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28-Jun-2009
Catalejo
Esther Shabot
La fractura de Irán
En un principio la protesta masiva de ciudadanos iraníes por el presunto fraude electoral pareció ser fundamentalmente eso, una manifestación de repudio de importantes segmentos sociales ante la manipulada reelección de Ahmadinejad como presidente. Sin embargo, a dos semanas del estallido del descontento popular, empiezan a aparecer datos que muestran una fractura que va más allá, al implicar a todos los circuitos de la vida política, religiosa, académica, administrativa y militar del país persa. Al respecto, el prestigioso analista iraní en el exilio, Amir Taheri, acaba de publicar en el diario árabe Asharq Alawsat, editado en Londres, un artículo que cita con abundancia de información, hasta qué grado todos y cada uno de los espacios de la propia cúpula del poder se hallan desgarrados por la confrontación Ahmadinejad-Musaví.
Las esferas que padecen tal fractura y que son citadas por Taheri con lujo de detalles acerca de sus integrantes son: 1. El clero chiita que constituye el poder fundamental de la república islámica y cuyo máximo representante, el líder supremo Alí Khamenei, ha tomado partido abierto por la continuidad de Ahmadinejad, amenazando incluso con represión severa ante los descontentos, mientras que otros clérigos como Montazeri, Sanei y Ardebili se han aliado al bando de Musaví; 2. La estructura militar y el Cuerpo de Guardias Revolucionarios Islámicos cuyos miembros aparecen igualmente divididos; 3. El Alto Consejo de Defensa Nacional; 4. La Asamblea de Expertos, órgano de 92 miembros encargada de supervisar el trabajo del líder supremo; 5. El Consejo de Ministros; 6.La casta de los tecnócratas; 7. Los miembros del majlis o parlamento; 8. Los intelectuales y académicos; 9. El estrato de los comerciantes de los bazares; 10. Amplios segmentos de población rural y miembros de las clases medias, lo mismo que de los sectores económicamente acomodados de Irán. En todos estos ámbitos reina la división, misma que se manifiesta también en el seno de familias notables cuyos miembros se inclinan por uno u otro de los dos bandos siguiendo una lógica que tiene que ver más con decisiones personales ajenas a lealtades de familia o casta. Por ejemplo, una nieta del fallecido ayatola Jomeini es ardiente simpatizante de Musaví, al tiempo que un nieto del mismo ayatola es un leal propagandista de Ahmadinejad.
En los últimos días las protestas populares parecen haber amainado como resultado de la represión, las amenazas, el cansancio y la falta de un liderazgo capaz de mantener en pie una oposición lo suficientemente organizada como para planear con eficacia los pasos futuros del movimiento. Sin embargo, puede preverse que la honda fractura que describe Taheri permanecerá latente y tenderá a activarse de nuevo tarde o temprano. Esta crisis ha tenido la capacidad de sacar a la luz la naturaleza autocrática del régimen y la extensión y profundidad del descontento social, un descontento que alcanza a ciertos círculos de los propios poderes dominantes y que tiene que ver menos con la política exterior del régimen en funciones y más con su cruel represión a las libertades ciudadanas y su ineficiente y corrupto manejo de la economía. Por otra parte, el líder supremo, Alí Khamenei, ha perdido su aura de árbitro imparcial y su calidad de autoridad moral incuestionada al convertirse en parte activa de la disputa.
De este modo, es muy probable que permanezca vivo el potencial para un cambio de régimen, aun cuando sus promotores tengan que esperar a otra oportunidad. Y es un enigma si el aparato de poder al mando de Khamenei y Ahmadinejad actuará suavizando algunas aristas de su rígido control a fin de apaciguar a los descontentos con reformas limitadas, o si optará por purgar todos y cada uno de los espacios donde anida el afán de cambio. Si esto último ocurre, es muy probable que las represiones, las torturas y los baños de sangre generen un futuro turbulento que desenmascare aún más la veta tiránica de esta peligrosa teocracia del siglo XXI.
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