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21-Jun-2009

Catalejo

Esther Shabot

Elecciones iraníes y las cenizas de la luz


Como bien lo ha expresado el filósofo francés Bernard-Henri Levy, Mir Hossein Mousavi no es ningún Gorbachov. Su trayectoria personal de colaboración con el régimen islamista de los ayatolas ha sido lo suficientemente leal a los principios de la revolución iraní como para haber podido pasar el filtro que le permitió postularse para la presidencia de su país. Su reformismo lo diferencia ciertamente de Ahmadinejad, pero no lo hace en modo alguno un personaje del que pudieran esperarse cambios radicales que situaran a la nación persa en una postura menos desafiante hacia Occidente y menos ambiciosa en lo que se refiere a las intenciones de convertir a su país en potencia regional a partir de su ilegal desarrollo de una capacidad nuclear amenazante.

Y sin embargo, con el fraude electoral que presuntamente se le infligió como aspirante a la presidencia, este hombre ha emergido, tal vez sin buscarlo, como un catalizador que consiguió poner en pie de lucha a millones de iraníes para protestar contra las autoridades clericales que dominan la vida nacional. Éstas, mediante una férrea tiranía han sofocado durante años las libertades esenciales de su pueblo al que han oprimido bajo una vigilancia policíaca que hurga en las esferas más íntimas de la vida personal para imponer sus restrictivos códigos de conducta aun en las actividades y gestos más simples de la cotidianidad. El hartazgo ante el sojuzgamiento de las mujeres, la discriminación flagrante a las minorías y la permanente reducción de los espacios necesarios para que los jóvenes puedan abrirse al mundo de las ideas, cualesquiera que éstas sean, es sin duda la raíz profunda de esta ira popular hacia un régimen cargado de fanatismo y pretensiones mesiánicas que, por añadidura, no ha engendrado más que desastres en el área de la economía y un creciente aislamiento del país en el concierto internacional.

Es cierto que ante la ausencia de observadores internacionales y de mecanismos claros que garanticen la limpieza comicial es imposible saber si hubo o no fraude electoral. Pero, de cualquier manera, la realidad es que millones de personas han sido catapultadas por la sospecha del fraude, hacia protestas masivas que han puesto en jaque la continuidad del régimen al mando del ayatola supremo, Alí Khamenei. Las muchedumbres que día tras día han abarrotado las calles y plazas públicas de Teherán, Isfahan, Zahedán y Shiraz son elocuentes del alto grado de descontento e indignación que las moviliza, no sólo por el sentimiento de haber sido engañadas en cuanto a los resultados de las urnas, sino por las décadas de represión y carencia de libertades que han sofocado el desarrollo natural de una nación vibrante bajo las consignas de una ideología mesiánica adversa a cualquier disidencia, crítica o conducta que se desvíe de las rígidas normas establecidas por el aparato político-clerical por lo general indiferente al concepto de respeto a los derechos humanos.

Hemos tenido en México en semanas recientes la oportunidad de ver una película iraní de muy buena factura, Las cenizas de la luz, cuya historia narra las vicisitudes de un hombre ciego que recupera por un tiempo la vista. Debido a este cambio de fortuna incurre en ciertas conductas que resultarán moralmente objetables a causa de la maligna seducción que para el nuevo vidente significa el mundo que está ya en capacidad de apreciar. La infelicidad y las desgracias resultantes de sucumbir ante las imágenes y las posibilidades que ofrece la vista recobrada son presentadas en el film como equivalentes al castigo por el pecado inherente a ver y disfrutar con libertad. Y uno no puede sino preguntarse si el director de la película, quizá de manera inconsciente, ha reflejado en esta historia de qué modo el discurso dominante en esa república islámica está en el origen de una trama como ésta. Si se lee metafóricamente el mensaje de esta película, queda muy clara la concepción de que ver y conocer es peligroso, induce al pecado y sólo acarrea desdichas. Pero lamentablemente para Ahmadinejad y el ayatola Khamenei, buena parte del pueblo iraní ha decidido que prefiere ser libre y correr el riesgo de ver, aun cuando los presuntos representantes de la voluntad divina que dominan al país, opinen lo contrario.

 

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