desatados (en el fondo, resentidos sociales). Se equivocan también.
Para que una causa sea trascendente (útil a la humanidad) ha de tener como objetivo colateral servir a la reconciliación de aquellos que la comparten pero que, con respecto a otros asuntos o temas, piensan muy diferente y eso se extiende a los gobiernos de los países con independencia de la línea ideológica del partido que postuló a quienes lo gobiernan.
Lo cierto es que la incomprensión legítima puede convertirse en una incomprensión voluntariosa en el trance de un altercado o relación complicada. El discurso maniqueísta ya causó ayer grandes fisuras entre el gobierno federal mexicano y el embajador estadunidense, quienes iban de la mano con eso de la Iniciativa Mérida. La polémica se abrió por un sarcasmo acusatorio: que en materia del narcotráfico, sólo un país pone los policías muertos (México) y el otro consiente —o es incapaz— de frenar el paso de las armas a cambio de la droga, armas con la que la superioridad de los capos atenaza a la policía mexicana. Por una frase irónica se pone en riesgo un proyecto de muchos millones de dólares para la causa “común”. La asimetría del problema común creció en vez de reducirse.
Otro caso: se juzgó como algo inusitado que el ombudsman nacional respondiera con energía a las declaraciones del representante del alto comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, en México, que lo acusa de haber presionado para que lo sustituyan, cuando la extrañeza del ombudsman nacional sobre la gestión del señor Incalcaterra —hasta donde se sabe— se debe a que no se consideran convenientes algunos proyectos que el representante de la ONU ha defendido con vehemencia, lo que lo ha hecho perder, incluso, su deber de prudencia diplomática.
El verdadero reto que todos y especialmente los defensores de derechos humanos tienen es el de tolerarse entre sí, para poder servir de freno a la injusticia y la opresión. Y, por cierto, sostener diferencias con la ONU siendo el ombudsman de un país, no es un sacrilegio; a veces resulta un signo de congruencia.
fjacuqa@hotmail.com
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