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Myanmar, ¿qué pasa ahí?

Claudio Lomnitz
08-Oct-2007



Hay sucesos que parecen demasiado remotos: ¿Cuántos mexicanos se sienten tocados por lo que ocurre en el Sudán? ¿Nos importa lo que ocurre en Australia? Estamos acostumbrados a seguir acontecimientos sólo en los lugares con los que tenemos relaciones más intensas: Estados Unidos y Europa, América Latina y, en alguna medida, Japón y China.

Pero esta actitud no se corresponde con la realidad contemporánea y hay que cambiarla. ¿Por qué?

Hoy, por primera vez, vivimos en un mundo en que somos todos contemporáneos. ¿Cómo? ¿Por qué? Hasta hace poco las naciones creían que vivían en su propio tiempo. Cada nación se entendía como el producto de su propia historia, el fruto de una cultura común y de las luchas de sus pueblos. Esta idea pervive, por ejemplo, en el provincianismo deplorable de nuestros partidos políticos. En ese encuadre, la relación entre países se figura a través de imágenes como la del progreso: unos serían más “desarrollados” que otros, por lo que unos serían el futuro (o el pasado) de otros. Por eso se decía que México estaba como Estados Unidos en el siglo XIX o que Bolivia como Perú hace 25 años.

Pero hoy ya nada de eso funciona. La intercomunicación que llamamos globalización —el internet, las migraciones, el movimiento de capitales y de productos— aumenta la sensibilidad entre lugares aparentemente inconexos. La crisis financiera de Tailandia afectó las bolsas de Sao Paulo y México; la caída del mercado de bienes raíces de Estados Unidos hizo tambalear a bancos en Japón y Nueva Zelanda. Más allá de aquello, por el lado ambiental, el ritmo acelerado en que se está derritiendo el Polo Norte afectará por igual a todas las ciudades costeras del mundo, independientemente de la historia patria de cada una y de si una es “desarrollada” y la otra está “atrasada”. Hoy todas son radicalmente contemporáneas.

Además, la relación entre el desarrollo acelerado fomentado por la globalización y la crisis ambiental da pie para un nuevo entramado de relaciones internacionales. Lo que parece a primera vista como signo de tradición —los monjes en la calle en Myanmar o las tribus paganas en Darfur— es parte de esa nueva relación. El genocidio en Sudán ha sido posible por la indiferencia de China, que compra petróleo sudanés.

Como regla general, hoy debemos de estar atentos a cualquier proceso político preocupante, porque en general nos atañe directamente. Veamos el caso de Myanmar.

A primera vista, no hay situación más remota que la de Myanmar (antes Birmania). Los millares de monjes budistas, con sus togas rojas, manifestándose por la democracia ante la brutalidad de una junta militar, podrían sugerir precisamente que vivimos en otros tiempos que ellos. La decisión del gobierno de cerrar el país a la internet confirmaría la imagen de Myanmar como un país tradicional, cerrado a la globalización y al progreso, que está tal vez un siglo atrás de sus vecinos y de México.

Y, sin embargo, no es así. ¿Qué es Myanmar? Brevemente: Birmania fue conquistada por los ingleses en 1824 y administrada como una provincia de la India hasta 1937, cuando se volvió una colonia autoadministrada. Consiguió su independencia en 1948. En 1962, el general Ne Win lideró un golpe de Estado y gobernó hasta fines de los años ochenta. En 1990 hubo elecciones legislativas, que ganó la Liga Nacional por la Democracia; sin embargo, los militares se negaron a dejar el poder y la lideresa de la Liga, Aung San Suu Kyi, quedó (y continúa) bajo arresto domiciliario. Desde entonces, los militares no han abandonado el mando.

Myanmar tiene 47 millones de habitantes. Su economía quedó marcada por “el camino birmano al socialismo”, estrategia predominante hasta los años noventa, cuando se dio un conato de liberalización. Como sea, los militares manejan buena parte de los negocios de la república. El ejército de Myanmar es de los más poderosos del sureste asiático, con 400 mil soldados que llevan medio siglo luchando contra insurgencias étnicas.

Lo interesante es que, como en el caso del Sudán, la economía de Myanmar se divide entre una agricultura de subsistencia e industrias extractivas de exportación: gas natural, petróleo, minería, piedras preciosas, maderas preciosas y también opio (es el segundo productor mundial).

Esta combinación —agricultura de autosubsistencia y materias primas altamente lucrativas— es la receta perfecta para la dictadura: los vecinos de Myanmar se han visto tímidos para presionar a los militares. La India casi no los molesta porque quiere el apoyo de la junta en su lucha contra guerrillas étnicas en Asam; otro vecino, China, tiene interés en sus recursos naturales; Tailandia, por su parte, les compra gas natural.

La imagen de una dictadura que se eleva en contra de un pueblo, representado por monjes y estudiantes, con la relativa indiferencia de los gobiernos que compran materias primas y venden armas, es una de las permutaciones más recurrentes de nuestro mundo contemporáneo. El conflicto de Myanmar —con sus imágenes de aislamiento, atraso y tradicionalismo— es uno muy nuestro.

claudio.lomnitz@gmail.com

Claudio Lomnitz

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