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06-Ene-2009

Razones

Jorge Fernández Menéndez

Cuba, medio siglo sin aprender de ella


Mientras Marcos se pelea con el PRD y con López Obrador; mientras para regocijo de algunos Lucía Morett regresa a México confirmando su participación en las FARC y defiende a este grupo de secuestradores y narcotraficantes con términos que ni siquiera Fidel Castro ha utilizado para ellos; mientras la caída de los precios del petróleo y la resistencia de amplios sectores le han hecho perder dos elecciones consecutivas a Hugo Chávez, por lo cual éste ha decidido tratar de perpetuarse en el poder; mientras que nuestra izquierda trata de dar algún tímido paso hacia la modernidad que es boicoteado por buena parte de sus dirigentes, casi nadie en esa corriente amplia, dispersa, poco sólida en lo ideológico y lo orgánico, pero imprescindible para el futuro del país, ha tenido una mirada crítica al hecho de que el primero de enero se cumplieron 50 años de que Fidel Castro tomó el poder en Cuba.

Medio siglo de poder unipersonal (Fidel simplemente le transfirió parte del mismo a Raúl Castro) es un récord en cualquier latitud y época: Porfirio Díaz gobernó desde 1984 hasta 1911, la mitad del tiempo que Castro. La dictadura argentina o la chilena duraron una década. El Doctor Francia, el dictador paraguayo que Roa Bastos inmortalizó en Yo el supremo, gobernó 30 años. El temible José Stalin estuvo también 30 años en el poder. Antes, prácticamente ningún monarca o Papa logró mantenerse medio siglo en el mando. Es verdad que todo lo sucedido en los primeros años 60, con Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles, estableció la base para que Fidel y Raúl pudieran mantener un poder que en unos pocos años se fue transformando de la esperanza de liberación de América Latina, de un movimiento épico, en una dictadura cada vez más cerrada, con menores libertades, mayor rechazo a cualquier forma de disidencia desde la estrictamente personal hasta la política. Se ha justificado todo ello por los supuestos éxitos sociales, sobre todo en medicina y educación. Lo cierto es que, medio siglo después, los niveles de educación son altos, mas no acordes con las necesidades de un mercado y la calidad de la misma desde los 90 se ha resentido en forma constante: muchos jóvenes pueden asistir a escuelas técnicas o a la universidad, el problema es que luego no tienen dónde emplearse salvo, vaya paradoja, la industria del turismo financiada por capitales extranjeros. Hay muchos y buenos médicos, pero hoy Cuba los exporta para obtener divisas mientras la calidad de la salud pública desciende constantemente por falta de equipo. Hoy, la economía cubana está en peores condiciones que hace 20 o 30 años, aunque recibe, también hoy, más recursos directos del gobierno de Hugo Chávez que los que en su momento obtenía de la desaparecida Unión Soviética. El problema es sencillo: a Cuba le está pasando lo mismo que le ocurrió en su momento a la URSS. El costo del aparato de control y represión es tan alto, los gastos policiales y de defensa consumen tanto, en recursos y preocupación política, que en medio siglo el gobierno de los hermanos Castro no ha podido establecer un verdadero modelo de desarrollo en el país. Y no lo ha podido hacer porque más temprano o más tarde cualquier economía que quiera crecer deberá abrirse no sólo en términos económicos sino políticos. Y eso no es responsabilidad del bloqueo. Es el mismo tipo de fracaso que tuvieron todas las naciones del desaparecido bloque socialista: cancelaron la libertad y la democracia porque prometieron justicia social y progreso y al final no se tuvo ni una cosa ni la otra. Todo se lo terminó devorando una burocracia de incondicionales que no logran poner a funcionar a los países porque no se puede hacerlo sin la participación de las sociedades. Y participar implica tener la capacidad y el derecho de disentir, elegir, optar, viajar, irse.

Es verdad que pareciera que Raúl Castro está tratando de transformar esa realidad apostando a un modelo cerrado en lo político, pero mucho más abierto en lo económico, siguiendo los pasos de los chinos o los vietnamitas. También que diplomáticamente, desde hace algunos años, el gobierno cubano ha resultado ser más prudente en política exterior que algunos de sus socios. Se podrá decir que desde distintos espectros ideológicos hay países como China o Singapur que están logrando un crecimiento importante y no tienen nada de democráticos. Es verdad, pero no son Cuba, no están en América Latina, no tienen la misma historia ni tampoco están a menos de un centenar de millas de Estados Unidos o México.

Uno de los puntos que pasó desapercibido en la más reciente reunión del Grupo de Río fue la aceptación en el mismo de Cuba. Es importante, pero existe un detalle que no se analizó: según sus respectivas normas, para ser parte del Grupo de Río se debe ser un Estado democrático. Y Cuba no lo es. La apuesta, más que el estúpido bloqueo que le ha dado justificación ideológica (en términos prácticos sólo ha servido para hacer millonarios a muchos vivales y darle justificación al gobierno), parece ser la de participar en la economía cubana, apoyarla en la apertura al mundo y en mejorar su calidad de vida, asumiendo que ello llevará inevitablemente a la apertura política, aunque sea gradual. Es una buena apuesta, que no tendría que estar reñida, al contrario, con posiciones ideológicas de grupos o partidos que exigen mucho más en términos políticos. No olvidamos que Cuba es nuestra frontera física en el Caribe y México debe jugar un papel en ese futuro. Paradójicamente, al no pensar en Cuba, al no criticarla, al no aprender de esa tragedia política que convirtió una revolución popular en una dictadura familiar, nuestra izquierda está perdiendo la oportunidad, no sólo de sacar lecciones provechosas para sí misma, sino también de jugar su respectivo papel en ese proceso. Y vaya que tendría espacio para hacerlo.

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