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07-May-2009
El hilo negro
Victoria Schusseim
Cuando ve una vaca llora
“Conspirar” suena a latín, ¿no? Y claro, es latín. Viene de “cum spirare”, respirar juntos. Me parece de lo más descriptivo y de inmediato me imagino a unos romanos, guapísimos con sus togas, susurrándose uno al oído del otro y planeando el asesinato de César.
Desde luego, lo menos adecuado para estos días de influenza, en que no se alientan ni besos ni abrazos, ni tan siquiera corbatas (bueno, tampoco los romanos usaban corbatas, si a eso vamos, y no lo hicieron del todo mal).
Sin embargo, en nuestro país, o al menos en nuestra ciudad, las teorías de las conspiraciones se multiplicaron con una rapidez alarmante. Ésa sí que exponencial. El día que un virus tenga la velocidad de reproducción, crecimiento y diseminación de un rumor chilango, agárrense. Ni la OMS ni los CDC ni el INER ni ninguna de las instituciones cuyas siglas ignorábamos hace dos semanas y que ahora citamos con gran familiaridad podrá hacer algo para controlarlo.
Me imagino que esto debe venir de antiguo. Que si de verdad el águila estaba picoteando la serpiente, que si era nopal o garambullo, que si Ahuizotl... Y después, claro, la Corregidora, el Jefe Máximo, el PRI.
Lo cierto es que estamos tan acostumbrados a no creerles a las autoridades que ya desconfiamos en automático. Pero en mi experiencia ya bastante larga de teorías sobre las conspiraciones nunca me había tocado una a dos puntas.
Me explico: la idea siempre ha sido que las autoridades ocultan o minimizan todo lo malo que ocurre. El mejor ejemplo que podemos recordar es el de Miguel de la Madrid en 1985, cuando nos dijo, sin haber tenido tiempo ni de lavarse la cara después del temblor, que todo estaba bajo control. No sabemos ni sabremos jamás cuántas vidas se perdieron en el temblor, como tampoco sabremos cuántos muertos hubo en Tlatelolco, qué pasó cuando se nacionalizó la banca ni, muchísimo menos, cuando se desnacionalizó.
Pero en todos esos casos las teorías de la conspiración van en un mismo sentido. Sin importar de qué se trate, lo que ocurrió se nos ocultó, minimizó, filtró, para restarle importancia.
En esta ocasión, curiosamente, circulan dos teorías perfectamente opuestas de la conspiración.
De acuerdo con una, que empecé a oír horas después del anuncio de la suspensión de clases, para el viernes 24 por la mañana “hay ya por lo menos mil 500 muertos sólo en la Ciudad de México. Me lo dijo Fulana, cuyo padre es médico”. Durante uno o dos días me llegaron cifras variables, todas las cuales indicaban que nos estaban ocultado la verdadera dimensión del problema. Desde luego, la forma en que nuestras autoridades manejaron el tema de los números deja bastante que desear.
Lo curioso es que simultáneamente circulaba otra teoría de la conspiración que planteaba todo lo contrario: que no había influenza ni epidemia ni nada por el estilo, y que todo era una cortina de humo destinada a distraer la atención de la ciudadanía. Los seguidores de esta segunda opción esgrimen argumentos como: (oído en el noticiario de Carmen Aristegui) “Aquí donde yo vivo no conocemos a nadie que se haya enfermado, y en otro lugar cerca tampoco hay nadie. Que la gente llame y diga si conoce a algún enfermo.” Ante eso de nada sirve la explicación racional de que si hubo unos mil casos en una ciudad de veinte millones de habitantes, conocer personalmente a uno de ellos representa una probabilidad de uno en doscientos mil (si, como es muy probable, mi cálculo es erróneo, no importa: se sostiene la idea de que es muy improbable).
Otro exponente de esta teoría conspirativa me dijo, como argumento irrefutable: “No han mostrado los cadáveres.” De nada sirvió responderle que en general la tele no pasa cadáveres, que esos muertos eran personas, no objetos, y que si las autoridades querían mostrar cadáveres, no les faltaban, aunque mostrarlos no probaba de qué se habían o no se habían muerto. La respuesta fue contundente: “¡Ah, pero que los muestren abiertos para que se vean los pulmones!”
Ante eso, no hay respuestas ni discusión posibles. Será, si quieren la voz del desconocimiento, pero es sobre todo la actitud que se ganaron las autoridades a lo largo de los años, los siglos, en los que nos trataron a los ciudadanos como imbéciles o, en el mejor de los casos (si es que hay casos mejores y peores en esta materia) como a menores de edad. Bien dicen que el que se quema con leche, cuando ve una vaca llora.
Es, sobre todo, la actitud que se ganaron las autoridades a lo largo de los años, los siglos, en los que nos trataron a los ciudadanos como imbéciles
El hilo negro
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