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07-Jun-2009

Catalejo

Esther Shabot

El discurso de Obama en El Cairo


Las grandes expectativas que se tenían acerca del discurso que el presidente Barack Obama presentaría en la Universidad de El Cairo, no se vieron defraudadas. En su comparecencia ante el público egipcio, un día después de haber visitado a Arabia Saudita, el nuevo inquilino de la Casa Blanca mostró no sólo elocuencia, sensibilidad y lucidez para abordar los complejos temas del Oriente Medio y de la relación entre el mundo musulmán y Occidente, sino que también transmitió la distinta actitud con la que su administración pretende practicar su papel de árbitro y motor empeñado en pacificar una región considerada como una de las más explosivas y peligrosas del mundo.

Él sabía que su discurso estaba siendo escuchado en todos los confines del mundo árabe y musulmán, lo mismo que en Israel y las grandes capitales del orbe. Aprovechó así la oportunidad para enfatizar su aprecio por el gran valor inherente a la religión islámica, el respeto que merecen sus incontables fieles y la imperiosa necesidad de terminar con el sufrimiento palestino por la vía de la creación de un Estado palestino independiente. Pero al mismo tiempo, no dudó en expresar con toda firmeza su convicción en la legitimidad de la existencia del Estado de Israel y su derecho a ser reconocido y a contar con fronteras seguras. Su alianza sólida con Israel fue así abiertamente explícita, condenando de paso las tendencias tan comunes en espacios árabes a negar el holocausto judío a manos de los nazis y la profusa diseminación que ahí existe de estereotipos antisemitas que nutren y multiplican los odios ancestrales.

Pero también hubo demandas: al tiempo que conminó a sus escuchas en el entorno árabe a combatir las visiones extremistas y fanatizadas reacias a cualquier tipo de tolerancia a los diferentes, exigió a Israel la aceptación del esquema de “dos Estados para dos pueblos” y el congelamiento definitivo de la construcción de asentamientos judíos en la Cisjordania palestina, construcción que no hace sino profundizar cada día más el conflicto. Fustigó además las posturas extremistas de agrupaciones como el Hamas palestino y el Hezbolá libanés nutridas ambas de la ideología expansionista del régimen de Teherán señalando que no habrá posibilidad de avances reales mientras este bloque se mantenga anclado en su conocida postura radical, opuesta a cualquier compromiso que implique el reconocimiento de los derechos de sus enemigos.

Se trató, en síntesis, de un discurso directo, que no evadió temas incómodos ni pontificó tampoco desde las alturas de ninguna autoridad moral. Aceptó que su país ha incurrido en errores graves en el pasado, al tiempo que señaló, sin veladuras, cuáles son y de dónde provienen la mayoría de los obstáculos para conseguir una pacificación regional. Obama mostró, sin duda, sensibilidad e inteligencia cuando habló de que su país no puede imponer a otros cómo organizarse políticamente, pero tuvo también el valor de señalar que la libertad religiosa y los derechos humanos de las mujeres constituyen bases esenciales para poder extender la prosperidad, la libertad y las posibilidades de convivencia pacífica entre pueblos, culturas y credos distintos.

Y en lo que respecta a Irán, aceptó que, en efecto, hay una historia de relaciones tormentosas entre el país persa y Estados Unidos, historia que puede y debe superarse. Así, al tiempo que ofreció diálogo desde una plataforma de respeto, no ocultó que en caso de que el diálogo no prospere, cabría esperar una dura reacción de su administración con objeto de contrarrestar la posibilidad de que Teherán obtenga armas nucleares y con ello desate una carrera armamentista regional cuyas consecuencias para la estabilidad mundial serían desastrosas.

Este discurso seguramente quedará en los anales de las grandes piezas oratorias de nuestro tiempo. No obstante, la evaluación final de las derivaciones que tendrá dependerá de cómo se pase de las palabras a las acciones, de cuánta habilidad política esté su administración en capacidad de desarrollar para contrarrestar las numerosas fuerzas extremistas e intolerantes que mantienen a la región en condición de perpetuo polvorín.

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