Haitianas (I)
Marcelino Perelló
09-Feb-2010
Frente al devastador sismo, la misma disposición oportunista y neurótica vuelve a salir a flote.
El reciente temblor de tierra que asoló la costa occidental de Haití levantó la liebre sobre tres o cuatro cuestiones, entre muchas otras, cuya importancia y significación rebasan con mucho las costas y fronteras de la torturada nación antillana. Una de ellas es la manera en que el terremoto nos permitió desahogar a nuestras anchas el arrebato de tirria y menosprecio que todos llevamos contenido. ¿No ha experimentado usted nunca, autocrítico lector, ese enojo, no por incomprensible menos intenso, y que anda buscando sobre quién depositarse? “Ojalá la pinche Micaela no haya planchado los pijamas para poder echarle la bronca”. En esos casos Micaela acostumbra haberlos planchado todos de manera impecable. Habrá que buscar otra cosa, mientras el mal humor se confunde y agudiza, o se libera en la patada furiosa que lanzamos al gato más cercano, ante la sorpresa asustada de la Mica.
Eso fue lo que aconteció con los pobres haitianos a los que, de golpe y porrazo, se les atribuyeron los peores vicios y defectos que puede padecer un ser humano. No sólo se vieron víctimas de una catástrofe natural con escasos precedentes, sino que además tienen que sufrir la hostilidad despreciativa de tirios y troyanos. Así los habitantes del occidente de Quisqueya son los más sucios, tramposos, egoístas, estúpidos, pobres y feos de cuantos seres humanos pueblan la Tierra. No fue la abusivez del Chunko la que inaugura tan humanista y enaltecedora actitud, ni mucho menos, sino la abusivez del mismísimo Presidente de la República. En efecto, cuando se iniciaban en nuestro país, a mediados del año pasado, las dos funestas epidemias, la de la gripe A y la de la histeria A que la primera generó, varios países suspendieron sus vuelos hacia y desde México.
En una conducta tan inapropiada como estólida, las autoridades mexicanas consideraron que las precauciones sanitarias de esos países constituían una agresión a México. Entre ellos se encontraba Haití. Y el ínclito señor Calderón Hinojosa, que por lo visto tiene en muy baja estima su investidura, como si nada, se permitió declarar de los haitianos, algo así de que cómo se permitían esos despreciables muertos de hambre cancelar la comunicación aérea con nuestro país. Que qué se habían creído. No es una cita textual pero ese era el tenor, con bastante exactitud. Con los argentinos fue más cuidadoso. No, pos sí.
Fueron ellas, las autoridades mexicanas, las que, con sus medidas desmedidas, con su paranoia demagógica, crearon esa histeria que pronto, con la ayuda invaluable de la OMS, se volvió mundial. Cerraron bares y restaurantes, obligaron a las parejas a sentarse en el cine separadas por una butaca, suspendieron las clases en estados en los que no se había presentado un solo caso de gripe A y enmascararon a los habitantes, convirtiéndolos en cirujanos sin quirófano. Y luego resultó que fueron esas mismas autoridades las que se escandalizaron de que se suprimieran vuelos. No te digo.
Los amigos del extranjero me hablaban angustiados, después de ver en su respectiva televisión las imágenes apocalípticas, de ciencia ficción. Las colas interminables de cuatreros embozados, no frente a los bancos, sino a las clínicas, de cuyos rostros sólo se veían los ojitos asustados. Ahora, meses después, ya quedó claro que la temida gripe nueva fue más bien inocua y que mató menos gente que la que acostumbra matar la común, la llamada estacional. Algunos lo tuvieron claro desde entonces.
Frente al devastador sismo caribeño la misma disposición oportunista y neurótica vuelve a salir a flote. Esta vez expresada por su contrario, su negativo. Expresada por el desdén hacia quienes sufrieron, no una calamidad ficticia y fabricada, sino una real y tremebunda. Las expresiones burlonas de Ariel Gómez León tienen el atenuante del humor. El chiste cruel, el humor negro, tienen un lugar bien ganado en la panoplia del humorismo universal, y los mexicanos somos unos maestros en su práctica. No sé si las de Gómez León eran bromas auténticas o no, pero en cualquier caso, la reacción mojigata, vergonzante e hipócrita del PRD, a cuya bancada pertenecía el diputado parlanchín, está fuera de lugar y es absolutamente ridícula. Ellos, los que, muy acá, defienden el derecho al aborto y a los matrimonios homosexuales, ahora resulta que se escandalizan por tres o cuatro expresiones chuscas de mal gusto.
Las que no tienen atenuante alguno, y constituyen una auténtica agresión verbal en contra del pueblo haitiano, son las declaraciones del socorrista de la Cruz Roja Mexicana, Miguel Cevallos, y que Excélsior del 18 de enero publica. Quiero transcribir de manera textual el final de la nota: “Cevallos, quien volvió a México la madrugada del lunes, añadió que la gente no está ayudándose entre sí. Recordemos que en el sismo del 85 en México, la gente se convirtió en rescatistas, sacaba a sus vecinos. (En Haití) La gente no regresa a ayudar a los demás. Lamentó también, haber presenciado escenas como la de un padre desprendiéndose del cuerpo de su hijo para dejarlo en una cima de ocho o nueve cuerpos y darse la media vuelta”. No tienen madre, es decir no tienen pierde. No los haitianos, sino las expresiones del brigadista mexicano. Pase usted por alto la “cima de cuerpos”. Peccata minuta. Pero lo de nosotros sí somos chidos, la buenísima onda, no como esos güeyes, no tiene perdón de Dios. Como tampoco lo tiene esa generalización, ora sí que abusiva, en ese “escenas como”. Yo le preguntaría al buen Cevallos cómo supo que el cuerpo era el del hijo de aquel hombre. ¿Se lo dijo él, lo proclamó así? ¿Un tercero solícito se lo informó? ¿Se lo preguntó? ¿En qué lengua? ¿Se parecían mucho y no había lugar a dudas?
¿O no será, señor Cevallos, que no vio usted nada de eso, pero que queda bien como pincelada dramática, nota de color, que facilita la publicación de su testimonio? Aunque tal pincelada se inscriba en el linchamiento moral de los desdichados haitianos, en esa insólita, terrible, perversa e inaceptable réplica del movimiento telúrico.
*Matemático


