Una madre es una madre, eso que ni qué. La abnegada, la que da la vida por nosotros, la que se desvela cuando estamos enfermos. La que nos guía por el buen camino y nos enseña a ser hombres de provecho
Una madre es una madre, eso que ni qué. La abnegada, la que da la vida por nosotros, la que se desvela cuando estamos enfermos. La que nos guía por el buen camino y nos enseña a ser hombres de provecho. Pero la mía… ¡aya yay!
La jefa se rifa en el barrio. Tan ruda como cualquiera. Se sabe la peor de las malas palabras y hasta escupe más lejos que cualquiera de los haraganes que se atreve a retarla.
A mí me enseñó a fumar muy temprano. Un día me cachó en mis años de primaria con una colilla en la trompa y que me jala a la cocina.
Sacó una cajetilla sin filtro y me dijo: “¡che chamaco, o´ra se fuma todo el paquete pa ver si es muy machito!”
También aprendí a tomar cerveza entre partido y partido.
Doña Borolas –así le dicen en la colonia- es ‘guajolota de corazón’, de ésas que le van al América sin morir en el intento. Si hasta le rompió el hociquito a su comadre, nomás porque se burló de sus cadáveres amarillos.
Nunca la he visto llorar. El día en que mi papá fue por cigarrillos y no regresó, la jefa se puso a cortar cebollas y a recitar ajos. Que le ardían los ‘oclayos’ y que no eran lágrimas lo que se limpiaba con el delantal.
Pero ya ni se acuerda de “ese fulano”, como ella dice. Ella se rifa como la mejor para vender fayuca, organizar la bola para los plantones en el Zócalo y hasta para sacar a cualquiera de los chavos que visitan la delegación.
Yo sé que nos quiere a su manera. No le da coraje vernos pelear en el barrio, sino que nos agarren de sus puerquitos. Es tan jija la jefecita, pero sé que por nosotros “sus chilpayates”, se la rompe con cualquiera.
Hoy encontrará el penhause bien barridito. En la mesa tendremos tamales, pozole y quesadillas de sesos. Ella todo lo compró para que la festejemos.
Entonces se sentará en su sofá preferido –el que era de papá-, se quitará las chanclas, me dará un zape en la cabeza y me dirá: “órale, che chamaco, sáquese dos chelas bien muertas”. Yo iré a la esquina del cuarto, abriré el refri, miraré en el interior y le contestaré: “madre… sólo hay una”.




