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Mi Hermes
Marcelino Perelló
22-Abr-2008
¿Qué tan propietario es un propietario? He ahí una cuestión delicada. Tanto más delicada cuanto no lo parece. Las grandes trampas para la razón, al contrario de lo que suele creerse, no se encuentran en aquello que aparece complejo e intrincado, sino precisamente en lo que se presenta como obvio y evidente. Por eso mismo, precisamente.
Tal enigma se plantea en todos los dominios de la actividad y el pensamiento humanos. Desde el filosófico y el religioso, hasta el legal o el amoroso. Y muy particularmente, en el plano de la economía.
Ya he dicho hasta la saciedad que la economía no es, en sentido estricto, una ciencia. Hay quienes la llaman una “ciencia blanda”, en cotraposición a la física, la biología o la química, que serían “duras”. Porque la economía, como la sociología o la historia, no tratan con objetos, sino con sujetos, y en esa calidad son disciplinas subjetivas. Los sujetos mienten y hacen cosas raras. Los ácidos, las células o los planetas no mienten nunca. A lo mejor no entendemos cómo se portan. Pero ahí la “rareza”, lo incomprensible, estará en quienes los estudian, no en ellos. Las “ciencias humanas” y las “sociales” no existen.
Pero eso no quiere decir, de ninguna manera, que sean ramas del conocimiento más sencillas que las ciencias propiamente dichas. Al revés. Precisamente por la imprevisibildad del sujeto, individual o social, son diabólicamente complejas y profundas. Probablemente más intrincadas que las duras. Y en ellas se han dado verdaderas filigranas, sutiles y brillantes, del estudio sistemático de la realidad.
Así pues, para la economía el de propiedad es un concepto básico y problemático. Un nudo gordiano. No es tan aprehensible como uno podría pensar o más bien como uno podría no pensar. Esto es mío, esto tuyo y esto suyo. Y ya. Pero, ¿quién es realmente propietario de qué y qué tanto? ¿Qué quiere decir?
Recuerdo que, de niño, los Reyes Magos me trajeron una máquina de escribir. Debía tener yo nueve o diez años. Me quedé un poco desconcertado al abrir el paquete, sentado bajo el abeto que vivía sus últimas horas. Mi papá me convenció de que era un regalo espléndido, que los Reyes ya me consideraban un hombre, que podría yo hacer muchas cosas con ella y me empezó a enseñar a usarla. Quedé yo entusiasmado.
No fue sino días después cuando me cayó el veinte de que la vieja máquina de mi papá ya estaba para el arrastre. Jalaba mal la cinta y hasta le faltaba alguna tecla. Mi papá, una vez que estaba yo totalmente grillado, me pidió con ternura y voz melosa si se la prestaría de vez en cuando. ¡Por supuesto, cada vez que quieras!, le respondí, llevado aún por el arrebato de exaltación.
A partir de entonces el flamante artilugio quedó definitivamente instalado en el escritorio de mi papá. Yo, a veces jugueteaba un rato con ella cuando llegaba de la escuela, y antes que él regresara de la chamba, pero, la neta, me aburría un poco. Me sentía muy contento y me envanecía, sin embargo, de que aquella máquina que mi papá usaba, era, de hecho, mía.
Es la segunda vez consecutiva que evoco a ese hombre singular y extraordinario que fue mi padre. Por alguna razón, debo tenerlo más presente que de costumbre.
El caso es que, un buen día, tiempo después, vi, en alguna revista, el anuncio de mi máquina: “Hermes: La portátil más ligera del mundo. Sólo pesa tres kilos y medio”. Orgulloso, decidí constatarlo. Me la llevé a la cocina para pesarla sobre la báscula que tenía mi mamá encima del refrigerador, y que no usaba prácticamente nunca. Mientras estaba yo concentrado poniendo y quitando pesas y moviendo el cursor, el plato cóncavo de la vieja balanza resbaló y cayó estrepitosamente al suelo, llevándose con él la pobre máquina. Chico marranazo.
Los dos carretes salieron disparados hacia arriba, formando las antenas larguísimas y rojinegras de una especie rarísima de insecto. Uno como alebrije móvil. Fuegos de artificio. El artefacto quedó todo abollado, sus teclas encimadas unas con otras y completamente trabadas. Primero alucinado, e inmediatamente después aterrorizado, traté de enderezarlas. Inútil. Era irremediable. Puse como pude la cinta en su lugar y dejé lo que quedaba de máquina sobre el escritorio, como sí ahí no hubiera pasado nada. Ahora sólo quedaba esperar. Espera insoportable.
Entre que mi papá franqueó la puerta y los primeros gritos no deben haber pasado más de dos minutos. Y unos dos segundos para que se dirigiera amenazante hacia mí. Quién sabe por qué, me ha de haber considerado el primer sospechoso. No había para dónde hacerse. Reconocí ser el autor intelectual y material del desaguisado, y no encontré otra versión mejor que la verdadera. Tal vez porque no supo qué hacer ni decir, tal vez conmovido por mi llanto o por la certeza súbita de que su hijo era un idiota, mi papá me dejó en paz.
En un momento dado, no obstante, saqué fuerzas de flaqueza y tuve el valor civil de proclamar, entre sollozos: “¡Total!, ¿qué? ¡Esa máquina es mía y puedo hacer lo que yo quiera con ella! ¡Ni siquiera me la compraste tú. Me la trajeron los Reyes!” “¡Deja de decir estupideces!”, tronó. Después de un momento, sin embargo, reflexionó y reaccionó. Debió admitir que desde un punto de vista estrictamente formal y jurídico, tenía yo razón. Bajando una octava y varios decibeles, replicó: “Pues por muy tuya que sea, debes aprender a cuidar los objetos”. Y ahí quedó la cosa. Nunca supe si mi Hermes era en efecto la más liviana del mundo.
Los ejemplos de propiedad difusa y discutible son múltiples y diversos. Mi gran amigo Iván Martínez es el fundador y propietario de la muy notable casa de ediciones Verdehalago. Tan notable que no es un negocio. Hace algunos meses, no pudiendo sostenerla, tuvo que rematar una parte de su magnífico acervo. Le quedaron, sin embargo, unos diez mil ejemplares, con un peso de unas tres toneladas. Y no tenía el dinero suficiente para pagar el almacenamiento. Poseer ese auténtico tesoro de Alí Babá lo estaba arruinando. Tuvo que deshacerse de él y malbaratarlo, vendiéndolo prácticamente por tonelaje. Al renunciar a su propiedad, a cambio de unos pesos, Iván se quitó un peso de encima.
Cuánta gente no anda por ahí, hablando tranquilamente de “mi mujer”, de “mi esposo” o de “mis hijos”, sin medir el alcance, en más de un plano, de sus palabras. Y cuántos taxistas no van por el mundo presumiendo de que el coche ya es suyo. Sin comprender que, en realidad, ellos son del coche. “¿Pertenece todo esto a nosotros o pertenecemos nosotros a todo esto?”
En fin, se trata, como usted percibe perfectamente, sutil lector, de un tema peliagudo, con muchos filos y aristas, y que debe ser discutido fuera de los márgenes estrechos de esta columna. Ahi se lo dejo. Y me dejo a mí mismo el propósito de hablar sobre propiedad pública y privada en la próxima entrega.
¡Ah!, se me olvidaba: Por si no se había dado usted cuenta, de nuevo, este es un artículo sobre la reforma energética.
bruixa@prodigy.net.mx
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