La vida del polémico general, padre del escritor Alfonso Reyes, es desmitificado en la biografía escrita por Artemio Benavides
Joven juarista que a los 15 años de edad ya estaba luchando contra los franceses, la vida le jugó rudo al general Bernardo Reyes (1850-1913), quien de flamante gobernador de Nuevo León y promotor de la exitosa industrialización de Monterrey se convirtió en conspirador contra Madero y terminó sus días en la sangrienta Decena Trágica, cuya sublevación organizó.
“Me ocupé de la vida de un perdedor con perfil de héroe, que se opuso al apóstol de la democracia y siempre se inclinó ante la voluntad de Porfirio Díaz, lo que acabó desterrándolo del panteón liberal”, afirma Artemio Benavides.
El investigador regiomontano, que dedicó cinco años de su vida a escribir la biografía Bernardo Reyes. Un liberal porfirista (Tusquets) explica en entrevista que este volumen no es una loa ni una condena al padre del famoso escritor regio Alfonso Reyes, sino que trató de ofrecer una investigación equilibrada que muestra tanto sus mayores logros como sus aristas más oscuras: su fidelidad a las políticas porfiristas, su autoritarismo como gobernador y su censura de la prensa.
El también ministro de Guerra de Díaz es para la mayoría, agrega, simple y llanamente un villano, “el hombre que se opuso a la Revolución mexicana y conspiró contra Madero”; pero la idea es desmitificar esta imagen y que los lectores conozcan a una de las figuras más polémicas de la historia nacional.
El actual director del Archivo General de Nuevo León destaca la labor de “apaciguador” de Bernardo Reyes, quien cobró fama de eficiente al poner el orden en las ciudades y regiones que se empezaban a sublevar a principios del siglo XX. “Era poner orden en las conciencias, en los caminos, a los levantamientos constantes en los estados en rebeldía, como Chihuahua, Sinaloa y San Luis Potosí”.
Añade que Díaz pensaba en él como su sucesor, por el temple de su carácter; pero al ser ministro de Guerra entró en conflicto con los Científicos. “Él descubrió que el Ejército porfirista era un desastre, que sus armas estaban inservibles y los jefes eran viejos. Pidió presupuesto, pero no lo autorizaron y comprendió que no tenía nada qué hacer ahí”.
El autor de México y la democracia: una alternativa razonable (1985) aclara que es digno de mención que él formó la segunda reserva del Ejército a escala nacional que recibiría instrucción por toda la República, lo que le haría merecedor de muchas simpatías; pero esto no se logró.
“Él era un ciudadano nuevo formado en las logias masónicas, que no eran esas cosas misteriosas o cabalísticas, sino escuelas que formaban nuevos ciudadanos. Cuando regresó de su exilio ya no conocía al país. Resultó una mala decisión organizar la sublevación de la Decena Trágica, en la que muere al principio frente a la Catedral Metropolitana un 9 de octubre de 1913”.





