La regla D’Hondt
Marcelino Perelló
17-Nov-2009
Más de uno afirma que los plurinominales son deshonestos, oportunistas y transas encaramados, que sólo obedecen las consignas de los mandamás de su banda o de su partido.
En mi entrega de la semana pasada escribí de la pertinencia de suprimir la figura del diputado —o del senador— por mayoría y hacer de todos los legisladores plurinominales. Un número considerable de los comentarios de los lectores, en la página de internet donde apareció el texto, resulta desconcertante.
Más de uno afirma que los plurinominales son deshonestos, oportunistas y transas encaramados, que sólo obedecen las consignas de los mandamás de su banda o de su partido, en el mejor de los casos. La cosa tiene su chiste. Es como si los diputados de mayoría, esos sí, anduvieran con un lirio en la mano, fueran castos como una doncella impúber e incorruptibles. Como si ellos no obedecieran las órdenes de nadie y se debieran exclusivamente a sus electores. Curiosa concepción.
Pero, además, la cuestión en la que me adentré es meramente técnica, no ética y de ninguna manera tiene que ver con la honradez o las tracalerías de los electos. Se refiere exclusivamente a los mecanismos electoral y de representación idóneos, de manera que la composición de las cámaras refleje de la manera más exacta posible la división de opiniones de los votantes y el peso específico de cada una de ellas.
Ya puse en evidencia, al menos para quien quiso leerlo bien y entenderlo, que tal equilibrio no se puede lograr a través de los electos por mayoría relativa. Que tal sistema puede dar lugar a verdaderas enormidades. Enormidad como la que rige actualmente y según la cual los candidatos a presidente perdedores quedan en la inopia, fuera de cualquier cargo de representación. Es evidente que Andrés Manuel López Obrador, por el que se pronunció 49% de los sufragistas, debería tener voz parlamentaria. Digo.
Afirmé que la adopción de la figura plurinominal durante el sexenio de José López Portillo y de su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, pretendió aliviar esa anomalía de representatividad, pero mantuvieron en paralelo los diputados de mayoría y generaron un desgarriate sin nombre, con sus restos mayores y menores, que ningún ciudadano ilustrado podrá nunca desentrañar. El número de diputados de cada partido es un misterio al que debe uno simplemente someterse.
Existen procedimientos mucho más simples, modernos y exactos, que permiten a cualquier interesado establecer el número de curules que corresponden a cada partido.
Uno de ellos, por el que yo me inclino, debido a su sencillez y precisión, es la regla D’Hondt, creada hace ya un siglo por un matemático belga homónimo, y que está vigente en al menos una veintena de países.
El problema reside, ya lo sabe usted, riguroso lector, en que los diputados no se pueden partir. Es una lástima, pero no se puede. En cambio, los porcentajes de votación sí admiten decimales. La cuestión es, entonces, cómo pasar de estos últimos a los primeros de la manera más justa y razonable posible.
Suponga que hay tres curules en juego y un partido obtiene 50% de los votos. ¿Cuántas le corresponden? He ahí la dificultad. Dificultad que D’Hondt resuelve de manera elegante y correcta.
El formato de la sección Editorial no admite tablas, de manera que deberé explicárselo sin esa herramienta fundamental. Creo que la mejor manera de hacerlo es mediante un ejemplo. Si quiere seguir y entender el método a carta cabal, usted sí dibuje una tabla. Cada renglón corresponde a uno de los partidos en liza, y es preciso hacer una tabla para cada sección electoral, que yo creo que deberían ser los estados de la República.
Hagámoslo con sólo cuatro partidos en Oaxaca: RIP, NAP, DRP y el Rosa; y digamos que hay doce curules en juego. Nuestra tabla tendrá, pues, cuatro renglones, uno para cada partido; y el número de columnas necesario. La primera columna será el total de votos obtenido por cada formación; la segunda, la mitad de ese total; la tercera, la tercera parte del total; la cuarta, la cuarta parte, y así hasta donde sea necesario.
Digamos que hay un millón 200 mil votos emitidos. El RIP obtiene 430 mil, el NAP 210 mil, el DRP 380 mil y, el Rosa, 180 mil. Vamos a dividir las cifras por mil, para ahorrar el espacio de los ceros. En la primera fila pongamos el DRP (puede ser cualquiera) y cada una de sus columnas quedará así: en la primera 380, en la segunda 190 (la mitad), en la tercera 126, (la tercera parte aproximada; si dos cifras se acercan demasiado, habrá que incluir decimales), en la cuarta 95, en la quinta 76, etcétera.
La segunda línea que sea del Rosa y quedará así: 180, 90, 60, 45, 36, etcétera. La tercera, del RIP: 430, 215, 143, 107, 86, etcétera. Finalmente, la cuarta línea, del NAP: 210, 105, 70, 52, 42, etcétera.
Lo que sigue no puede ser más sencillo. Puesto que deben repartirse doce curules, basta escoger las doce cifras mayores de toda la tabla, que en este caso son, del DRP, la primera columna, la segunda, la tercera y la cuarta; del Rosa, la primera y la segunda; del RIP, las primeras cuatro y, del NAP, las dos primeras. Así, la distribución de curules queda como sigue: el DRP 4, el Rosa 2, el RIP 4 y el NAP 2.
Si me hizo usted caso y dibujó la tabla, lo verá todo mucho más claro. Aunque quien debe verlo claro en primer lugar son nuestros altos funcionarios y los legisladores y, en particular, mi buen amigo Leonardo Valdés Zurita.


