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19-Sep-2008
Razones
Jorge Fernández Menéndez
¿Qué pactar, con quién y para qué?
Uno de los objetivos de los actos terroristas de la medianoche del 15 de septiembre es imponer en la sociedad y a las autoridades la idea de pactar con el narcotráfico, de negociar con él para que pueda continuar su negocio sin demasiadas molestias a cambio de que ya no haya violencia. Ello se basa en la falsa idea de que en el pasado no había tanta violencia porque las autoridades en turno pactaban con el narcotráfico para que, utilizando un lenguaje llano, la fiesta marchara en paz.
Lamentablemente es mentira. Primero porque violencia del narcotráfico siempre ha habido y la misma es inherente a esa actividad. Segundo porque no dudo de que algunas autoridades hayan pactado con el narcotráfico, pero en realidad lo que hicieron la mayoría de ellos fue venderse al narcotráfico y terminar siendo aliados, socios o empleados del mismo, con costo a la sociedad y al país.
Esa lógica fue una de las que permitió que el crimen organizado creciera en forma constante y consistente y que, en la misma medida en que crecía, tomara mayores territorios bajo su control y comenzaran sus enfrentamientos, con un saldo de violencia altísimo que, como tenemos poca memoria histórica, provocó crisis brutales, por ejemplo, la de 1994: ¿o alguien cree que los asesinatos del cardenal Posadas Ocampo, de Luis Donaldo Colosio, de José Francisco Ruiz Massieu, no tuvieron nada que ver con los acuerdos políticos que unos u otros grupos políticos tenían o suponían tener con distintas organizaciones criminales tan poderosas entonces como ahora?, ¿acaso se puede olvidar la ola de violencia que devino del arresto del ex general Gutiérrez Rebollo, uno de los que había pactado con el cártel de Juárez para perseguir a los Arellano Félix y dejar a sus aliados operar sin molestias, o la que se dio casi inmediatamente después, cuando fue asesinado por sus propios aliados Amado Carrillo Fuentes?, ¿alguien recuerda la ola de asesinatos y secuestros que asoló a Tijuana luego de que se rompieron pactos, como lo denunció en su momento, y casi le cuesta la vida, don Jesús Blancornelas y cómo esos pactos permitieron crecer a los Arellano Félix?, ¿alguien recuerda cómo comenzó la ola de secuestros en Cuernavaca y el resto de Morelos luego de un supuesto pacto con Amado Carrillo y Juan José El Azul Esparragoza que vivían a unos metros de la casa de gobierno?, ¿qué pasó con los supuestos pactos que hace años se establecieron con el cártel del Golfo, después de la detención de García Abrego?, ¿no nacieron de allí Osiel Cárdenas y Los Zetas? No hay pactos, lo que hay son complicidades y una violencia que se incrementa cada vez que una de estas organizaciones quiere ocupar el espacio de sus rivales o quiere avasallar a las instituciones del Estado.
Leo una entrevista con un personaje importante, serio, respetable de la política nacional como Mauricio Fernández Garza, diciendo que “hay que negociar hasta con el diablo” y que preferiría negociar con el crimen organizado a que “me siguieran matando y secuestrando gente”. Mauricio dice después que lo que se debería hacer es “pegarles en la lana” a los traficantes, en los mecanismos de lavado de dinero que suman miles de millones. La visión, en términos utópicos es atractiva, el problema es que resulta imposible de aplicar. Quienes como Mauricio dicen que se debe pactar o negociar con el narco, ¿qué pactarían?, ¿impunidad para manejar su mercancía, protección de las autoridades con el fin de hacerlo?, ¿cómo harían para combatir el lavado de dinero y “pegarles en la lana” sin que hubiera reacciones violentas de los afectados?, ¿o alguien piensa que el narcotráfico se mueve por alguna razón diferente al dinero? Se confunde quizás al crimen organizado con una agrupación guerrillera con la que se puede llegar a un acuerdo de paz y desmovilización. Con el narcotráfico nunca ha sido así y sólo se han logrado acuerdos para la detención, a cambio de ciertas condiciones de vida, por ejemplo para los hermanos Rodríguez Orejuela o más recientemente los líderes paramilitares o de las FARC que se entregaron al gobierno de Álvaro Uribe. Lo mismo ha sucedido con las grandes organizaciones mafiosas en Italia o Estados Unidos. Fuera de ello no puede haber pactos porque no hay materia sobre la cual pactar. ¿Acaso se pactará que los narcotraficantes puedan vender droga a los niños y a los jóvenes como lo vienen haciendo desde hace años (el consumo interno se disparó desde 1994, no desde 2006) a cambio de que no haya violencia?
La opción de pactar es una alternativa falsa, que puede surgir de la desesperación o de una imaginación frondosa pero que no tiene bases reales de sustentación. Las experiencias internacionales, todas, de pactos con este tipo de organizaciones, han concluido mal para el Estado: en Colombia se intentó negociar con el narcotráfico sobre las extradiciones y fue un desastre. Las cosas comenzaron a tomar su curso cuando quedó en claro que no había mayor margen de negociación que la entrega de los delincuentes a las autoridades. Y lo mismo ha sucedido en otros países.
Insistimos en un punto: habrá más violencia porque ello es parte de la lógica de este enfrentamiento; habrá que revisar estrategias y tácticas, probablemente personal y alineaciones; deberá haber mucha mayor coordinación y cuidar que la sociedad no se divida en el tema. Pero que nadie se engañe: el pacto con el crimen para frenar la violencia es sólo una coartada de esas mismas organizaciones para tener un respiro y continuar con su negocio. Sería uno de los mayores errores que podrían cometer las autoridades, sean federales, estatales o municipales. Y una de las tentaciones en las que la sociedad no puede caer.
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