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Las cuentas alegres migratorias

Rafael Fernández de Castro
22-May-2008
Vicente Fox traía al emigrante en el corazón. Una y otra vez en campaña se refirió a ellos como “héroes” y la primera recepción en Los Pinos, a dos días de su llegada a la Presidencia, fue para los líderes de la comunidad mexicana en EU.



Rafael Fernández de Castro

La visión oficial sobre la emigración de mexicanos a Estados Unidos ha ido cambiando en el transcurrir de los años, aunque el común denominador ha sido una mirada simplista que enfatiza las ventajas de ella —como una gran válvula de escape al desempleo y a los bajos salarios y, por si fuera poco, que produce jugosas remesas—.

En la década de los treinta y los cuarenta prevaleció lo que podemos llamar como el modelo Gamio. Manuel Gamio, el extraordinario científico social mexicano que entrevistó a centenares de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, consideraba que la migración provocaba una sangría importante a México, pero ésta se compensaba por el elemento modernizador: nuestros emigrantes regresarían con una mente modernizadora que se traduciría en avances para nuestro país.

Después de la Segunda Guerra y hasta la década de los ochenta prevaleció una actitud de discreción y rechazo. Al finalizar los programas de braceros en 1964, México y Estados Unidos entraron en una especie de acuerdo tácito. EU mantenía la puerta entreabierta para la inmigración mexicana, mientras que México se dedicaba a “velar” por los derechos humanos y laborales de los mexicanos en ese país. La puerta entreabierta consistió en que hasta 1986 hubo un vacío legal en Estados Unidos en torno a la inmigración. Era un delito menor haber entrado a ese país, sin documentos, pero no era ilegal trabajar. En 1986, el Acta para la Reforma y el Control de la Inmigración (conocida por sus siglas en inglés, IRCA) cerró la laguna legal al ser la primera ley federal en la historia de Estados Unidos que aplica una sanción a quienes emplearan a trabajadores indocumentados. Por su parte, los gobiernos mexicanos se dedicaron a crear una importante red consular para ayudar a los connacionales en ese país, preocupados por atender la raíz del fenómeno migratorio, el desempleo y los bajos salarios. Para el gobierno, la migración de mexicanos se explicaba por razones estructurales ancladas en el mercado de trabajo de cada nación, de allí que fuera poco lo que ellos podían hacer. A esa actitud gubernamental es lo que el estudioso de la migración Manuel García y Griego bautizó como la “política de no tener política”. Evidentemente, México y Estados Unidos prefirieron ser discretos en cuanto a su acuerdo tácito.

Pero además de esta discreción que se traducía en no hablar del tema migratorio, había una buena dosis de rechazo nacional al emigrante y a sus búsquedas de identidad en Estados Unidos. Ni los pachucos y, eventualmente, los chicanos, tuvieron una buena aceptación en México. ¡Esos ya no son mexicanos, ya se fueron!

En los años 90 y posteriormente, en el sexenio de Vicente Fox, nos hicimos cuentas alegres de la emigración a Estados Unidos. Al inicio de esa década, Carlos Salinas no quiso ni tocar el tema de la migración con Estados Unidos. Por un lado, lo veía como algo que podría enturbiar el ambiente bilateral para alcanzar el TLCAN y, por otro, lo deseable era que la migración continuara siendo una válvula de escape. Por eso le preocupó enormemente, al final de su gobierno, la Propuesta 187, en California, que pretendía negar los servicios de salud y educación a los inmigrantes indocumentados.

A Ernesto Zedillo le tocó enfrentar las consecuencias inesperadas de las medidas unilaterales impuestas por el gobierno de Bill Clinton, para obstaculizar el paso de indocumentados por la frontera. Los muros de metal que se construyeron entre Tijuana y San Diego, las operaciones policiacas y el incremento sin precedentes de la Patrulla Fronteriza.

Vicente Fox traía al emigrante en el corazón. Una y otra vez en campaña se refirió a ellos como “héroes” y la primera recepción en Los Pinos, a dos días de su llegada a la Presidencia, fue para los líderes de la comunidad mexicana en EU. Intentó pasar a la historia logrando un acuerdo integral migratorio con el país vecino, pero una vez que se diluyó en los escombros de las Torres Gemelas de Nueva York, se dedicó a hacer cuentas alegres sobre la migración. En Zacatecas, en 2005, declaró: “La verdad es que nuestros queridos paisanos hacen grande la economía de Estados Unidos, y la de México también, con sus transferencias”.

Felipe Calderón no quiere hablar de remesas y ha insistido en que él no es un Presidente que se contenta con ver partir a los mexicanos a buscar mejores condiciones de vida. Pero tendría que insistir, no sólo en la aportación que realizan los mexicanos en EU, sino también en los costos de la emigración.

Dicho de otra manera, es hora de revisar a fondo las cuentas alegres sobre ese fenómeno. Será necesario constatar que, además de entradas, hay muchas salidas. Entre los mayores costos de la migración está la fuga de cerebros. No hay un cálculo confiable, pero el especialista Agustín Escobar considera que aproximadamente 40% de mexicanos con doctorado concluido labora en Estados Unidos. Sobra decir que a los emigrantes, esos 12 o 13 millones de mexicanos que viven en el vecino país, les sobran incentivos para salir adelante y son por definición arriesgados. Finalmente, habrá que empezar a entender a cabalidad el costo social en las comunidades emisoras de migrantes.

La migración no sólo suma. También resta.

rfcastro@itam.mx

Es hora de revisar a fondo las cuentas alegres sobre la emigración. Habrá que constatar que, además de entradas, hay muchas salidas. Entre los mayores costos de la migración está la fuga de cerebros.

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