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25-Jun-2009
El hilo negro
Victoria Schusseim
De qué quieren que hable
El hilo negro
Miro en torno buscando tema: Elecciones. Partidos. Arrestos. Juanito. Guardería. No tengo nada qué agregar a todo lo dicho. Opto, pues, olímpicamente, por hablar de las tres cosas que me interesan más en la vida, las tres a las que de hecho dediqué la vida (a veces consecutivamente, otras en secuencia, otras, nomás, amontonándolas): la antropología, los libros, la comida.
La antropología empezó a pensar muy seriamente en la comida desde hace ya tiempo y a partir de puntos de vista diferentes. La vertiente materialista, por ejemplo, encarnada como nadie por Marvin Harris (de cuyos muchos libros imperdibles hay uno, Bueno para comer, publicado por Alianza, que tendría usted que salir corriendo a comprar ahora mismo y empezar a leerlo de inmediato), procura explicar cosas tan difíciles como los tabúes alimentarios (por qué unos no comen cerdo, otros caballo, otros se espeluznan cuando ven un taco de deleitosos gusanitos de maguey) como adaptaciones a necesidades o condiciones materiales. No siempre es del todo convincente, pero inevitablemente es lectura maravillosa.
Hay una escuela que reflexiona sobre la antropología de la alimentación desde la esquina opuesta. La encabezó el padre de la antropología estructuralista (con la cual, por cierto, nunca comulgué), Claude Lévi-Strauss, quien plasmó conceptos como “bueno para pensar”. No, no tenga miedo. Eso ni voy a tratar de explicárselo. Sólo lo menciono para que no me digan sectaria y para tener pretexto de introducir mi flamantísima escuela de antropología de la alimentación. Será tan efímera que si parpadea dos veces seguidas se la puede perder.
La voy a llamar “bueno para decir”. No, mejor le cambio (al fin soy la que se la está inventando). Mejor “malo para decir”. Y postularé que es aplicable a la alimentación mexicana.
Porque la verdad es que comemos con gran fruición unas cosas que tienen nombres espantosos. La ventaja, claro, es que casi nunca lo sabemos.
¿A qué mexicano se le ocurriría prescindir del aguacate? (Y eso que no saben, como yo, sudamericana en mis viejos tiempos, que aparte de en los guacamoles y ensaladas, el aguacate queda delicioso con azúcar.) Nos lo comemos en todas sus formas y variedades, desde los minúsculos criollos que van a dar a los tacos con todo y piel hasta las enormes pauas yucatecas (¡esas, esas son las que quedan buenísimas machacadas con azúcar!). Pero “ahuácatl” quiere decir, textualmente “testículo de árbol”. Puajjjj.
¿Y el huitlacoche? (puede decir tranquilamente “cuitlacoche”. No parece haber acuerdo sobre el tema.) Mi marido proponía que se vendiese tan caro como las trufas, para que realmente supiésemos apreciarlo. En la mayor parte del mundo se lo considera una plaga terrible, venenoso (¿?) hasta para el ganado, y en cuanto lo detectan empiezan a destruir las siembras. A nosotros este hongo (para darle un poco más de seriedad a mi escuela antropológica le proporcionaré el nombre científico: Ustilago maydis) nos seduce notablemente, pese a su mal nombre. Digo, mal nombre en el resto del mundo pero también aquí, porque en náhuatl significa (escoja la opción que más le guste): “el que duerme en el estiércol”, “cuitla ‘trasero; excremento’ + posiblemente cochi ‘dormir’” o, según los más ilusionados (aunque errados), “excremento de los dioses”. Fuchi.
Luego está la espirulina, pulcro nombre de un alga unicelular que los habitantes del Valle de México cosechaban de la superficie de los lagos y comían en forma de tortas secas a las que llamaban tecuitlatl. Se la considera hoy un alimento casi milagroso, y leo que forma parte de la dieta de los astronautas. Tal vez la NASA no sepa mucho de etimología náhuatl, porque el nombre original significa “excremento de las piedras”.
A juzgar por estos poquísimos ejemplos, tal vez no sea tan mala cosa que mi escuela antropológica muera al nacer. Lo bueno es que me divertí mucho más que con Juanito.
Comemos con gran fruición unas cosas que tienen nombres espantosos. La ventaja es que casi nunca lo sabemos.
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