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30-Junio-2008

Arturo Azuela: El profesor con orgullo

Virginia Bautista

El escritor y periodista hace un balance de su "interdisciplinariedad" de cara a los 70 años que hoy cumple y que le celebraron en Bellas Artes

“He sido muy solitario, independiente, a veces medio clandestino. He defendido mucho mi intimidad. Tengo muy buenos amigos. No pertenezco a ningún grupo. Es una forma de ser que se trae en las venas”, reconoce el novelista y catedrático Arturo Azuela de cara a sus 70 años, que cumple hoy.

“La vida te va ubicando en el mejor lugar y hay que saber aguantar los golpes. Pero si hay verdadera vocación, uno sigue en el mundo maravilloso del manejo de la palabra, porque es un destino”, agrega el ensayista y periodista que recibió ayer un homenaje en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

El nieto del famoso escritor y revolucionario Mariano Azuela, autor de la célebre Los de abajo, confiesa en entrevista que en todo creador “hay un complejo tremendo, medio loco, de pasar a la posteridad; pero yo juego con eso, que no es lo importante, sino escribir unas cuantas palabras verdaderas”.

Rodeado de los 10 mil libros que integran la biblioteca de su casa en la colonia Florida, donde vive desde hace 30 años, el actual presidente del Seminario de Cultura Mexicana se define como “un auténtico espíritu interdisciplinario”, pues es desde hace medio siglo profesor de matemáticas, ciencia, literatura, historia y filosofía.

“Me decían loco cuando era jovencito. Ahora se le llama de otra manera, interdisciplinariedad. Siempre fui muy disperso: quise ser violinista, ingeniero, periodista, matemático, historiador, filósofo. Empecé con la ingeniería y la música, pero no fueron mis mundos”, cuenta quien vivió su infancia en la colonia Santa María la Ribera.

El autor de El tamaño del infierno, su primera novela, publicada en 1974, y La casa de las mil vírgenes aclara que antes del periodismo y la literatura fue la docencia. “Mi vida ha tenido fundamentalmente dos vertebraciones: la enseñanza y la literatura. Me he alimentado de una para enriquecer a la otra. La docencia ha sido válvula de escape, empezar de cero y conocer”.

De hecho, más que sus 70, el académico de la lengua festeja los 50 años que ha dedicado, desde abril de 1958, a dar clases en secundaria, preparatoria y doctorado.

“Ser profesor, eso sí es orgullo para mí. Lo otro es mérito del cuerpo, si es sabio llega uno a los 70, a los 80, pero si no, no. Cuando empecé a enseñar matemáticas en la Facultad de Ciencias de la UNAM recuerdo que fue mi tabla de salvación, mi primera vocación firme, sólida”.

El autor de Un tal José Salomé, Manifestación de silencios y El don de la palabra comparte que tiene tres puntos de apoyo para sus labores de catedrático. “Son muy elementales aparentemente, pero desde entonces me han guiado: el buen alumno debe atender, entender y retener. Si logra que los jóvenes se apoyen en estos tres verbos y los desarrollen bien, serán un éxito como estudiantes”.

El Premio Xavier Villaurrutia recuerda que su descubrimiento de la palabra escrita fue sensacional. “Tenía 30 años cuando conocí a Edmundo Valadés, entonces director editorial de Novedades. Ahí empecé a hacer mis pinitos periodísticos hace ya 42 años. Aprendí a dialogar con las teclas de la máquina. El periodismo me hizo darme cuenta de que tenía facilidad para la literatura. Pero me costó, me costó”.

Azuela se dice satisfecho de haber dado vida tanto a novelas clásicas como de vanguardia. “He jugado a romper el tiempo, el espacio, historias en las que los protagonistas se desdoblan, hay espectros en un sólo personaje. Son de vanguardia desde el punto de vista de la técnica narrativa y de la introspección de los personajes”, añade el autor de El matemático.

Azuela detalla que siempre ha luchado por integrar en todo lo que hace los tres grandes lenguajes que han definido su vida: la música, la literatura y las matemáticas. “No los puedo separar porque forman parte de mi esencia”.

El narrador marcado por “la parte erótica y edonista” de la obra de su abuelo, cuyo retrato humano rescata en Prisma de Mariano Azuela, una figura que le resulta “cada vez más compleja”, admite que tiene algunos libros pendientes.

“Le debo una novela a la avenida Insurgentes, cerca de la cual he vivido siempre; quiero hacer una aproximación a la vida de Juan Rulfo, quien fue mi amigo durante 25 años; dar mi visión del exilio español como mexicano; terminar la Historia de un pasaporte, en el que narro la vida de una periodista; y una obra ‘muy ambiciosa’ sobre el pintor Goya. Me conformo con terminar esos libros para poder decirle a la vida ‘estamos pero de poca madre’”, concluye.

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