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25-Jun-2009
Juegos de Poder
Leo Zuckermann
Beltrones: ¿las palabras o los hechos?
Manlio Fabio Beltrones publicó ayer un artículo titulado Las reformas necesarias. Argumenta que ha llegado “el fin de los gobiernos divididos y el inicio de los compartidos”. Propone una serie de reformas políticas, económicas y sociales. Las que más describe son las primeras que tienen el propósito de devolverle “el poder al ciudadano”. Son ocho:
1. Ratificación de los integrantes del gabinete por parte del Senado.
2. Reducción del tamaño de las cámaras legislativas, sin lista nacional en el Senado y 100 diputados de representación proporcional menos.
3. Reelección inmediata de legisladores y munícipes.
4. Reorganización del gobierno federal.
5. Referéndum en reformas constitucionales de trascendencia.
6. Revocación de mandato.
7. Rendición de cuentas por medio de una Auditoría Superior de la Federación con más facultades.
8. Regulación económica moderna, con autonomía funcional y operativa de Cofetel, Cofeco y Cofemer.
La propuesta del coordinador del PRI en el Senado es impecable. Sus palabras lo sitúan como un hombre de Estado preocupado por la representatividad y gobernabilidad del régimen político. Pero a los políticos hay que juzgarlos por lo que hacen, no por lo que dicen. En este sentido, recordemos que no es la primera vez que Beltrones promete reformas políticas que terminan en un fiasco.
A principios de 2007, el senador auspició la Ley de Reforma del Estado. Se trataba de una ley para discutir la posibilidad de cambiar la ley. El Congreso la aprobó con una vigencia de 12 meses, al término de la cual el Poder Legislativo debería pronunciarse de manera obligatoria sobre seis temas: régimen de Estado y de gobierno; democracia y sistema electoral; federalismo; reforma del Poder Judicial; reforma hacendaria; y garantías sociales. El proceso se lanzó en un gran acto en el Palacio de Minería. Asistió la clase política de todos los colores. Se presentó una agenda ambiciosa. En su discurso inaugural, Beltrones dijo que era el primer paso para el reencuentro político, que no había tiempo que perder. Se estableció una Comisión Ejecutiva de Negociación y Construcción de Acuerdos. Se nombró un aparato burocrático y un grupo de asesores especializados. Se organizaron consultas públicas. Se gastaron varios millones de pesos.
Por mi parte, desde que se anunció la llamada Ley Beltrones, me mostré escéptico. Argumenté que ya eran muchos lustros en que se anunciaban afanes reformistas que al final quedaban en seminarios donde desfilaban los mismos ponentes de siempre. Mucho ruido y nada de nueces. En esta ocasión, Beltrones anunció que sería diferente. Las propuestas se negociarían. Se redactarían iniciativas para su aprobación.
¿Y cuáles fueron las reformas aprobadas? Muy pocas. La más importante, una reforma electoral que fortaleció a la partidocracia. En este tema los partidos sí se pusieron de acuerdo para servirse con la cuchara grande. También se aprobó que el Ejecutivo ya no tuviera que ir al Congreso a entregar su Informe de Gobierno, que el Presidente pudiera ausentarse del país sin tener que pedir permiso al Congreso en viajes de menos de siete días y que los funcionarios del Ejecutivo tendrían que responder “con la verdad” cuando comparecieran en el Congreso. Nada más.
Esos son los hechos. Los partidos demostraron que no se dan balazos en el pie para cambiar un sistema que los beneficia. Cada partido, incluido el PRI de Beltrones, defendió sus intereses. De dientes para afuera insistieron en la necesidad urgente de hacer reformas políticas. En los hechos hicieron cambios cosméticos y gatopardistas, es decir, de los que cambian para conservar el poder de la partidocracia.
Ahora Beltrones presenta otra propuesta de reformas políticas. Me gustaría creerle pero no puedo. Ya son muchas las decepciones. Por eso, vuelvo a apostar que nuevamente va a haber mucho ruido y escasas nueces. A menos, por supuesto, que los partidos sientan una cuantiosa presión de la sociedad. ¿La habrá?
Propone una serie de reformas. Algunas tienen el propósito de devolverle “el poder al ciudadano”.
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