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24-May-2009

Catalejo

Esther Shabot

Dos Estados para dos pueblos: sus dificultades


Esta realidad complica enormemente las cosas para los proyectos a los que Obama ha apostado como vía para enfrentar la peligrosa situación en Oriente Medio.

 

Desde hace casi tres lustros la ecuación de “dos Estados para dos pueblos” se enarboló como la única fórmula idónea y justa para la resolución del conflicto entre israelíes y palestinos. Desde 1993, todos los gobiernos israelíes se apegaron oficialmente a ella, como sucedió en aquel entonces con Arafat en su papel de presidente de la Autoridad Nacional Palestina. Y aunque durante la época de la segunda intifada (2000-2004) dicha fórmula pareció diluirse por efecto de la violencia que se desató en la zona, Mahmud Abbas, en su calidad de sucesor de Arafat, retomó el compromiso de basar el proceso de negociación de la paz en el objetivo final de lograr el establecimiento del Estado palestino a un lado de y en convivencia pacífica con Israel. Actualmente tal fórmula vuelve a ponerse otra vez en entredicho a raíz de la subida al poder de un gobierno israelí de corte derechista. El actual primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, dejó muy en claro desde su campaña electoral que se rehusaría a continuar operando bajo ese principio argumentando su inoperancia dados los antecedentes registrados a partir de la evacuación israelí de Gaza y sus nefastos resultados para la seguridad nacional de su país.

Y como la casi totalidad de los partidos aliados a Netanyahu en el gobierno que encabeza coinciden con dicha postura, el encuentro del primer ministro israelí con Barack Obama el lunes pasado en Washington fue la primera prueba de que el gobierno de Jerusalén decidió exponer su negativa a plegarse al esquema de dos Estados, a pesar de entrar con ello en conflicto con la administración estadunidense. Hay que recordar que ésta, junto con la Unión Europea y la mayoría del mundo árabe, considera imprescindible la creación en un futuro próximo del mencionado Estado palestino para así alcanzar la paz entre los dos pueblos. No obstante que Netanyahu sabía de las dificultades que le acarreará disentir de la posición de Washington, fue más fuerte el temor a una rebelión dentro de su propio gobierno, que la posibilidad de granjearse un conflicto serio con el presidente Obama.

Pero tal como están hoy las cosas en el campo palestino, tampoco ahí existen muchos elementos propicios para impulsar e proyecto de los dos Estados. El martes pasado en Ramalá tomó juramento el nuevo gabinete del gobierno palestino encabezado por el primer ministro Salam Fayyad y el presidente Mahmud Abbas. La formalización de los nombramientos significó que prácticamente se han abandonado las expectativas de reconciliación entre el régimen del Hamas que controla Gaza y el de Abbas centrado en Cisjordania, luego de que terminaran en fracaso, tan sólo un día antes, los esfuerzos egipcios por poner fin a la división que hoy existe entre ambos gobiernos, el de Hamas y el de Al-Fatah. Todo indica que la decisión unilateral de Abbas de crear un nuevo gabinete y formalizar este nuevo equipo de gobierno constituye un acontecimiento que apunta a dejar de lado por lo pronto la posibilidad de reconstruir una alianza con Hamas lo mismo que de celebrar elecciones parlamentarias en enero del próximo año, tal como originalmente estaba planeado.

Diversos observadores han señalado que no parece haber un interés genuino ni de parte de Hamas ni del bando de Abbas por realizar tales elecciones, con lo cual la disputa entre ambos tiende a perpetuarse indefinidamente haciendo que la solución de los dos Estados para los dos pueblos sea por lo pronto irrelevante, aun cuando por un milagro, Netanyahu cambiara de opinión, congelara la construcción de asentamientos y llegara a acuerdos sustantivos con la Autoridad Palestina de Abbas.

Esta realidad complica enormemente las cosas para los proyectos a los que Obama ha apostado como vía para enfrentar la peligrosa situación en Oriente Medio. Si bien se mantienen las coincidencias entre Washington y Jerusalén respecto a la necesidad de neutralizar la peligrosidad inherente a la política del régimen fundamentalista de Teherán, es un hecho que tanto la discrepancia emanada de la postura de Netanyahu, como la inocultable realidad de que el radicalismo de Hamas constituye un obstáculo formidable, forman parte de un nuevo tablero de ajedrez cuyo manejo todos los jugadores, incluido Obama, los europeos y los países árabes, tendrán necesariamente que redefinir, con la consecuente postergación de una solución definitiva que ponga fin a esta larga y dolorosa confrontación.

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