13-Jul-2008
Contraluz
Mario P. Szekely
Hancock
En un fin de semana donde se estrena un excelente ejemplo de cómo abordar al mundo de los cómics, extrayendo sus metáforas y personajes míticos que representan la lucha de los ideales y debilidades humanas como es el caso de Hellboy II: El ejército dorado, el también debut de Hancock deja fría cualquier expectativa de encontrar algo de lo arriba mencionado.
Will Smith ha logrado armarse una carrera con personajes que poseen habilidades o conocimientos extraordinarios. Basta darle un vistazo a El día de la independencia, Hombres de negro, Yo robot, Soy leyenda e incluso sus encarnaciones caricaturescas en la serie de Bad boys, para saber que el actor puede cargar en sus hombros una película y atraer la atención todo el tiempo, debido a sus habilidades histriónicas y su carisma. Pero antes de proclamar a Smith como el Harrison Ford del inicio del siglo, además de aplaudirle su entusiasmo hacia el género de la ciencia ficción, hay que cuestionarle cómo se atrapa en proyectos que no logran llegar a la médula de lo que proponen en sus escenas iniciales.
Dejaré atrás el reciente ejemplo de Soy leyenda, donde se desperdició la oportunidad de concluir con el final original del escritor Richard Matheson, que servía para reafirmar la metáfora de un hombre que se da cuenta de que su especie ya es obsoleta y que otras criaturas, en este caso vampiros, son los que deben dominar el planeta. Así, el argumento dejaba un cuestionamiento bárbaro para irnos a casa pensando en nuestra soberbia.
En Hancock sucede algo similar a lo expuesto. Smith es un hombre sin pasado con superpoderes, quien vuela la urbe de Los Ángeles, con botella de vino en mano, esperando que alguien necesite su ayuda, con el fin de acudir, en segundos, a ayudar a la víctima y de paso destruir las cosas que se tope en el camino, sin importarle si son edificios, autos o patrullas.
Pronto la pregunta que lanza el argumento original de Vincent Ngo y Vince Gilligan es la siguiente: ¿cómo puede un hombre con poderes de Superman dedicarse a la mala vida y no preocuparse por la imagen que está causando?
La cuestión es interesante para dar inicio a Hancock pero, desafortunadamente, hay otras preguntas más interesantes que se quedan en el tintero, las cuales nos hubieran ayudado a entender a este personaje y a vislumbrar su humanidad, como por ejemplo: ¿cómo un hombre que no le importa nada en su vida, sigue todos los días salvando las de los demás?
Si en el romance las escenas de besos son cruciales, cualquier filme fantástico debe saber arrojar las preguntas y contestarlas porque, de lo contrario, el riesgo de toparnos con caracteres grises y acartonados en pantalla es mayúsculo.
El director Peter Berg (El reino) confía demasiado en las habilidades de Smith para que su sonrisa pueda vencer lo desaliñado de Hancock, pero esto no tiene mucho que hacer ante un guión que sólo lo obliga a ver por arriba de sus gafas de marca y no a meter el bisturí en su propia alma.
La mitad de la cinta sólo se trata de chistosadas y gags de Smith con sus poderes, que lo llevan a la escena definitoria donde un ciudadano mercadólogo llamado Ray (Jason Bateman) le propone renovar su imagen. El trato se hace y la mejora tiene señales de darse, pero Hancock sólo quiere lucir bien y ser aceptado, sin que sepamos y entendamos sus razones.
La película desperdicia el tema inicial de un hombre que debe encontrar su propósito de existir y luego cae en un clímax que se basa en el diálogo para explicar las razones de Hancock en el mundo. Pecado enorme en un género donde las revelaciones deben darse en secuencias de acción visual y no en una charla de café. Al final del día, Hancock es una bala de salva no cargada de propuestas e ideas, que termina por no dejar mella en el cinturón de logros del señor Smith.
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