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22-Nov-2009
Bitácora del director
Pascal Beltrán del Río
PRD: refundación o reacomodo
Pasado mañana se cumplirán 90 años de la fundación del Partido Comunista Mexicano (PCM), la primera organización de su tipo creada fuera de la entonces Unión Soviética.
Este mes también se cumplieron 28 años de que el PCM se disolviera para dar paso a un proceso de unidad con otras organizaciones y crear el Partido Socialista Unificado de México (PSUM).
Mediante dos fusiones similares, en 1987 y 1989, el tronco histórico de la izquierda mexicana fue rebautizado, primero, como Partido Mexicano Socialista (PMS) y, finalmente, como PRD.
Se podrá alegar que el mapa genético del perredismo incluye a grupos políticos que nunca formaron parte del PCM, PSUM o PMS primordialmente un conjunto de militantes y organizaciones que provenían del PRI, pero aun así se puede trazar una línea de continuidad de 1919 a la fecha.
Pese a adiciones y desprendimientos que han ocurrido a lo largo de estas nueve décadas, el PRD heredó del PCM algo más que su registro electoral, vigente desde 1979.
La principal herencia del PRD ha sido un conjunto de valores y concepciones políticas que, en un sentido, le permitieron crecer y desarrollarse hasta arañar la Presidencia de la República en 2006, pero, simultáneamente, le impiden ser pragmático y revisar su táctica cuando las circunstancias lo requieren.
Como toda organización de izquierda, el PRD se formó al menos en teoría en torno a la meta de cambiar el estado de cosas para dar lugar a una sociedad más igualitaria y más libre. Un partido de izquierda que no se propone eso no es mucho más que un membrete o una agencia de colocación de candidatos.
Esa meta hace necesaria la abnegación y el trabajo desinteresado y arduo de sus miembros. Un objetivo que se persigue a favor de los demás, y se convierte en propósito de vida, puede ser más poderoso que cualquier salario o las canonjías que dan los cargos públicos.
En mi labor periodística, he conocido casos de militantes de izquierda con esa congruencia. Uno de ellos era un profesor de la región de La Montaña, en Guerrero, que prefirió morir de un mal curable antes que comprarse la medicina que necesitaba con el único dinero que tenía a la mano: el que le había encargado “el partido”.
Hoy me pregunto cuántos miembros del PRD tienen esa abnegación. Probablemente muy pocos. Aun así, algo de ese espíritu de transformación de la sociedad, característico de las organizaciones de izquierda hasta que el cinismo las invade y las destruye, sigue cosechando votos (cada vez menos, por cierto) entre quienes quieren cambiar las cosas.
Por otro lado, están las concepciones de la lucha política que frecuentemente han convertido a la izquierda mexicana en su peor enemigo: sectarismo, divisionismo, dogmatismo, corporativismo, caudillismo, estatismo…
Es una visión del país que no nació con el PRD, sino ha sido heredada por los militantes de la izquierda de generación en generación.
Desde su fundación, como una sección de la Internacional Comunista en 1919 su principal promotor fue el bengalí Manabendra Nath Roy, amigo del agente soviético Mijaíl Borodin—, el PCM fue un devoto de la línea de Moscú: la acción revolucionaria antes que la democracia, la exclusión antes que el diálogo en la diversidad, el control de los sindicatos, la creencia ciega en que el Estado es la única instancia que puede cambiar a una sociedad…
El problema del PCM fue que el PRI, igual que el Partido Comunista de la URSS, apostó por un Estado fuerte. En el caso del México posrevolucionario, era lógico: ¿quién más podría reconstruir al país? Y las masas y los intelectuales se vieron atraídos mayoritariamente no por el PCM sino por la Revolución institucionalizada que prometía la cristalización de las demandas sociales, como la reforma agraria.
Hoy, dos décadas después de que se derrumbó el socialismo estilo soviético, el PRD sigue respondiendo a muchos de los mismos resortes: defiende el sindicalismo corporativo, margina a quienes no piensan igual, tiene tanta fe en el Estado que no concibe a la industria petrolera fuera de su control, así ello implique ineficiencia y corrupción.
Como escribió acertadamente en estas páginas la distinguida militante del PRD Ruth Zavaleta hace unos días, entre los principales problemas de ese partido está no saber reconocer cuando gana, no aceptar la derrota cuando pierde y ser incapaz de establecer alianzas aun cuando su interés va de por medio.
Si ha de tener futuro, en el contexto de una democracia que requiere de muchos ajustes pero ha llegado para quedarse, el PRD tendrá que reafirmar que su papel es transformar a la sociedad y no ser una agencia de colocación de candidatos y pago de cuotas; entender que, para llegar a esa meta, a menudo hay que cambiar de caminos; abjurar del sindicalismo corporativo; dejar de practicar el divisionismo tribal y la exclusión; apostar por la democracia como una forma de vida y no un simple método para llegar al poder y hacer ahí lo mismo que han hecho otros partidos; ser corresponsable y no sólo contestatario en la conducción del país; dejar atrás los tabúes e impulsar las reformas que el país necesita y que han sido exitosas en otros países donde actualmente hay gobiernos de izquierda, como Brasil y Noruega.
Esos son algunos de los retos del PRD, cuyo XII Congreso, llamado “Refundacional”, se celebrará en Oaxtepec en once días. Ahí los perredistas tendrán que decidir si su partido se refunda, lo cual implica un cambio importante de concepciones, o simplemente reacomoda sus piezas en pugna.
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